IV

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¿Cómo era factible que se sintiera inquieta tan solo por la proximidad de ese muchacho? No es como si fuera el chico más agraciado que existía, al contrario, era alguien muy corriente. Vestía como todos, con una camiseta de fútbol y unos shorts deportivos, quizás alguna que otra campera encima. Pero era la indumentaria típica del barrio, supuso.

Colocó una de sus manos en su pecho, sintiendo cómo este palpitaba con intensidad. Con su respiración descontrolada cerró la puerta de su habitación y se recostó sobre esta.

— No me avisaste que llegaste — se escuchó del otro lado de la puerta —. ¿Qué tal el día en el colegio Marti? —.

— Todo bien tía — respondió rápidamente —. Tengo sueño, voy a dormir —.

— Bueno, dale — aceptó con una sonrisa que la joven no pudo ver —. Te dejé comida en el horno por si tenés hambre —.

— Dale, gracias — agradeció mientras escuchaba cómo se alejaba —. Dios —.

Se dejó caer, sintiendo cómo su cuerpo se deslizaba por la puerta hasta caer en el piso. Con cuidado, elevó una de sus manos hasta su mejilla sintiendo lo cálida que estaba. Se había sonrojado. ¿Él la había visto así?

Su corazón se agitó aún más, sintiendo cómo su estómago se llenaba de diferentes sensaciones, se sentía tan extraña. Era la primera vez que experimentaba algo así; parecía que fuegos artificiales estuvieran siendo lanzados desde su interior. Preocupada, se acercó a su mesa de noche y tomó un analgésico, tragándolo con un poco de agua.

Suspiró dejándose caer en su cama, estirando sus brazos y piernas en esta, descansando tras el día que a su parecer había sido agotador. Sus emociones se mezclaban, desde el resentimiento que sentía hacia Danilo, hasta esas nuevas sensaciones que experimentaba al recordar lo sucedido hace algunos minutos.

Al despertar de su siesta, Martina decidió levantarse de la cama. Abrió la puerta de su habitación y se asomó al pasillo. Su tía, con bolsas de compras en las manos, intentaba equilibrarse para cerrar la puerta de entrada.

— ¡Tía! — exclamó Martina mientras se apresuraba para ayudar con las bolsas —. ¿Por qué no me dijiste que ibas a comprar? — regañó —. Sabes que es re complicado subir hasta acá con cuarenta bolsas —.

— Ay, Marti, siempre tan atenta vos. Gracias, mi vida — respondió la tía con una sonrisa, dejando que su sobrina le quitara las bolsas —. Contame cómo estuvo tu día, hace rato no me dijiste nada —.

— Normal, como siempre — comentó Martina mientras guardaba las cosas en la cocina.

— Bueno, me alegra escuchar eso. Pero, ¿qué es eso que tienes en la cara? — preguntó la tía, señalando su mejilla, para después tocarla con cariño —. Te pareces a tu mamá, Marti —.

Martina, avergonzada, coloco su mano sobre la de su tía y sonrió un poco. Intentando reconfortarla.

— Ya me lo dijiste más de tres veces — sonrió tiernamente —. Soy el vivo retrato, o eso fué lo que me dijiste —.

La tía rió suavemente y miró a Martina de manera cómplice. Abrió la heladera después de alejarse y comenzó a llenarla de las compras que había hecho.

— Bueno, contame — la pelirroja frunció el ceño —. Te noto extraña, no estás inquieta y tampoco puteando al mundo. Decime, ¿que pasó? —.

Martina, sintiéndose un poco más cómoda con su tía, decidió abrirse.

— No sé, tía. Es solo que hoy, en el colegio, tuve una situación un tanto extraña con compañero — no sé atrevió decir su nombre —. Estuvo cerca de mí, y mi corazón empezó a latir muy fuerte, y mi estómago... siento como cosquilleos — explicó.

RESCATATE | Danilo Sánchez | Matías RecaltDonde viven las historias. Descúbrelo ahora