6.
20 de Noviembre: Todas son casas vacías.
           —Gracias, pero es una pena no poder conseguir los ingredientes reales. Así todo sabe a sustitutivo vitamínico.
           —Anda, no digas tonterías y sírvenos otro plato.
           —¿Qué necesitarías especialmente? Es decir, no vamos a poder conseguirte una pierna de cordero pero quizá algo que sólo esté ligeramente modificado.
           —¿Habláis en serio?
           —¿Para qué íbamos a ofrecer algo que no podemos conseguir? Desde luego que a veces pareces tonta, niña.
           —Sólo me parece increíble. Unas patatas servirían, los copos de almidón sólo mantienen las vitaminas, no el sabor...
           —No te hagas ilusiones, no creo que podamos conseguir más de cuatro o cinco.
           —Con cuatro o cinco valen, sería perfecto. Acércame el plato, por favor.
           —Es una pena que ya no dejen ceder los números, hubiéramos podido mandarte de vuelta a tu tierra de las patatas.
           —Qué ganas de joderle el día a la chica diciendo estupideces.
           —No, déjalo, no pasa nada. Aquí tenéis, ¿en serio os gusta incluso sin patatas de verdad?.

           Catherine se mudó al edificio de paredes verdes y apartamentos desiguales poco después de cumplir los veinticinco años, cuando ahorró lo suficiente en su trabajo limpiando los pasillos de la Academia Profesional de Suburbia como para permitirse no tener que escabullirse cada noche en alguna de las fábricas abandonadas que el crecimiento de la ciudad había dejado diseminadas por el centro. No fue un gran cambio. Por supuesto que lo era el poder dormir a pierna suelta, aunque eso le llevó años, sin temer que alguien le quitase hasta las botas, y tener su propio salón de techos altos y una cocina pequeña con infinidad de compartimentos para los sobres de preparados alimenticios, y un baño de verdad con recicladora y todo. Fue interesante acostumbrarse a estar sola cuando quería estar sola, y el poder llevar a casa a algunas amistades espontáneas sin tener que inventar excusas. Nadie se dio cuenta de que había pasado de ser una aspirante sin techo a una aspirante con trabajo y piso propio de alquiler ridículo en una casa que podría haber existido en cualquier ciudad, en cualquier momento quinientos años antes. A veces se preguntaba cómo era posible, cómo nadie se había dado cuenta de quesu ducha diaria se la daba usando los dispensadores de los baños de la Academia según llegaba, a las seis de la mañana antes de que llegaran el resto de los alumnos. Eso parecía. Cuando, después de terminar Enfermería, consiguió trabajo en la Casa de Salud ya no tenía sentido hablar de que durante diez años después de que la sacaran de Utopia había pertenecido a una especie propia y exclusiva de las Nethers.
Vivir en las calles sólo le dejó una idea más aproximada de lo que podía llegar a ser un invierno sin nieve, la costumbre de cubrirse por completo con el edredón al dormir y un par de cicatrices que dolían cuando iba a llover. Considerando que la lluvia que caía sobre Suburbia quemaba las pupilas y se comía la tierra de las calles, consideró una suerte poder saber con un poco de antelación y más seguridad que los partes meteorológicos si tenía que prepararse a conciencia antes de salir a la calle. Los once años entre la muerte de sus padres y la casa de la escalera verde parecían apenas un mes cuando pensaba en ello. Los veinte siguientes, con la Casa de Salud y libros en el salón, y una puerta con llave, poco más de un año. No pensaba demasiado en Utopia.
Sólo el doctor Kavanaugh se acercaba de vez en cuando con pedazos de noticias que ni siquiera le habían interesado mientras vivía con sus padres, porque Utopia era grande pero sus montañas siempre se habían sentido aisladas. .
