XXXVIII

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El tumulto para él era insoportable, observaba a su alrededor mientras se colocaba las medias para jugar. Se sentía incómodo, distante; todo había cambiado. Él ya no era el mismo, se había percatado de que no deseaba ser como los demás, no iba a decaer tan bajo.

Las pisadas arrastrando el pie se hicieron presentes, pero nadie cesaba de hablar. Todos estaban tan absortos en sus conversaciones, como Danilo en sus pensamientos, completamente perdido.

— Bueno, chicos — inició ganándose las miradas de todos —. ¿Me dejan un minuto solo con Danilo, por favor? —.

Los suspiros de algunos resonaron, mientras que otros seguían con su charla. Luego, uno por uno, empezaron a abandonar el vestuario, dejando al técnico y a Danilo solos al fin.

— Vamos — susurró al ver al último salir y cerrar la puerta —. Me parece que nosotros dos tenemos que hablar de lo que pasó, ¿no? —. 

Danilo miró al piso, rebuscando las palabras correctas.

— Sí, ya sé — comenzó, en su voz aún se notaba la rabia —. Perdón — se disculpó —. Me zarpé — levantó la mirada con vergüenza, que desapareció por completo al verlo —. Pero me da bronca que lo pongas al gil ese, solo porque el papá está en la comisión — el entrenador solo lo observó, sin decir nada —. Es injusto para mí — continúo —. ¿Qué? ¿Hay que poner plata para jugar? —.

— ¿Quién te dijo eso? — preguntó con sorpresa.

— Nadie — informó con notable enojo —. Yo lo escuché hablar —.

El mayor suspiró intentando calmar sus nervios, miro al techo rebuscando algo y después volvió su vista a Sánchez.

— Mira, Danilo. Yo no sé lo que vos escuchaste — habló para después callarse un momento —. Pero yo decido... yo, quién está para jugar — el castaño mantenía su mirada en el piso, sintiéndose regañado —. Nadie me dice que hacer — el de ojos cafés asintió sin mirarlo —. ¿Está claro? —.

— Sí, ya sé — soltó con tristeza.

— Yo te acepto las disculpas — continúo el mayor —. Pero vos no podés hacer más lo que hiciste — negó —. ¿Cómo me vas a insultar delante de todo el plantel? — preguntó ofendido, jugó un momento con sus llaves y después se acercó sentándose a un lado suyo —. Yo sé que esto es difícil, que vos sos nuevo que te tenés que hacer un lugar... Pero no así, a los insultos, a los golpes, a lo guapo — negó —. No es así —.

Danilo volteó mirarlo con ironía, como si mentalmente se estaba burlando de todo lo que le estaba diciendo. Él mejor que nadie sabía que solo se sentía ofendido no solo porque lo insultó, sino que porque lo que decía era verdad.

— Danilo, su algo te da bronca — suspiró —. Vos te tenés que controlar — el castaño lo siguió mirando —. ¿Sabes cuántas veces vas a ver cosas que no te gusten? — preguntó —. Pero hay que bancarsela, macho — volteó a verlo —. Danilo, vos tenés condiciones, si no, acá no estarías — recalcó —. Pero las condiciones sin conducta no sirve para nada. Ahí si que no hay plata que valga — él asintió —. Grabatelo en la cabeza. La conducta no se compra — lo miró un momento —. Ahora volvete a tú casa, hoy no vas a entrenar —.

— ¿Por qué? — preguntó confundido —. Ya está. Ya te pedí perdón —.

— Tenés que aprender a respetar — añadió mirándolo —. Yo a vos te respeto. Nos vemos mañana —.

RESCATATE | Danilo Sánchez | Matías RecaltDonde viven las historias. Descúbrelo ahora