10.

27 de Diciembre: Esperanza de vida media.

            —Es curioso, pero incluso teniendo mi vida, la auténtica, aquí, sigo pensando que me gustaría volver a Utopia para morir.

            —Aún falta mucho para eso, aunque no está mal ir preparándolo. ¿Puede acercarme el expediente de Regina? Gracias... ¿Y a qué parte volvería?

            —A casa, claro. Silbury Hill, la casa de mis padres en Nunavut. Si sigue en pie subiría hasta allí y luego me daría igual todo. ¿Conoce los bosques de Nunavut?

            —No tengo el placer. ¿Son bonitos?

            —No se me ocurre nada más hermoso ante lo que cerrar los ojos por última vez.

A media tarde el silencio en los pasillos de los pisos superiores era tan marcado que casi podía oírse el quejido del cemento, agrietado por los años y los cambios de temperatura, asentándose a todas horas sobre el suelo de Suburbia. La pintura protectora en las ventanas de aquella galería había sido una de las escasas donaciones que la Casa de Salud había recibido a lo largo de los años, y otorgaba una luminosidad casi natural; en comparación con el cristal opaco utilizado normalmente, la pintura azulada proporcionaba la claridad de un día del antiguo invierno, tal como aparecía en las películas pre-guerras. Catherine caminó un par de veces de un lado al otro del pasillo sólo para darse la vuelta y sentarse en una de las butacas desgastadas, sólo para observar las motas de polvo diminutas flotando en la luz hasta un buen rato después de que las despertase. Las partículas procedentes del suelo eran como pequeños espejos. Las que se desprendían de su bata o de su falda de lanex al cruzar las piernas eran opacas y más pesadas, siempre las primeras en caer. Pasó los dedos por los cuadros grises, y luego por las lineas de azul más claro que se entrelazaban con ellos. La tela había sido bastante gruesa, pero ahora estaba desgastada. Le gustaba aquella falda. Irónicamente los bordes de los cuadros tenían el mismo color entre gris y púrpura que los hematomas que le cubrían la parte interior del antebrazo. Se posó la mano en el jersey, donde sabía que comenzaba el más grande, el que ya tenía el tamaño de una ciruela, y lo notó responder con molestias a la presión. Aquel se lo había hecho al apoyar el brazo en la encimera para levantarse después de coger una cazuela del armario inferior. No había habido dolor, ni contusión, nada. Lo descubrió mientras se desvestía a la mañana siguiente.

            Para entonces, sin embargo, ya había pedido los análisis. Ni siquiera en la galería, dos semanas después y esperando los resultados, sabía muy bien por qué. El apetito había sido una pista, desde luego. Catherine siempre había tenido un apetito saludable. Se esforzaba por ello. Tenía sus tiendas preferidas y conocía las marcas de ingredientes que conseguían un sabor similar al de la comida de verdad. Sabía cocinar. Había pasado años con hambre y ya que no podía estar segura de que no volvería a pasarle, prefería hacer lo que estaba en su mano para evitarlo.

            No era el hambre lo que le hizo preocuparse, sino la ausencia de ella. Prestó atención y descubrió que a veces se olvidaba de prepararse el desayuno antes de irse a dormir cuando regresaba de los turnos de noche. Se había obligado a comer, algo que no había hecho en toda su vida, cada vez en raciones más pequeñas para impedir las náuseas. Había aumentado la dosis de suplementos vitamínicos esenciales pero continuó perdiendo peso. No era excesivamente obvio, pero ella lo sabía. Notaba la ropa moviéndose un poco más, bailando un poco más en los brazos y los muslos, y a veces cuando se tumbaba en la cama creía sentir cómo el hueso de la cadera se había vuelto también un poco más protuberante, como el de una pre-adolescente larguirucha.

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