           Daniel sabía todo eso, tal vez. Sí. Daniel jamás habría admitido que conocía a Catherine Buraglia mejor que la práctica totalidad de sus compañeros de trabajo, y mucho menos se hubiera referido a ella como a una amiga, pero cuando se la cruzó en la escalera se echó a un lado, todavía corpulento a sus sesenta y tres años, pegándose a la pared. Ella volvía del turno de noche y él bajaba a abrir el bar.
           —Buenos días, niña. —La propia Catherine le había comentado una vez, al poco de llegar y sin atisbo de miedo o reproche, que era extraño cómo casi todas sus frases parecían llenas de desprecio, aunque fueran para algo como pedir que le pasaran el edulcorante en la mesa. Roberto se había echado a reír en carcajadas y Daniel se había encogido de hombros. A él no se lo parecía, y punto.
           —Buenos días, Daniel, ¿qué tal estás? —preguntó Catherine a su vez, apenas aminorando el paso y llegando a su altura.
           —No va mal. Qué, ¿a dormir? —Catherine asintió y Daniel asintió también, y reanudó su camino escaleras abajo mientras ella alcanzaba el descansillo de su piso.
           Aquella solía ser la duración típica de sus interacciones cuando no sucedían en una mesa llena de comida. Daniel se detuvo en el portal y, en vez de salir al exterior, donde empezaba a amanecer, abrió la puerta sencilla que había junto a los contadores de energía y luego las rejas, y entró directamente en el bar gruñendo su enfado, concentrado, realizando metódicamente todas las tareas necesarias antes de abrir la puerta principal. Colocó las sillas en el suelo, todavía a oscuras, y no encendió las luces hasta que no hubo encendido la música. Después volvió al armario del equipo, cambió el CD que había dejado Roberto y buscó uno de los suyos en la estantería superior, subió el volumen e hizo oídos sordos a los golpes en la puerta principal. Clientes pesados que querían comprar tabaco, como todas las mañanas, y, como todas las mañanas, Daniel se paseó por la barra preparándose un desayuno de galletas de centrino, barra de chocolate proteínico y una pinta de leche de soja con un montón de edulcorante. Lo llevó en una bandeja a una de las mesas visibles desde la puerta y se dispuso a disfrutar de su desayuno, ya que no había tenido muy buen despertar. En un día normal no se habría tomado tanto tiempo para untar el chocolate en las galletas, masticarlas a conciencia y beberse la pinta a pequeños sorbos, paladeando el dulzor artificial, pero aquella mañana necesitaba a aquella familiar media docena de adictos a la nicotina tan enfadados como él. Era más fácil entenderse con su propio mal humor cuando los demás a su alrededor no estaban haciendo bromas o riéndose de tonterías.
           Roberto le había sugerido alguna vez a Catherine que dejase la casa de salud para trabajar con ellos en el bar, y Daniel no se había mostrado en contra pero ella sí. Era una pena porque la chica todavía era lo bastante guapa como para atraer clientela no sólo por la comidao. Así que El Loco Afortunado no servía nada que no viniera en lata, bolsa o botella.
           Un rato después de abrir el bar volvió a vaciarse. Silbando entre dientes al ritmo de la música, Daniel se ocupó del inventario de cada miércoles, apiló los envases vacíos y arrastró las cajas hasta el patio cubierto del edificio, que usaba el bar en exclusividad. La luz se filtraba a través del parapeto lleno de suciedad, tres pisos sobre su cabeza, convertida en algo inofensivo. Se detuvo un momento para recuperar la respiración, inclinado, con un dolor punzante atravesándole la espalda y en cierto modo aliviado porque Roberto no estuviera allí para burlarse de lo que parecían achaques de la edad. Claro que Daniel sabía que no se trataba de eso porque ya hubieran querido muchos suburbanos de cuarenta años tener la forma física que él conservaba. De repente un grito y el sonido de algo que se rompía interrumpieron su discusión interna.
           La barra cayó desde el tercer piso, giró un par de veces en el aire y se clavó con estruendo de cristales rotos en la caja junto a su cabeza.
