17.

18 de Febrero: El país de piedra.

            —Souma llamó mientras estabas fuera.

—¿Sí? Vaya, ¿qué tal está?

—No lo sé, no pregunté. Pero conoce a alguien en la redacción del Boletín Oficial, y los dos hemos sido asignados al grupo B en el Ministerio de Exteriores. Las listas saldrán dentro de dos días.

—Muy bien... ¿crees que es algo digno de celebrarse con una cena?

Así debieron de sentirse los científicos del siglo XX cuando consiguieron elevarse del suelo por primera vez en sus artefactos de madera. Al contrario que ellos, Rea no sentía ningún deseo de separarse de la tierra, pero comprendía el núcleo de aquel ansia, y sobre todo del fluir de la adrenalina cuando se veía realizada. La principal diferencia es que al cabo de los años la aviación se había convertido en algo más y más cotidiano; justo antes de la Guerra la gente se subía en los aviones como si fueran coches de línea, sin pararse a pensar en todos los que habían muerto sin ver cumplidas sus fantasías de pájaro. Dos semanas después de pasar su examen físico Rea ya sabía que nunca, jamás, iba a cansarse de su bicicleta. El día que aprobó, Bastian cumplió su promesa; la acompañó a una tienda del centro que les había recomendado su supervisora en la fábrica y le compró aquel brillante entramado de aluminio, pintura gris azulada y caucho, con sus cadenas y sus manillares y tuercas que Rea comprendió tras una inspección exhaustiva. Aunque aún no sabía montar y se admitían bicicletas en los trenes, insistió en volver a casa caminando con ella a un lado, primero con ambas manos en el manillar, luego dirigiéndola con una sola. Durante los últimos kilómetros incluso se subió al sillín, tomando impulso con la punta de los pies. Lo mejor había sido cuando Bastian empezó a empujarla a la carrera y sólo tuvo que encoger las rodillas y controlar la dirección. Casi se podía comparar a bajar a toda velocidad del nivel de las pasarelas superiores, con las cadenas girando enloquecidas y la ciudad y los edificios surgiendo sobre las barandillas.

            No debería ir tan rápido. No había un límite de velocidad en las pasarelas elevadas, por donde estaba absolutamente prohibido transitar a pie o en cualquier vehículo que no fuera una bicicleta; todo dependía del impulso o de la fuerza de tus piernas. Rea había accedido al sistema por el ascensor del distrito veintidós, desde donde había una buena hora de paseo a veinte metros sobre el suelo hasta el Ministerio, pero ahora tomó el desvio de bajada que rodeaba el edificio Coen preguntándose quién en su sano juicio elegiría los montacargas para descender. No debería ir tan rápido, pensaba a veces por un solo segundo, cuando incluso los materiales recién estrenados empezaban a chirriar y tenía que apretar las manos y poner toda su atención en evitar que el manillar se descontrolase. Pero sólo duraba un segundo. Después el pensamiento se enfriaba y desaparecía, sustituido por una alegría primitiva y la certeza de que no iba a perder el control, de que no había peligro; sólo una velocidad sobrehumana y a flor de piel. Desde que conocía aquello ya no le gustaba tanto viajar en tren, en una cápsula donde no entraba el aire y el pasar del paisaje era como una película proyectada sobre las ventanas blindadas.

            Sólo en Utopia podía esperarse algo así, claro. Sólo allí el asfalto era suave y las carreteras lisas como la frente de un niño de dos años. Las carreteras de las Nethers con sus baches y piedras, con siglos de gravilla y arena acumulados y hechos dueños del paisaje, nunca hubieran sido aptas para velocidades de ese tipo. Y Rea se había dado cuenta de que toda su mente cambiaba allí arriba o en las carreteras especiales de las afueras, que siempre estaban vacías. Era como si pudiera pensar con total claridad, más allá de los problemas técnicos o las implicaciones ocultas. De repente todos sus pensamientos se volvían más grandes, menos abarcables, y el mundo se quedaba vacío. Había descubierto ese efecto de la velocidad tres días después de aprender a montar por si sola, y fue tan inesperado y vivificante que casi perdió el mundo de vista. Aquella noche sólo volvió a casa cuando los calambres de las piernas la obligaron a dar media vuelta, sin llegar a descubrir si la ciudad terminaba o seguía hasta las recolectoras del Atlántico.

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