24.

2 de Mayo: El principio, el final, la mitad.

—Pero tú has pensado... es decir. No eres mi puta hermana. Y no estamos casadas. Y...

—Nos tocará en el mismo sorteo, por supuesto. A las tres.

—Eso es imposible. Antes nos casamos. Podemos ser como los tipos aquellos que tenían varias esposas.

—Seréis mis zorras entonces.

—No, vosotras seréis las mías. Yo seré la líder.

—Tú serás la que compra alcohol a escondidas.

—¿A escondidas por qué? Creo que ya he bebido bastante, está empezando a parecerme factible.

—Si usas palabras como “factible” es que ya has bebido por las dos, imbécil.

Era verdad. Se había pasado las últimas cuarenta y ocho horas repitiéndoselo en voz alta, en susurros. Un par de veces se deshizo del protector del brazo cuando se quedaba a solas en el baño, para contemplarlo en el espejo y recordar que estaba ahí. Para comprobar que seguía ahí. Aquella noche había soñado que lo tocaba con los dedos y se borraba igual que maquillaje barato, dejando marcas alargadas de color rojo.

            En realidad le sorprendía haber dormido lo más mínimo. No recordaba haber vuelto del Muro. Recordaba a Aedan preguntándole al principio, eso sí, y el olor de migas friéndose en grasa de uno de los puestecillos y cómo al cabo de un rato Aedan se calló. Sabía que la había traido al orfanato porque cuando empezó a pensar, no con claridad pero al menos con cierta nitidez, lo primero que reconoció fue el sofá del despacho de Tru donde estaba tumbada, y a la propia Tru y a Jen y a Aedan allí esperando.

Se apoyó en el lavabo para acercar la cara a pocos centímetros de su reflejo y probó otra vez:

--Te vas a Utopia.

            Se pasó las manos por la cara y le dolieron los ojos de sueño, cansancio e incredulidad.

            El estado inicial de parálisis (Tru había usado la palabra “catatonia” pero Klio estaba parcialmente convencida de que se la había inventado) había dado paso a una apatía intensa. A veces creía que era víctima de una broma pesada. Al menos no había tenido que pasar por el trago de anunciarlo a la hora de la cena, en el comedor lleno, como era la tradición. Cuando ni siquiera se había levantado aún del sofá de Tru, pidió que buscaran a Verónica. Con la excusa de regalarle una bufanda, que llevaba en un bolsillo de casualidad, aprovechó para mencionárseloEra la primera persona a la que se lo decía; Aedan lo había adivinado, al igual que Jen, que se lo dijo a Tru. Verónica había saltado, chillado, arrojado los brazos en torno a Klio y en general sido una niña histérica y teatral durante los siguientes cinco minutos. Al final Jen consiguió echarla del despacho sin que pareciera que la estaba echando en absoluto, y Klio recordaba haber pensado que ella y Tru estaban haciendo grandes progresos si Jen ya sabía convencer a los niños de que hicieran lo que quisiera y además la adorasen por ello.

            Para la hora de la cena ya era de dominio público.

            En el momento en que recuperó el habla la invadió algo que se parecía al aburrimiento extremo, y pasó a través del día como si fuera el mas rutinario de su vidalanzada de cabeza al montón de rituales que siempre acompañaban una salida. Había visto marcharse a siete cuidadores y cerca de una docena de antiguos residentes, así que sabía lo que se esperaba de ella.

            Por suerte nunca había sido excesivamente popular, ni como interna ni como empleada, así que el trámite de las despedidas se redujo. Esa misma tarde fue a la caja de ahorros y canceló su cuenta, volviendo al orfanato con la suma total de lo poco que había ido quedando de su asignación después de cada fin de semana, que resultó ser una cantidad relativamente generosa. Gastó una parte de ella en sobornar a tres cuidadoras que tenían el día libre para que se hicieran cargo de la cena y parte de la noche, y así pudo llevarse a Tru, Jen, Brian y Aedan a cenar fuera. En el último momento invitó también a Catherine Buraglia, “para que Tru no se sintiera tan mayor entre todos ellos”. Fueron a un restaurante de las Brañas donde usaban ingredientes de verdad, y para cuando terminaron la noche en el Loco, ya sin la enfermera, la mitad de quince años de ahorrar a ratos se habían esfumado en puré de patatas, ensaladas de invernadero y la sidra de manzana natural que Sylwia y ella habían mirado siempre de lejos y bajo vigilancia. Estaba tan buena que ni siquiera se había emborrachado demasiado, por miedo a terminar vomitándola. Roberto había hecho un brindis lamentando perder a una cliente tan habitual, y aunque Klio se repitió a cada estúpido movimiento que era la última vez que hacía esto o aquello, no sirvió de nada. Se lo pasó bien, o tal vez muy bien, pero sólo parecía una noche de fiesta ligeramente especial, la despedida de Aedan o algo así.

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