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18.

21 de Febrero: A mí, en realidad, no me pasa nada.

—¿Estaba usted presente cuando el soldado Caussade expresó su intención de disparar a la ciudadana suburbana agredida?

—Sí, señor.

—¿Recuerda la expresión exacta?

—Creo que fue “un día de estos voy a pegarle un tiro”, pero no estoy segura de que sea la expresión exacta, señor.

—¿Cuándo tuvo lugar dicha conversación?

—Durante el último sorteo, señor. Por la mañana.

—¿Estaba el soldado O’Malley al corriente de estas intenciones?

—Él también estaba allí cuando lo dijo, señor.

—Gracias por su colaboración, soldado Valerii.

—De nada. ¿Puedo irme ya? ...Señor.

El deterioro era visible. Anton había querido achacarlo a la agresividad de los tratamientos de Collado y sus lógicos efectos secundarios. Eso afirmaba también la enfermera Buraglia cuando conseguía sacarle alguna información al respecto. Catherine llevaba meses mintiéndole sin saber que él sabía lo que era mentira, respondiendo que se encontraba tan bien como podía estar y que la doctora Collado estaba satisfecha con su evolución. Después, en sus turnos de noche, Anton consultaba la ficha en la red interna de la Casa de Salud y descubría que todo era falso; que los resultados no eran tan positivos como Beatriz Collado había esperado, que Catherine lo sabía perfectamente y que, en realidad, era difícil saber si el tratamiento estaba sirviendo de algo o sólo empeorando la situación. Habían llegado a un punto en que los efectos secundarios de la leucoféresis y los medicamentos, y los propios de la enfermedad, estaban confundiéndose y volviéndose contra la paciente a un mismo tiempo.

Mientras volvía al Muro a través de las calles desiertas de Suburbia esa mañana, Anton trataba de encontrar alguna clase de agujero que permitiese a los tratamientos de Utopia saltar la frontera lo suficiente como para ayudar a la enfermera Buraglia. No había tenido éxito hasta entonces, pero el doctor era de la opinión de que nunca se sabía cuándo las cosas tendrían sentido. En un momento una ecuación matemática podía resultar incomprensible, y al siguiente cobrar tanta lógica que parecía estúpido no haberla desentrañado horas antes. Anton creía firmemente, alentado por una esperanza que rallaba en la desesperación, que cuando menos lo esperase la respuesta aparecería ante sus ojos, obvia y perfecta. Se sentiría hasta cierto grado idiota por no haber caido en ella antes, pero era un precio irrisorio a pagar a cambio de poder volver al hospital y decirle a Catherine que había encontrado la solución, en lugar de tener que observar impotente el día a día de la enfermedad y lo que estaba dejando de la mujer a su paso.

Sin embargo, su tiempo no era infinito. El cáncer no era su especialidad, y Collado posiblemente montara en cólera si le pedía información al respecto, pero si la solución iba a aparecer tenía que aparecer pronto, mientras todavía quedaba el resquicio de una posibilidad. La medicina de Utopia no era infalible o milagrosa. Había una unidad de radioféresis en el hospital de Topeka, el más cercano a la Puerta, que hubiera sido la mejor opción de no ser porque se trataba de una instalación exclusivamente militar, y Catherine Buraglia no gozaba siquiera del derecho a pasear por Topeka como civil. Anton nunca se había enfrentado a algo que pareciera tan encaminado al fracaso. Existía la remota posibilidad de intentar un tratamiento de quimioterapia con las nuevas fórmulas utopianas, pero eran compuestos limitados y todavía en fase de prueba. Para conseguir el juego de medicamentos necesario para un mes hacía falta innumerable papeleo y la opinión de al menos un especialista, además del médico general del paciente. En realidad, pensó Anton por enésima vez, había tanta gente que le debía favores que una simple firma sobre un paciente anónimo protegido por el secreto profesional no llamaría la atención en el Ministerio de Bienestar. Nunca había pedido nada a cambio de aquellos apuntes en la carrera, o las horas extra durante las fiestas nacionales en las prácticas, o las visitas a horas intempestivas y las historias guardadas bajo llave. No había pensado en ello hasta que sintió que podía ser la última oportunidad de Catherine Buraglia. Por supuesto, de conseguir la autorización tendría que revelar a Collado su interés en el caso. No le preocupaban las consecuencias legales. Tampoco la opinión de Collado, que era un gran médico pero no una amiga. La reacción de Buraglia era otro asunto por completo distinto.

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