7.

2 de Diciembre: Mal de Watsow.

           —El problema es que al cabo de un tiempo ya no me afecta.

           —¿Lo dices en serio?

           —Creo que sí. Es decir... llega un momento en que se convierte en un juego de “a ver quién dice la burrada más gorda”. Así que tengo una especie de baremo y si no lo pasan, no me impresiona...

           —A ti no te parieron, te sintetizaron, ¿verdad?

           —Joder, no me digas que después de todos estos años se te siguen llenando los ojos de lágrimas cada vez que alguien habla de sus padres moribundos por intoxicación de benzanol.

           —Pues sí, ya ves, es lo que tiene ser así como medio humano.

           —Muérete, Sylwia.

           —¿Eso te impresionaría?

           —No, pero me dejaría quedarme con tu cuarto.

Odiaba el primer turno de desayuno. Cada vez que se arrastraba desde debajo de los edredones a primera hora de la mañana camino del comedor se preguntaba cómo era posible que algunos cuidadores eligieran ese turno a propósito, como si tener que madrugar y vigilar que los internos no se mataran por un cuenco de omnicereal fuera algo envidiable. Pero no todo el mundo era masoquista, y a Klio todavía le tocaba apechugar con esas dos horas de vez en cuando, porque no llevaba trabajando allí lo bastante como para estar de las primeras a la hora de preparar los horarios semanales. Era una gilipollez. Entre los años de interna y los de cuidadora llevaba allí bastante más que la mayoría, exceptuando media docena de gente en su misma posición. Y tampoco es que hubiera tantos momentos en que la plantilla estuviera obligada a controlar las zonas comunes. Tampoco vivían tantos cuidadores en el orfanato. Mientras bajaba las escaleras a la carrera atándose la chaqueta, porque ya llegaba tarde, refunfuñaba al respecto. La mayoría ni siquiera se veían obligados a vivir allí. Venían, prestaban algo de atención a los internos y volvían a sus apestosas casas en la apestosa Suburbia. Y sin embargo Klio, o Sylwia, o Bastian antes de irse... ellos trabajaban a todas horas porque vivían en su trabajo, pero daba igual. Tenían que aguantar los peores turnos del mismo modo que los que podían descansar lejos del orfanato tras ellos. Klio se quejaba de vez en cuando, unos días casualmente, como si no le importase, y otros con intensidad, persiguiendo a la hermana Gant por los pasillos y las escaleras, repitiéndole lo injusto que era, explicándole los miles de ejemplos en los que los cuidadores que vivían allí se veían obligados a atender a los huérfanos incluso durante los días que supuestamente tenían libres.

           Pero nunca servía de nada, claro. Jen se reía de sus intentos de cambiar las normas como si fueran la revolución de un niño de preescolar tratando de conseguir caramelos gratis en todos los recreos. Para ella era muy fácil porque sus padres se habían encargado de que no acabase en un orfanato, porque para eso era suburbana de sexta generación, decían. Jen había nacido en Suburbia y sus padres la habían mandado al colegio en Suburbia, y después al instituto en Suburbia, a uno en el centro para que viera lo que era la vida, decían ellos. Sylwia se reía junto con Klio en esos momentos, por una vez, porque si los padres de Jen pensaban que el instituto era la vida en Suburbia es que no vivían en Suburbia sino en alguna especie de universo alternativo con el mismo nombre. Se suponía que si estabas allí al menos tenías un mínimo de interés en seguir aprendiendo a leer. Los fichados no solían llegar hasta allí. La mayor parte de los huérfanos tampoco.

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