           —¡Maldita sea! ¡Joder! —exclamó sin aliento. En cuanto pudo reaccionar volvió al centro del patio, alzando la cabeza para comprobar que no caía nada más, y gritó con todas sus fuerzas—. ¿Quién ha sido el hijo de la gran puta?
           La cabeza de Roberto se asomó por la ventana del segundo piso, a su derecha, el pelo rizado y canoso todavía sin peinar, y la furia de Daniel aumentó por segundos, sobre todo cuando Roberto preguntó:
           —¿Qué demonios está pasando?
           —¡¿Estás intentando matarme o algo así, desgraciado?!¿Así es como se arreglan las putas discusiones ahora?
           Roberto abrió los ojos e inspeccionó el patio, cayendo en la cuenta de la barra plana y de metal, clavada entre un montón de botellas destrozadas.
           —No tengo ni...
           —Lo siento —murmuró la voz de Catherine desde el tercer piso. Se asomó un poco, lo justo para que la vieran, aferrándose al alfeizar—. Lo siento... estaba intentando cerrar las cortinas y se ha desprendido.
           Daniel gruñó. Roberto permaneció en silencio un momento.
           —Obviamente eso necesita un vistazo —decidió antes de desaparecer.
           Junto a la ventana de la cocina, Catherine se limpió las manos sucias de tocar la pared exterior y comprobó el destrozo que la barra había causado. Una de las cortinas debía de haber caído también, y además los pedazos de cristal de la ventana hecha añicos se habían esparcido por todo el suelo. También había gotas de sangre entre ellos, y Catherine tardó un poco en darse cuenta de que al caerse, agarrándose a la cortina, también se había cortado. Se miró la mano y comprobó bajo la luz que no quedaban pedazos de cristal en los cortes. Antes de que pudiera acercarse al dispensador de desinfectante escuchó tres golpes fuertes en la puerta de la calle. Era de imaginar que Roberto o Daniel fueran a aparecer tras aquello. Se envolvió la mano en una toalla limpia y se sacudió la falda descubriendo con alivio que no tenía heridas de importancia, sólo pequeños rasguños en las piernas y una cocina hecha un desastre.
           Nada más abrir la puerta, Roberto entró de dos zancadas y echó una mirada alrededor y luego a ella, y la venda improvisada fue lo primero que llamó su atención.
           —A ver, siéntate y déjame ver eso.
           —No tiene importancia —comenzó Catherine, que tras haberle echado un rápido vistazo a los cortes estaba segura de poder curarse con el material que tenía en casa. Roberto sin embargo la rodeó con un brazo y la empujó sin discutir hacia la mesa de la cocina.
           —No te he preguntado si es grave, te he dicho que me dejes verlo —recalcó Roberto haciendo que se sentara en la silla y cogiendo otra para sentarse a su lado. Catherine extendió el brazo sobre la superficie de plástico con docilidad, y Roberto desenvolvió la mano herida rápidamente. La sangre ya había empapado gran parte de la tela dejando manchas de un rojo brillante y luminoso, de aspecto artificial. Roberto meneó la cabeza y chasqueó la lengua—. ¿Cómo te lo has hecho? ¿Intentando agarrar la barra?
           —Me caí encima de los cristales. —Observó a Roberto abrir y cerrar armarios con total familiaridad, hasta encontrar el botiquín—. Roberto, llevo años siendo enfermera, no necesito ayuda con unos cortes en la mano.
           Por supuesto, Roberto la ignoró mientras inspeccionaba los contenidos de la caja blanca, ordenados, etiquetados y actualizados escrupulosamente. Abrió un paquete de paños desinfectantes y otro de tejido coagulador y se puso manos a la obra después de usar una de las toallas para limpiarse él mismo, con la misma concentración de un niño jugando a vendarle la pierna a su juguete preferido.
