26.

14 de Mayo: Todas las mentiras.

            —¿Y a quién pedirás prestado allí?

—Soy rica, majadera, no tengo que pedir prestado.

—Entonces puedes devolverme todo lo que me debes.

—Sí, le pediré al Foro que me deje salir un momento y que creen un índice de cambio para ti.

—Muchas gracias.

—Muchas de nadas.

— ...Estaría bien. Que te dejasen salir un momento.

—Aham... necesito esa botella. Y cambiar de tema. Tú sigue con tu abstinencia.

Al principio Delia no dijo nada. Pasó las yemas de los dedos por la superficie de la mesa, justo al lado de su taza del desayuno, y luego cogió una cucharilla y removió el edulcorante. Se balanceó en la silla un par de veces, se mordisqueó un costado de la lengua y por fin volvió a hablar.

—A ver si lo he entendido bien. Ayer te acostaste con Aedan.

—Sí.

—Hoy coges el tren.

            —Sí.

            —Y quieres subirte al tren y que yo me despida de él por ti porque no sabes qué cara ponerle.

            —Exactamente.

            Delia no había fumado en su vida, pero sospechaba que en ese momento hubiera dado cualquier cosa por un cigarrillo o algo en lo que ocupar las manos. La cucharilla no parecía suficiente. Se rascó la nariz y se echó atrás en la silla, apoyando la taza en su regazo.

            —Creo que estás sobrestimando nuestra relación. La mía contigo, quiero decir. Yo no soy amiga tuya. No es nada personal, en serio, simplemente no te conozco. Pero sí soy amiga de Aedan y no tengo ninguna intención de solucionarte la vida con esto.

            Klio se incorporó un poco y apoyó las manos en la mesa también. Durante unos segundos se limitó a mirarla. A Delia le ponía un poco nerviosa en las ocasiones en que la había visto sonreir, como si se transformase en otra persona con unos dientes imposiblemente sanos para alguien de las Nethers, así que era mejor que se mantuviera seria. Tal vez incluso ella decidiera ponerse de mal humor, pensó Delia sorbiendo el cacao. De hecho, seguro que lo estaría si no fueran las siete de la mañana y acabase de salir de un turno de noche. Al menos no la había cogido tan baja de defensas como para acceder a participar en aquel juego de correveydile infantil.

            —Supongo que tienes razón —aceptó Klio por fin, cruzándose de brazos, sin ofenderse. Había sido toda una sorpresa que esa mañana, cuando terminó su turno y llegó a su edificio de dormitorios, Klio estuviera esperándola en las escaleras.

            —Es que creo que es lo mínimo que deberías hacer, despedirte —medio regañó, entre sorbo y sorbo a su bebida. Klio gruñó un poco antes de frotarse los párpados, pero no le prestó mucha atención porque en ese momento vio al doctor Kavanaugh acercándose entre las mesas vacías. Por el modo en que caminaba, Delia supo que las había visto e iba de hecho directo hacia ellas, y cuando Klio se giró para ver qué miraba, también vio cómo se ponía en tensión. Delia se incorporó un poco sobre la mesa y susurró—: ¿Tú sabes qué quiere?

            Pero Kavanaugh ya estaba practicamente ahí, y se detuvo junto a Klio antes de que ella pudiera responder.

            —Buenos días. Cabo Valerii, con permiso... Klio, ¿puedo hablar contigo un momento? —Anton tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la calma cuando Klio se encogió de hombros, perezosamente, y pareció que se tomaba su tiempo para apartar la silla y seguirle a la terraza cercana. Valerii les miraba sin disimularlo—. Necesito hacerte una pregunta. Tu nombre auténtico es Cordelia, ¿no es así?

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