Capítulo 8 - 3 de Diciembre: Podría ser peor

9 0 0

8.

3 de Diciembre: Podría ser peor.

— Igual es lo que necesitas.

— Igual me vas a visitar en camilla, por lista. Pásame eso.

— ¿”Eso” el qué?

— ¿Y yo qué sé? Eso marrón que voy a echar sobre lo que sea que vamos a comer hoy.

— ¿La palabra mágica, Miss Simpatía?

— ¿Dejadetocarmelasnaricesypásamelputobote?

—¿Y qué le dijiste?

            Todavía era raro. Todo. El que la suburbana, “Klio”, siguiera viniendo. El que lo hiciera de noche, y el que ya no golpease la verja a no ser que se enfadase más de lo normal. Era raro que estuviera siempre enfadada en lugar de alicaida por vivir al otro lado, y también que cuando no estaba enfadada fuera burlona y ácida como un chaparrón en las Nethers.

            Lo más raro era que Aedan todavía no había empezado a evitarla y de hecho participaba en sus monólogos de vez en cuando. Como entonces. Había intentado resistirse y no interesarse demasiado en la enérgica interpretación de la charla de Klio con la directora de su casa, para no tener que hablar o dar una opinión que a ella le parecería estúpida y externa o algo así, pero al final había cedido y preguntado.

            —Le dije que “y una mierda” —respondió la chica, volviendo a pasearse por sus dos metros de escenario imaginario. Agitaba las manos al hablar y sobre todo cuando gritaba—. Le dije “¿Voluntaria? ¿¡Ni siquiera me van a pagar!?”, ¡y va y me dice que no! ¡Que no me van a pagar! Joder, en el orfanato ya me están explotando pero al menos me dan comida, techo y una asignación de mierda a cambio de explotarme.

            Aedan se limitó a asentir y a seguir sus pies con la mirada. Los pasos eran irregulares. Una zancada y luego dos pasos pequeños, media vuelta. Un paso, una patada al suelo tan repentina como un calambre, media vuelta. Nunca completaba los tres metros con el mismo paso y Aedan no podía contarlos. Calculaba que unos cinco en total, pero podían ser cuatro. Quizá ni siquiera era un número redondo. No había líneas que explicasen por qué Klio siempre se volvía en el mismo sitio y los números no casaban, no coincidían, no era lógico.

            —¡EH! ¿Me estás escuchando? —Los pies se detuvieron y se lo estaba preguntando a él, claro. Aedan la miró, asintió, cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

            —Sí.

            —Vale —respondió Klio, sin pedirle que repitiera lo último que había dicho. Reanudó su explicación como si no la hubieran interrumpido—. Así que me dice que “Klio, en eso consiste un trabajo de voluntariado”, y luego añade que es un caso o algo así de caridad cristiana. ¡CARIDAD CRISTIANA!

            Aedan dio un pequeño respingo ante la expresión, familiar, y ante la última palabra, más familiar aún, con el mismo sonido plagado de imágenes de su madre primero enseñándole a rezar y después de sus lágrimas al tener que abandonar todas sus reliquias en una bandeja en la Puerta de Hermosillo, en las puertas de Utopia. Al otro lado de la verja Klio, presa de la indignación, había abierto los brazos en cruz, gritándole al cielo, y le pareció irónico. Casi gracioso. Incluso sonrió un poco bajo las protecciones. De alguna manera Klio pareció vérselo en los ojos.

            —¿Te parece gracioso? Tú eres irlandés, a los irlandeses siempre les han gustado esas cosas. ¿Eres católico? ¿Cristiano? ¿Eres religioso? ¿Te estoy ofendiendo? —La chica abandonó su ruta para apoyar ambas manos en la valla y acercar la cara al metal, y dobló y estiró las rodillas haciendo que las celdillas crujieran bajo su peso, y Aedan negó con la cabeza.

20millones3¡Lee esta historia GRATIS!