           —A ver si comes más, que no tienes carne ni en las palmas. Te estás quedando en los huesos niña, y se te vuelve la piel blanda y las rodillas de goma —barruntó mientras arrastraba el desinfectante a lo largo de las heridas sin demasiado cuidado, usando las yemas de los dedos para separar los bordes y cuidar de que todo quedase limpio y seco al aplicar los pedazos de cicatrizante. Catherine tuvo que arrugar la nariz un par de veces, aunque al ser heridas recientes el dolor no fuera insoportable, y Roberto se lo echó en cara de inmediato—. ¿Sabes?, a tu edad ya estás mayorcita para dejar de ingerir proteínas por alguna manía de presumida, como todas esas crías tontas que vienen al bar. Unos buenos empujones y un plato de sopa es lo que necesitan. —Se detuvo de improviso para pasar su atención de la mano a la cara de Catherine, que se había empezado a recostar en la silla tanto como le permitía aquella postura, y alzó una ceja con expresión severa—. Cat, no estarás preñada, ¿verdad?
           A Catherine se le escapó una risa sorprendida y se tapó la boca con la mano, atónita ante lo mucho que Roberto le había recordado de repente a su padre, sobre todo porque ella había sentido la misma vergüenza infantil que si la pregunta la hubiera hecho él. No hubieran podido ser más diferentes, Roberto con su piel del color del café con leche y los ojos azules, y su chaqueta de lana sintética sobre un pijama de anciano impecable como recién comprado. El padre de Catherine era alto y de piel blanca, con los ojos marrones y una nariz aguileña, y la ropa siempre sucia de tierra de verdad. Una versión masculina de Catherine, en realidad. Roberto no parecía verle la gracia a todo aquello, sin embargo, y todavía esperaba su respuesta.
           —Por supuesto que no, Roberto. ¿Cuándo me has visto traer un hombre a casa?
           —¿Te crees que soy una abuela para dedicarme a espiar por la mirilla quién entra y quién sale? Tengo mejores cosas que hacer. No creo que estés menopáusica todavía y por Dios que no pienso preguntarte, pero si dices que no, me lo creeré. De todos modos, como si necesitarais hombres ya para esas cosas. Sobre todo trabajando en un hospital. A ver si te piensas que nací ayer.
           Sin mover la mano herida, Catherine se acercó hasta poder apoyar el otro codo en la mesa, con la sensación de que podía quedarse dormida allí mismo mientras Roberto se quejaba.
           —Ya sé que no. Es sólo cansancio, los últimos inmigrantes parecen dispuestos a subir las estadísticas de todos los accidentes posibles y yo ya no tengo treinta años. Acabo de llegar del turno de noche —añadió a modo de excusa. Roberto asintió terminando de curarla.
           —De acuerdo, eso te disculpa. Pero hay un cabrón en ese bar de ahí abajo al que le has dado un susto de muerte con la dichosa barra y tu mala puntería...
           —¡Roberto!
           —...y yo en tu lugar bajaría a disculparme. En cuanto hayas dormido un rato —terminó Roberto sin hacer caso del tono de reproche de Catherine—. Ya te preparará algo de comer en cuanto lo haya hecho.
           —No tengo hambre —protestó Catherine débilmente, doblando el codo y echándole un vistazo a las curas para comprobar que los cortes no iban a empezar a sangrar otra vez sin avisar, mientras dormía.
           —¿Y qué me quieres decir con eso? Si hay que comer se come, y punto. Vete a la cama y deja de decir chorradas, que te está afectando el cansancio. —Y nada más decirlo Roberto se puso en pie y la obligó a hacer lo mismo, agarrándola del codo. Catherine hizo un breve y leve intento de valerse por sí sola pero finalmente claudicó y dejó que la acompañase hasta la puerta del dormitorio, donde Roberto se despidió con un beso en la coronilla y un buenas noches.
