2.

3 de Noviembre: No como en las películas.

           —¿Entonces no me lo vas a decir?

           —No, es información confidencial.

           —¡Pero has dicho que eres mi amigo!

           —Entonces te digo amistosamente que sigue siendo información confidencial.

           —Bueno, da igual.

           —¿Ahora te da igual? Gracias a Dios.

           —Sí, porque de todas formas cuando yo tenga dieciocho tú tendrás veintiséis y entonces podremos casarnos y ya dará igual cuántas hayas tenido.

           —Anda, termínate eso que vas a llegar tarde.

           —No te rías, es verdad. Pasa en un montón de películas, el chico dice que vale y se ríe y diez años después la chica está buenísima y se casan de verdad.

           —¿”Está buenísima”? ¿Qué opina la hermana Gant de esa expresión? ¿Y de tener planes de boda con nueve años?

           —Da igual, pasará. Siempre, siemprísimo, pasa.

           —Pero yo no he dicho “vale” en ningún momento, Klio.

           Mientras atravesaba el centro de Suburbia tan rápido como le permitían las náuseas, Klio seguía dándole vueltas a aquella noche, y el día que la había precedido, y el día anterior, cuando todo se había desencadenado. Un amanecer normal se hubiera permitido desprenderse de las capas de ropa protectora para caminar por las calles en jersey y un abrigo ligero mientras el sol todavía no incidía en las cornisas reflectantes y el aire conservaba el frescor justo de la noche. Era el único momento del día en que podía sentirse una persona normal, andando por la calle sin un montón de bufandas asfixiándola, y apenas duraba veinte minutos antes de que la claridad se convirtiera en el sol y los espejos cumplieran su cometido, iluminando y destruyendo cualquier sombra. El gobierno provisional de Suburbia tenía la estúpida idea de que llevando el sol a cada centímetro de tierra podrían hacer crecer algo, retomar el curso natural donde lo había interrumpido la Guerra. El gobierno “provisional” llevaba ahí más de cien años, con sus miembros señalando a sus sucesores de forma directa, y no tenían la más remota idea de nada.

Se apartó la bufanda de la cara sin detenerse. La tierra prensada de la acera escupía nubes pequeñas de polvo oscuro cuando la pateaba, torpe, con pasos irregulares y las botas convertidas en una trampa mortal. De hecho al salir del bar se había caído de morros para el regocijo de los demás trasnochadores, que con un poco de suerte estarían profundamente borrachos y no lo recordarían en unas horas. El problema es que Klio ya no estaba borracha sino en las primeras etapas de la resaca, con el olor a colavodka atorado en las fosas nasales igual que una mancha de petróleo y la sensación de que cada ciclista madrugador que pasaba a su lado iba a arrollarla como un tornado de plástico y acero. Sabía que bajo los pantalones manchados tenía las rodillas en carne viva, y posiblemente también el codo derecho, porque si iba a caerse había que caerse bien, pensó amargamente, y la caída había sido violenta y espectacular. Con aplausos y todo.

           Tampoco tuvo que aminorar el ritmo para encenderse un cigarrillo y aspirar con furia, cerrando los ojos, preguntándose si sería capaz de continuar caminando si se detenía aunque sólo fuera una vez. Prefería no tentar a la suerte. Caminó a ciegas por el laberinto de calles sin asfaltar que llevaba al orfanato, aprendido de memoria a lo largo de cientos de escapadas nocturnas por los barrios sin iluminación. Podía quedarse dormida andando, estaba convencida. Sólo tenía que continuar un rato más. Sentía el borde de los párpados y las ojeras tan crudas como si las hubiera bañado en ácido, y el peso de tres días sin pegar ojo rebotaba a cada paso en algún lugar detrás de su frente. En cualquier momento su cerebro desconectaría totalmente exhausto y haría el resto del camino hasta su habitación en un estado de sonambulismo activo. Lo siguiente que sabría sería que despertaba vestida en su cama un par de semanas después y en realidad los últimos días habían sido un sueño estúpido después de una noche de borrachera con Sylwia. Al menos lo de la noche de borrachera sí que era verdad. No merecía la pena afirmar que no volvería a probar el colavodka en su vida porque estaría mintiendo; era la única bebida que se podían permitir en cantidades suficientes como para casi quedarse ciegas, por mucho que lo hubiera detestado desde el primer trago de su vida. Sólo pensar en ello intensificó las náuseas hasta el punto de olvidar el sueño y hacer que se doblase, casi arrodillada sobre la tierra, y abriera los ojos para descubrir que ya era de día y el sol empezaba a ensañarse en la piel blanda e irritada de las mejillas y los párpados. Recolocó las protecciones a manotazos apresurados y no pudo evitar gemir de alivio al situarse y descubrir el edificio del orfanato al final de la calle, familiar en su gigantismo pasado de época.

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