5.

7 de Noviembre: Dejar de esperar.

           —Pero eso no sería justo.

           —¿Por qué? Todos los números están en el ordenador.

           —No me jodas, no sería justo, en realidad tampoco es justo que toda esa gente entre  mientras yo me quedo aquí.

           —Igual has ofendido a algún dios o grupo de partículas con esa boca que tienes y es su manera de castigarte.

           —Seguro que sí. Y una zarza me prenderá fuego cuando menos me lo espere o algo así.

           —Se nota tu no-educación atea. De todos modos si entrase antes que tú no podrías repetirme eternamente lo injusto que es. Porque ya me habré ido.

           —Y una mierda. Yo me iré primero.

           —Una pequeña apuesta, ¿de acuerdo? El primero que se vaya tendrá que comprarle al otro un kilo de cigarrillos.

           —¡Si tú no fumas!

           —Pero me iré primero, y tú sí.

           —Graciosísimo. Que sea chocolate. De todos modos tendré que dejar todo mi dinero suburbano aquí cuando me vaya. Lo donaré al orfanato para que le pongan una placa con mi nombre a alguna mesa del comedor.

           Klio había vivido en esa habitación durante los últimos cinco años, desde que había alcanzado la mayoría de edad y “ascendido”, por así decirlo, de interna a trabajadora del orfanato. Y aún así todavía podía distinguir una infinidad de nuevas formas en el techo irregular con sus marcas de sequedad, nuevas siluetas dibujadas por las sombras dependiendo del momento del día y de si su cabeza estaba un milímetro a la derecha o a la izquierda sobre la almohada. Era casi mediodía y el techo color crema sólo mostraba gente sin cara moviéndose al ritmo de las nubes. Las paredes habían sido de un amarillo brillante cuando heredó la habitación de una cuidadora a la que siempre había odiado y que demostró además tener un gusto horrible. Todavía recordaba el edredón estampado y las docenas de discos que había tirado alegremente por la ventana a la media hora de tomar posesión del cuarto. La muy zorra de Verana no se lo había tomado demasiado bien al volver al día siguiente y encontrarse con el encogimiento de hombros inocente de Klio y con Sylwia, que había pasado dos horas esperando en la puerta de su habitación al otro lado del pasillo sólo para presenciar la escena. Un rapapolvos de Tru y dos semanas después la habitación era azul y completamente suya.

           Era el único sitio de Suburbia donde se sentía tan segura como se había sentido en su casa de Utopia, e incluso aquello se tambaleaba algunas noches. Desde los seis a los diecisiete años, cuando compartía el dormitorio con otras cinco niñas, sus compañeras detenían las pesadillas con un golpe de almohada y algún “Klio, cállate ya”. Entonces ella despertaba del todo y se fingía enfadada, y posiblemente la noche acababa con un par de golpes y muchos tirones de pelo, cuando en realidad quería agradecerles que la despertasen. En el dormitorio privado, en cambio, había descubierto pronto que la sensación de seguridad no duraba todo el día. Los sueños siempre eran parecidos, siempre la puerta abierta, las sombras entrando. Había descubierto que la sensación de seguridad era ficticia incluso en Utopia, así que mucho más en Suburbia, donde se veía obligada a compartir su casa con hijos de criminales o inmigrantes de todas partes de las Nethers que sólo tenían en mente entrar en Utopia a cualquier precio.

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