12

18 de Enero: Prometiendo golosinas

—¿Tú? ¿En un hospital? ¿Haciendo qué?

—Autopsias, si te parece. Pues supongo que me tocará hacer un montón de camas y limpiar un montón de mierda.

—Y sangre.

—Y sangre. Cuando digo “mierda” quiero decir todo tipo de ella.

—Pues entonces no veo la diferencia con lo que hacemos en el orfanato, la verdad.

—Ya. Yo tampoco.

Cuando se quiso dar cuenta Sylwia se había convertido en una versión rubia y burlona de ella misma, con el uniforme robado y el pelo recogido en una cola de caballo reglamentaria. Parecía mentira que en el sistema sanitario tambaleante de Suburbia todavía se preocupasen por cosas como que las enfermeras llevasen el pelo suelto. Se lo había dicho a Sylwia mientras ella se desnudaba en el vestuario antes de enfundarse en los pantalones y la camisa.

            —Claro que conociendo a algunas, se distraerían hasta dejar de respirar —había gruñido.

            Le había prometido una visita guiada, al menos hasta que llegaron a la habitación marcada como Farmacia con un rótulo de aluminio mal atornillado. Entonces Sylwia se detuvo y Klio lo hizo también, disimulando un suspiro, como si no hubiera tomado aquel camino adrede y no hubiera sabido que el interés sanitario de Sylwia era más bien químico. Cuando Sylwia golpeó la puerta con los nudillos ella se apoyó en el umbral y se sacó un cigarrillo arrugado de los pantalones.

            —Sylwia... —comenzó con poco ímpetu, buscando el encendedor en los bolsillos. Sylwia giró sobre sus talones, golpeó el aire con sus zapatillas de carreras y terminó apoyando la espalda en la puerta y mirando al techo desconchado.

            —Klio... —la respondió. Después levantó la mano en un gesto de petición educada que a Klio siempre le había resultado más difícil de ignorar que cualquier exigencia violenta.

            Puso los ojos en blanco y, para meterle miedo y prisa, también miró a ambos lados del pasillo antes de sacar la llave y el encendedor. Con una lentitud deliberada y la llave siempre en la mano, Klio se encendió el cigarrillo y dio una calada honda, expulsando el humo poco a poco en dirección al suelo, como si se lo estuviera pensando. De hecho se lo estaba pensando. Abrirle la farmacia a Sylwia sería como dejar a un niño salvaje de las Nethers suelto en una tienda de artículos de lujo en Utopia. Como cuando habían dado la mayoría absoluta a los republicanos antes de la Guerra. En el caos de la Casa de Salud nadie iba a saber quién había sembrado la confusión en el inventario o pulsado primero el botón nuclear; sólo se notarían las consecuencias.

            —Joder, a saber en qué estarás pensando. —Sylwia abandonó su estado de tranquilo reposo junto a la puerta para incorporarse y golpearla el hombro con el dorso de la mano. Klio se lo devolvió sin demasiadas ganas—. La llave, y luego te rallas lo que quieras.

            Klio se mordió el labio y balanceó su llavero ante los ojos de Sylwia, que brillaron como los de la pequeña urraca feliz de sus vídeos infantiles. 

—Cinco minutos —le advirtió Klio incorporándose. Entró detrás de Sylwia, colocándose el cigarrillo en la comisura de los labios y encendiendo la luz de un golpe.

            La habitación de la farmacia no tenía ventanas, sólo estanterías provistas de ruedas, colocadas más o menos por tipo de contenido, y sobre ellas centenares de botellas idénticas de tapas azul oscuro, todas (o eso esperaba Klio) etiquetadas según lo que tenían dentro. En contra de lo que había esperado, Sylwia no se puso a bailar ni a correr de un lado a otro desordenándolo todo. Se acercó al primer mueble y recorrió las filas de medicinas con la mirada, y a veces, cuando había demasiadas, con los dedos. Al terminar cada bloque de estanterías daba un paso a un lado y examinaba el siguiente. Klio se cruzó de brazos con una punzada de culpabilidad por lo fácil que le había resultado a Sylwia convencerla de aquello, pero al menos parecía que se tomaba en serio lo de los cinco minutos. La vio sonreír y murmurar algo antes de ponerse de puntillas para alcanzar uno de los frascos.

20millones3¡Lee esta historia GRATIS!