           Despertó apenas seis horas después, totalmente descansada y con la mano latiéndole, pasado ya el adormecimiento de los primeros instantes de un trauma. Abrió y cerró los dedos y las tiras de tejido se arrugaron, amoldándose a los pliegues de la palma, con un dolor fresco y soportable. No parecía haber sangrado más pero Catherine podía notar cómo los bordes de las heridas, con su sangre coagulada y el comienzo de la cicatrización, pugnaban por abrirse con cada latido. Durante unos días le resultaría incómodo utilizar esa mano, la izquierda, para agarrar todo lo que requiriese de un poco de presión y precisión, pero no resultaría un gran problema. No podría ayudar en quirófano pero si de algo andaba sobrada la casa de salud de Suburbia era de trabajo en todas sus plantas. Nada más levantarse de la cama recogió cada uno de los pedazos de cristal, arrodillada en el suelo, todavía en pijama, con un aspirador de mano que luego vació en el compartimento adecuado de la recicladora. Después se las arregló para desnudarse y lavarse sin apenas tener que valerse de la mano izquierda, aunque la parte de vestirse fue algo más complicada. Siguiendo una ley universal para las heridas, cada una de las hebillas que se clavó, o las cremalleras que le rozaron, o las gomas que saltaron antes de lo previsto, tomó la palma de su mano izquierda como objetivo. Para cuando se observó en el espejo para revisar que todo estaba en su lugar, la falda limpia y sin arrugas, la chaqueta bien abotonada y las medias nuevas opacas sin un solo rasgón, podía notar un par de gotas solitarias intentando bajarle por la muñeca. Sacó del botiquín un spray de anestesia y se lo aplicó en las heridas sangrantes. Tal vez esas necesitarían un par de grapas una vez que llegase al hospital.
           Recogió su abrigo y las protecciones porque no tenía ninguna razón para volver al piso entre su visita al bar y el siguiente turno. Aunque sólo tenía que salir del portal por los cuatro segundos necesarios para meterse en la puerta contigua, se ajustó todo cuidadosamente en su sitio antes de salir a la luz de la tarde. El edificio estaba situado en lo que había sido una de las calles principales de Suburbia cuando Suburbia intentó convertirse en una ciudad auténtica, con calles y un centro económico. El problema era que poca gente quería quedarse allí para convertirla en una auténtica ciudad, y la falta de interés comenzó a vaciar el centro a medida que la gente con dinero construía casas de mejor calidad en las afueras, y los recién llegados se veían obligados a acampar en los barrios de inmigrantes. El centro eran bares y tiendas y casas vacías que crujían bajo el viento con cada tormenta.
Catherine entró en el bar y la envolvieron los sonidos familiares de los parroquianos discutiendo las noticias que pasaban por las pantallas mudas junto a la barra, la música elegida por Daniel, que tendía a ser más ruidosa que la que Roberto ponía cuando podía elegir, y el propio Daniel gritando precios, bebidas y órdenes, golpeando botellas contra la barra paraabrirlas.
           Se quedó de pie en la entrada, algo aturdida, con el comienzo de un dolor de cabeza empezando a latirle en la nuca al mismo ritmo que las heridas. Era la hora de comer y después el local se vaciaría, y podría hablar con Daniel con tranquilidad. Mientras tanto se dirigió al grupo de mesas más alejado de la barra, aliviada al reconocer un rostro familiar. La hermana Gant había tenido que ir a la casa de salud tantas veces que Catherine se sentía lo bastante cómoda con ella como para acercarse a saludarla. Sus huérfanos eran una fuente inagotable de cortes, quemaduras, contusiones y comas etílicos, y Catherine había pasado ya unas cuantas horas sentada con ella en el patio, esperando altas y escuchando historias.
           —Buenas tardes hermana Gertrude —saludó al llegar a la mesa. La hermana Gant leía el periódico con un vaso de orangina a su lado, retorciéndose una trenza fina entre los dedos.
