13.

25 de Enero: La princesa y los mendigos.

            —¿Es otro de tus proyectos? Van dos limpiezas de equipo a que no sacas nada en claro.

            —Ya no me dedico a eso, mi fracaso contigo fue el último. He dirigido mi carrera profesional a campos más fértiles.

            —Venga ya, yo no soy ni la mitad de raro.

            —Tú usas calzoncillos de dibujos animados, y él es nuevo y tiene que aguantar a gente como tú.

            —¿Has vuelto a robarme la ropa interior?

            —Sólo la que no tiene agujeros.

           

El tercer impacto la alcanzó de lleno justo debajo del esternón y extrajo todo el aire de sus pulmones. Retrocedió un par de pasos, encogiéndose hasta doblarse por la cintura, pero no dejó caer la pelota. Intentó fingir que había sido una recepción correcta.

            —¡Punto mío! —No había funcionado. Aquello era lo malo de jugar con un profesional, aunque fuera profesional de la liga de institutos. Delia levantó la cabeza, todavía incapaz de incorporarse, y arrugó la nariz. La pelota de itzá le resbaló por los antebrazos ligeramente húmedos. Casper seguía en el punto desde el que había hecho el lanzamiento, cinco metros a su derecha, esperando con la impaciencia cosida a las zapatillas, y Aedan se acercó.

            —¿Estás bien? —preguntó. Delia vocalizó un “sí” antes de pasarle la pelota en un movimiento brusco.

            —Sacas —anunció en un susurro urgente.

Había sido un movimiento obvio, pero Casper estaba demasiado inmerso en su victoria como para reaccionar. Aedan tomó la pelota, rodeó a Casper y se plantó en la línea de tiro, a cinco metros de la pared. Disparó desde ahí a las gomas dobles que la cruzaban sobre sus cabezas, medio segundo antes de que Casper tratase de bloquearlo. Las planchas metálicas de las esquinas resonaron con el estruendo que marcaba el tanto.

—¡Doble! —gritó Delia corriendo al rebote. Vio a Casper de reojo, recuperando sus reflejos y soltando a Aedan. Delia aceleró. Al menos la pelota había salido despedida en su dirección. Estuvo a punto de hacerse un nudo con las piernas cuando tuvo que coordinar el salto con medio giro y con acertar a agarrar la pelota. Al aterrizar ya encaraba la pared opuesta. Más o menos. Demasiado tarde; Casper la bloqueó apenas a unos pasos de distancia, enorme desde su perspectiva, enseñando los colmillos en una sonrisa de superioridad.

Delia consideró sus opciones. Casper encontraría la forma de recibir cualquier disparo con las manos o desviarla con los pies, evitando así un punto de penalización como el que ella todavía podía sentir en el estómago. Un disparo a gomas desde aquella distancia y a la altura del suelo era cosa de profesionales superdotados, y Delia había aprendido a jugar itzá al llegar al Muro dos años antes. Apoyó la pelota en el suelo regalándose así cuatro segundos más y buscó a Aedan entre los huecos que Casper dejaba en su campo de visión. Lo encontró desplazado ya a mitad del campo azul. Delia elevó la pelota a la altura de sus rodillas y la golpeó con el antebrazo. Los nudillos reforzados del guante arañaron la pista de piedra con un sonido áspero. Casper no intentó interceptarlo sino que echó a correr en dirección a Aedan, de lado, sin apartar jamás la vista de la esfera.

La pelota ascendió hasta casi tocar el techo de plástico verde. Delia echó a correr esperando un mal rebote en la recogida o alguna falta cuando Casper bloqueó el alcance de Aedan. Una esperanza bastante estúpida. Esa era la clase de errores que Aedan y ella solían cometer, no Casper. Ambos saltaron, pero Casper lo hizo estirando la espalda, echándose hacia atrás sin comprometer su centro de gravedad y empujando a Aedan. Delia había visto ese movimiento explicado alguna vez en alguna revista. No tenía ni idea de que la gente usase esas cosas jugando de verdad. Trotó hacia Aedan, que se había quedado tendido de espaldas en el suelo. Estaba agotada. Llevaban jugando dos horas y había dejado de contar los puntos cuando el tanteo de Casper les superó por treinta. Se junto a Aedan y dejó caer su guante sobre su cabeza. Aedan dio un bote, se apartó el guante de la cara y se puso en pie, todo sin decir una palabra. Luego recogió el guante y se lo entregó. Delia no pudo evitar una risita y pensar por enésima vez qué raro era aquel chico, pero la acompañó de una sonrisa amigable para que no pensase que se reía de él.

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