Post-data.

 

—No sabe cómo lo siento, señorita Braithwaite, de verdad. Ha sido una confusión, un error por mi parte. Le aseguro que no volverá a ocurrir...

Klio acogió la colección de disculpas con irritación, esperando a que el guarda de seguridad le devolviera su chaqueta y su mochila. Los testigos de la escena pasaban a su lado, bajo los detectores, con la vista vuelta por delicadeza hacia los jardines del complejo hospitalario.

Al final le arrancó sus cosas de las manos y se cubrió el número con la chaqueta, sin llegar a ponérsela. Todos los días el mismo espectáculo, no sólo en el hospital. Al menos Charles, el guarda habitual, se limitaba a pasarle el detector de mano por encima en un gesto rápido, una simple formalidad, antes de dedicarle una sonrisa y un “ya lo siento, niña”. El de ahora era más joven y más estúpido, y desde luego más servil, porque después de haberla obligado a quedarse en camiseta y a aguantar un registro, y echarle vistazos bastante expresivos a los números de su brazo, se había vuelto de gelatina en cuanto Klio mostró su identificación. Hasta que no comprobó el nombre y la fotografía era sólo una inmigrante, y como tal un peligro en potencia.

—...Usted ya sabe cómo está el panorama, y todas las precauciones son pocas. Lo lamento y... —continuaba. Klio dio un par de pasos y se detuvo. Se volvió hacia él.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó alzando la voz algo más de lo estrictamente necesario.

            El guarda palideció.

            —Jonas Moss.

            Y con ese nombre encima posiblemente católico. No lo dijo pero soltó una risita deliberadamente desagradable y se dio por satisfecha. Posiblemente pensaba que esa misma tarde le llegaría la carta de despido. El que estuviera tan seguro de que Klio haría valer el poder de su padre en el consejo del hospital por algo así la irritó casi tanto como el registro. Le dio la espalda y cuando llegó a los ascensores ya se había olvidado de su cara y hasta de su nombre.

            No era la primera vez que sucedía algo parecido, pero en la mayoría de los edificios públicos todavía se intentaba dar una pátina de normalidad a las normas de seguridad temporal recién instauradas. La primera sorpresa fue que la tinta para marcar a los aspirantes tenía, entre todos sus componentes secretos y especiales, uno que activaba determinados circuitos en los sistemas de seguridad utopianos. Las máquinas detectoras existían pero no habían empezado a aparecer hasta después del “incidente internacional”, como llamaban ahora a la masacre de Suburbia. De repente las Nethers eran una nación. Una hostil, además. Y los inmigrantes posibles terroristas todos ellos. Salió del ascensor en la planta novena, casi echando humo.       —Buenos días, Cordelia —saludó la enfermera Dibb desde detrás de su mostrador al verla. Sonreía hasta el punto de casi cerrar del todo los ojos, pero Dibb siempre estaba sonriendo de ese modo. Klio no aceleró el paso hasta que no vio que se ponía en pie y rodeaba la mesa para salir al pasillo a recibirla. Recorrió los últimos metros a la carrera—. ¿Qué tal te encuentras hoy?

            Su padre le había advertido que la regla de oro en los hospitales era no contrariar a las enfermeras, así que intentó ir al grano.

            —Perfectamente —afirmó con la respiración entrecortada.

            —No deberías correr, han limpiado hace sólo un par de horas...

            —¿Qué es lo que pasa? —interrumpió Klio sin poder evitarlo.        —Tu amigo se ha despertado. —Dibb lo dijo como si Aedan se hubiera despertado todos los días desde que estaba allí, igual que cualquiera, y por unos segundos Klio sólo pudo preguntarse incrédula si se lo había imaginado—. ¿Has pedido ya hora con el doctor Urasawa?

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