           —Hola Catherine, ¿qué tal estás? —Los ojos negros e inquisitivos de Gertrude se centraron de inmediato en la mano vendada, aunque no perdió la sonrisa.       
—Tuve un pequeño accidente en la cocina, pero estoy bien. ¿Y tú? ¿Te importa si me siento contigo un rato?
           La sonrisa de Gertrude se ensanchó como si le hiciera gracia que Catherine preguntase.
           —Por supuesto que no —afirmó apartando una silla con el pie. Catherine dejó su bolsa en la mesa y se sentó mirando a Gertrude, con las manos sobre las rodillas—. Yo a punto de cerrar el orfanato y convertirlo en un casino. Como de costumbre.
           Ambas se echaron a reír. Catherine jamás le había ocultado a Gertrude cuánto le habría gustado que el orfanato hubiera estado allí desde siempre, desde el momento en que Suburbia empezó a necesitarlo, aunque sin decirle que, de haber sido así, ella habría podido ser una de sus internas. Lo que sí era seguro es que la hermana Gant moriría con las botas puestas antes de cumplir sus amenazas y bromas sobre cerrarlo.
           —Ese chico al que conocías se marchó ya, ¿no? ¿Era un cuidador? —preguntó Catherine, recordando su última conversación, un par de días después del sorteo.
           Gertrude suspiró y asintió. Seguía sonriendo, pero para Catherine fue obvio que se había perdido la ligereza de las bromas de unos segundos antes.
           —Sí, Bastian. Va a ser difícil reemplazarle, llevaba conmigo casi desde el principio... ocho años de interno y once de cuidador —concretó, asintiendo para sí misma. Después abrió la boca y se golpeó el labio inferior con un dedo encallecido, de uñas cortas, antes de mirar a Catherine entornando los ojos—. Ha habido un par de problemas a raíz de eso y estaba pensando... a una de las cuidadoras le vendría bien cambiar de aires una temporada. Es una chica joven. Utopiana.
           Catherine no se molestó en intentar disimular su sorpresa. Se inclinó hacia delante, interesada.
           —¿Utopiana? —Y en el último momento se contuvo de hacer más preguntas. Cuando niños de Utopia acababan en un orfanato o viviendo en las calles, el tema solía ser delicado. Asintió y levantó las manos un poco, en un gesto a la hermana Gertrude para que continuara hablando.
           —Sí, ella te contará la historia si la conoces, supongo. Verás que no necesita que la interroguen demasiado para ello... El caso es que creo que podría aprovechar una temporada como voluntaria en la casa de salud. ¿Seguís escasos de personal?
           —Siempre, ya lo sabes. —Catherine cruzó los dedos sobre la falda y sonrió—. Creo que sería estupendo tener a alguien con experiencia con los huérfanos... conocería a muchos de nuestros pacientes. ¿Quieres que hable con el director? Aunque no creo que haya problemas viniendo recomendada por ti.
           Ante esas palabras, Gertrude pareció elegir las suyas cuidadosamente.
           —Catherine, no te entusiasmes con ella todavía, te lo pido como un favor personal —pidió al final—. Es más responsable y caritativa de lo que le gustaría, pero puede ser difícil. Todavía no he hablado con ella y no me cabe duda de que pataleará y gritará, aunque confío que se limite a los confines de mi despacho. Y posiblemente la veas de mal humor más a menudo que contenta.
           —¿Quieres que pierda el contacto con el orfanato? —preguntó Catherine, intrigada. Ya habían tenido voluntarios difíciles, y desde luego pacientes, así que aquello no suponía un gran problema. Gertrude negó vehementemente.
           —No, en absoluto. Seguiría viviendo y comiendo en el orfanato, no quiero que pierda eso. Además dudo que quisiera asentarse en cualquier otro lugar de Suburbia, se lo tomaría como si quisiéramos mandarle alguna clase de señal diciendo que va a quedarse a vivir aquí y eso sería un desastre. Está obsesionada por marcharse.
