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21.

12 de Abril: Las horas de visita son de nueve a cinco.

—¿Te ha parecido que me gusta que me tomen el pelo?

—No, te aseguro que es verdad...

—Porque yo también puedo tomarte el pelo a ti. Y no te va a gustar.

—Estoy diciéndotelo en serio.

—No. Es imposible.

—Ya.

Cuando se tumbó en la cama y el día entero dejó de ser un embrollo de sonidos, lugares y personas, al principio le pareció que había silencio. Después, a medida que empezaba los ejercicios de relajación que le había aconsejado Clegane, la emoción del día se disipó y descubrió que en realidad allí no existía el silencio absoluto.

La enfermera Buraglia se levantó varias veces al baño durante las primeras horas y pudo oir el roce ocasional de sus zapatillas de lanex primero en la alfombra del salón y después en las baldosas de la cocina. Apenas hacía ruido y Aedan no sabía si era por él o porque conocía de memoria cada centímetro del apartamento, pero no encendió la luz ninguna de las veces. Sospechaba más bien lo segundo; desde que Anton les había presentado Aedan no la había oido alzar la voz e incluso cuando se movía por su casa tenía la impresión de que las puertas hacían más ruido si era él quien las cerraba.

Tal vez eran la incomodidad y la vergüenza lo que le impedía conciliar el sueño, además de la novedad obvia de saber que estaba de nuevo en el lado equivocado del Muro. En realidad, incluso, había veces que lograba olvidarse de ello, pero no había transcurrido un segundo sin que fuese consciente de su condición de invitado. No era culpa de la enfermera Buraglia, desde luego, que estaba siendo una anfitriona perfecta. Por ser el único con acceso a Suburbia todos los aspectos prácticos de su estancia allí habían quedado en manos de Anton, que además, como Aedan descubrió durante sus tres breves entrevistas con la comandante, contaba con toda la confianza de Hawkins. Aedan había esperado quedarse en alguna pensión, si es que tenían en Suburbia, o en un albergue de estudiantes también suponiendo que existieran. Tampoco se hubiera negado a dormir en la misma Casa de Salud. El que el doctor Kavanaugh decidiera alojarle en casa de una enfermera ya le había hecho sentir incómodo, pero cuando conoció a Catherine la incomodidad había crecido hasta convertirse en culpa, simple y llanamente. Le resultaba increible que el doctor hubiera pensado en ello y aún más que ella hubiera accedido. Aedan había hablado poco en su primera tarde en el hospital, pero ya se había enterado de que estaba enferma y de que no le gustaba que la gente se fijase en que estaba enferma. Era imposible no hacerlo. Quizá la enfermedad concreta no resultaba visible pero Catherine tenía el aspecto de sufrir mil dolencias distintas. La piel se le había pegado sobre los huesos de la cara en ángulos tan claros y sin adulterar que a Aedan le hubiera gustado fotografiarla. No se había atrevido a sacar la cámara en todo el día a pesar de que Kavanaugh le había asegurado que un modelo tan antiguo no delataría su procedencia utopiana.

Era uno de los puntos clave de su estancia: el poder pasar por suburbano. La comandante Hawkins había insistido especialmente en el hecho de que el Muro no podía ofrecerle ninguna clase de protección mientras estuviera fuera, igual que no se responsabilizaban de lo que pudiera pasarle al doctor en sus turnos o por la calle. Desde el momento en que salían se les consideraba suburbanos. Irónicamente no era aconsejable que los auténticos suburbanos supieran la verdad, y Aedan imaginaba que la razón por la que Kavanaugh había elegido a la enfermera Buraglia era que la consideraba digna de confianza al respecto. Como en casi todo lo referente a las relaciones entre Utopia y las Nethers, las razones eran practicamente hipotéticas; existía el riesgo de secuestros, ataques, conflictos con la política exterior y un sinfín de complicaciones que los comandantes de la Puerta Central habían elegido obviar en casos muy puntuales.

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