Epílogo

5 0 0

Epílogo.

Catherine ha decidido no subir el breve tramo de escaleras que lleva hasta el altillo del dormitorio. Silbury Hill cruje con el viento, como una abuela quejumbrosa, y las corrientes mueven las cortinas sin que se preocupe por cerrarlas. Tiene frío pero eso no es algo nuevo; afuera el verano es luminoso y benigno. Desde el sillón puede ver cómo su tía camina hacia el coche, con el anadeo rítmico de las ancianas robustas. Aparece y desaparece entre los abetos negros y los alerces que rodean la cabaña, y al final no puede verla pero sí escucharla arrancando el coche eléctrico que se aleja con un ronroneo. Su tía se ha sentido culpable todo ese tiempo, desde el momento que Catherine se presentó en la puerta de su casa para pedir las llaves de la cabaña, como una aparición, un fantasma sin papeles. Lo repite en cada visita. Siente la expulsión, siente Suburbia, y siente el cáncer, que para la anciana es también culpa suya. A Catherine le da la impresión de que también se cree responsable de la aparente locura de su sobrina, que no lamenta nada en esos momentos y mucho menos ha vuelto con intención de hacérselo lamentar a ella.

No aparta la vista de la ventana cuando el bosque vuelve a quedarse quieto; hace semanas que regresó a su casa y ha tenido que resarcirse de muchos años sin árboles. ¿No lamenta eso?

Pero los árboles siempre han estado ahí, no desaparecieron, y están ahí todavía. A veces siente que se le nublan los ojos y sólo queda el verde profundo y azulado del paisaje. Es un color tan intenso que le embota los sentidos más allá de la enfermedad, pero ya está demasiado agotada como para dejarse llevar por esa borrachera de naturaleza. En estos momentos es dolorosamente consciente de cada pensamiento, de que no hace frío pero ella lo tiene, de que ya no va a ser capaz de subir al dormitorio pero posiblemente no lo necesitará. Los medicamentos que le proporcionó Roland Kavanaugh se han terminado. Lleva días sin dormir por el dolor. De vez en cuando llora sin darse cuenta, aunque algo le impide gritar. Cuando piensa en ello le parece que su propio cuerpo se está durmiendo, en un mecanismo atávico contra el sufrimiento, desconectándose parte por parte ante la marea. Su tía le ha dejado la comida en la mesita cercana porque ha sido incapaz de tragar. Volverá en unas horas, solícita, a levantarla para ir al baño, a ayudarla para lavarse y a hacer la cena, a tratar de reparar así algo que Catherine siempre vio como perfectamente lógico. Eran otros tiempos, el trabajo de su tía jamás habría podido mantener a una adolescente, nadie esperaba que lo hiciera. Catherine sonríe y los labios se le cortan.

Pudo dar unos cuantos paseos cortos cuando llegó. Pudo llegar, después de todo, a pesar de todo. De la Franja a la capital en el tren de los afortunados, de allí a Saskatoon tambaleándose ligeramente, pero aún capaz de devolverle a Roland Kavanaugh las tarjetas bancarias de su primo Anton, sin usarlas más que para los billetes necesarios para llegar a casa en segunda clase. Su tía devolvió el dinero por transferencia tan pronto como se convenció de que Catherine no era una alucinación en el umbral.

Era más, muchísimo más de lo que podía haber pedido. Hace tiempo que se acabaron los paseos. Bajo la manta gruesa, un vestigio de las patrullas nocturnas de su padre durante las noches de invierno, las piernas están casi atrofiadas, sin masa muscular, y apenas la sostienen unos segundos. Por las noches, cuando enciende alguna lámpara, está casi segura de que el brillo de las manos se debe a una enfermiza transparencia. Nunca ha sido más consciente de su cuerpo que ahora, cuando lo único nítido que queda es el cabello, ligeramente menos abundante que antaño, y el resto es sólo piel y venas enfermas.

Sonríe otra vez y deja caer la cabeza sobre el respaldo de madera. Si el engaño del doctor Kavanaugh ha sido descubierto, la ley de Utopia todavía no ha llegado a su bosque. Nadie ha llamado a la puerta de la cabaña o utilizado la vieja consola. Catherine sabe que no ha sido cuestión de suerte sino de un sacrificio ajeno, difícil de creer, lo descubran o no. Cierra los ojos y piensa en ello. Espera con tanta fuerza como le es posible que no sea así.