           —Creo sinceramente que eres la única persona en todos estos años que ha considerado Suburbia como la meta del viaje, y no como el camino a la meta.
           —Es una pena —coincidió Gertrude mirando a su alrededor—. Este lugar se cae a pedazos en todos los sentidos porque todo el mundo lo toma como una pensión de carretera. Es una ciudad, no un maldito trampolín. Disculpa mi lenguaje.
           —Descuida, no pasa nada. No creo que eso vaya a cambiar en un futuro próximo, Gertrude. Pero volviendo a lo de esa chica... —Catherine extendió la mano derecha hacia ella y ladeó la cabeza.
           —Klio —respondió Gertrude.
           —Klio. Puedo decirte casi con toda seguridad que no será un problema encontrarle algo que hacer en la casa de salud. Mientras no sea violenta podemos soportar un poco de terquedad y mal humor.
           —Grita mucho, y muy fuerte —se limitó a añadir la hermana Gertrude, volviendo a sonreír un poco.
           —Perfecto, también tenemos pacientes medio sordos. —Catherine posó la mano derecha en el brazo de Gertrude, que parecía preocupada al respecto, y recibió una sonrisa divertida que rejuveneció el rostro de la monja unos diez años.
           —Muchísimas gracias, Catherine. Te mantendré al corriente —aseguró Gertrude antes de recoger su abrigo del respaldo de su silla y ponerse en pie—. ¿Vas camino del hospital? Tengo que ir al Registro, te puedo acompañar.
           Catherine miró a su alrededor. Daniel miraba las noticias mientras limpiaba los vasos.
           —Si me esperas cinco minutos sí, tengo que hablar con Daniel —pidió a Gertrude, que asintió e hizo una seña hacia las puertas.
           —Te espero fuera.
           Gertrude se colocó el abrigo, plano y negro, de syntec barato, sobre la ropa, y se esparció protección por la cara mientras se acercaba a la puerta interior. Catherine a su vez se dirigió a la barra y se colocó dentro del campo visual de Daniel, esperando a que le prestase atención. Odiaba que le interrumpieran las noticias.
           Pasó un resumen del último partido de balonmano de la exigua liga suburbana, y la lista definitiva de inmigrantes de aquel sorteo. No se había tenido noticia de ningún secuestro, aunque dos o tres de los números elegidos no se habían presentado en ninguna de las puertas. Después comenzó la breve sección de espectáculos, y Daniel, que detestaba la industria del cine suburbana, la miró de soslayo mientras continuaba frotando vasos.
           —¿Estás bien? ¿Quieres algo?
           —Sí, mucho mejor. Sólo me corté un poco la mano —explicó Catherine pasándose el saco al otro hombro. Daniel asintió, sin nada que decir al respecto—. Siento mucho el susto y el destrozo, pásame la factura en cuanto pue...
           —Bah, qué montón de tonterías —interrumpió Daniel dejando el vaso a un lado y apoyando las manos en la barra—. Tú come más e instala unas ventanas de plástico y déjate de facturas y chorradas, que no eran más que botellas vacías y no me ha dado ningún infarto. —Con estrépito, colocó cuatro o cinco latas enormes, una detrás de otra, sacándolas de debajo de la barra y sobre ella—. A ver, ¿cuál prefieres?
           Catherine sonrió y negó con la cabeza.
           —Me tengo que ir ya al hospital, pero muchas gracias. —Le bastó el modo en que Daniel siguió mirándola fijamente para saber que iba a empezar a gritarle de un momento a otro, así que se dio media vuelta en dirección a la puerta—. Hasta luego, Daniel.
           —Maldita señorita del pan pringao —le escuchó gruñir en lugar de los gritos, que ya no tenían sentido y, arrebujándose en las protecciones que Gertrude le tendió, salieron por la puerta principal sin una palabra más.

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