De todos modos, si una patrulla de deportación llama a la puerta en ese momento ya habrán llegado tarde.

Audra corre entre los pasillos iluminados y reaparece cada cierto tiempo para lanzar algo en las cestas; normalmente Tru tiene que estar muy atenta para que los niños no se excedan de su presupuesto para fiestas, pero cada vez que Audra añade un paquete también le dice el precio y cuánto suma hasta entonces. Decimales incluidos.

Esa quincena sólo ella y otros tres niños cumplen años. Gertrude y Jen se están ocupando de la compra. Es un intermedio corto, un par de horas en los almacenes, antes de volver a las oficinas y guardar todo bajo llave. De vez en cuando Tru puede ver a Jen al otro lado de unas estanterías, con Lenore, Maria y Milo colgados de ella, separándose sólo para alargar la mano y preguntarla si pueden coger lo que sea que ha llamado su atención. Algunos de los otros clientes miran a los tres niños y luego la barriga sobresaliente de Jen, y por un momento la reacción instintiva, como en todo suburbano, es preguntarse qué hará con todos ellos si gana un sorteo. Entonces recuerdan que no saben si habrá otro sorteo y el tema de conversación rueda hacia las teorías y los rumores, de nuevo. Lo que se pregunta Tru es cómo se las va a arreglar cuando Jen tenga el niño y ella deba ocuparse de nuevo sola de los proveedores, las entradas, las salidas, la gestión y los patrocinadores, las decisiones importantes y las que no lo parecen. Lee y escucha las noticias, como todo el mundo, y prohibir a los internos que salieran la noche del ataque fue una de las mejores decisiones de su vida. Pero a la hora de la verdad lo importante es que las golosinas que escojan esa tarde vengan de fábricas con comité de sanidad, y que el orfanato siga en pie cuando regresen. El Muro, en realidad, siempre ha estado muy lejos.

Cuando Anton llega al portal, Daniel asoma la cabeza por la puerta del bar y ni siquiera gruñe como saludo, sólo ladra que ya llega tarde otra vez. Anton no da explicaciones; sube las escaleras sin entretenerse, saca las llaves del bolsillo de su abrigo suburbano y, una vez más, entra en el piso con la sensación de que sigue siendo de Catherine, no suyo. Deja las bolsas de la comida en la cocina, y la cartilla del banco en el cajón del escritorio del cuarto de invitados, donde duerme, todavía. Por una décima de segundo cree que quiere encender la consola y buscar un canal de noticias, y esos son los únicos momentos donde de verdad se da cuenta de que ya no está en Utopia. Las noticias hablarían del Muro, pero sería imposible saber qué ha sucedido con la comandante Hawkins, qué le ha pasado a toda la gente que conocía a ambos lados. A veces todavía se acuerda de la expresión de Iris cuando le encaró después de que todas las contradicciones en el proceso de entrada de Catherine se revelasen casi al mismo tiempo, y no puede evitar sentirse un poco culpable.

No se arrepiente de nada. Sólo preferiría haberle ahorrado la decepción. Iris no concebía algo tan elemental como el egoismo, o no lo concebía en Anton. Vuelve a cerrar la puerta con llave detrás de él, baja las escaleras y entra en El Loco justo cuando Roberto empieza a repartir las cartas. Toma su asiento de costumbre, contempla su mano y su expresión no varía, aunque sabe que va a ganar esa ronda. Después de esos meses ya no se puede considerar suerte de novato. Daniel se queja, Roberto se enfada, y casi nadie les interrumpe durante su hora de la partida. Hablan de la Casa de Salud, del tiempo, de la mejor forma de hacer crecer un árbol. Al final, también, hablan de Catherine, ligeramente, nuevos pedazos de información trivial y una interrogación flotando sobre la mesa. Ninguno de los tres cree en suposiciones o cuentos de hadas. Pero en un acuerdo tácito dan por hecho que llegó a los bosques, y Anton piensa que le es imposible arrepentirse de algo así.

20millones3¡Lee esta historia GRATIS!