XXXVI

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— Escucha — comenzó con determinación —. Soy socio de este club desde que nací. Mi viejo y mi abuelo eran socios vitalicios. Mi abuelo incluso jugó en la primera del club — señaló hacia su hijo —. Este pibe entrena todos los días con esfuerzo y dedicación. ¿Y me decís que se queda fuera? —.

— No, no, no — trató de calmar la situación —. Para, Raúl. No se queda fuera de nada — miró de reojo a los dos al pasar junto a ellos —. Somos un grupo. Que no esté en los once titulares no significa que no sea parte... —.

El castaño observó al chico recostado en una columna, analizándolo mientras caminaba frente a él, percibiendo su incomodidad.

— No — cortó Raúl, molesto —. ¡Pero qué grupo ni qué grupo! —.

Se acercó a la baranda, ubicándose en un lugar perfecto para escuchar la conversación que sabía que estaba dirigida a él. No solo por la oportunidad de jugar a pesar de haber faltado en ocasiones, sino porque comprendía que esa gente tenía recursos y no les costaba utilizarlos.

— Lo único que me importa es que juegue mi pibe — continuó Raúl —. Mirá cómo está — señaló a Danilo a lo lejos —. ¡Ahora juega cualquier villero! — elevó su voz lo suficiente para que él pudiera escuchar —. ¡De esos que se roban el jaboncito de la ducha! —.

La mandíbula de Danilo se tensó mientras volteaba lentamente hacia ambos hombres. ¿Por qué lo trataban así? ¿De dónde venía esa actitud despectiva?

¿Por qué no podían simplemente alegrarse por lo que tenían? Él no tenía nada además del fútbol, para Sánchez ellos lo tenían todo, él jamás se quejaría de ver a otro jugar, aunque se muriera de celos...

Estaba seguro de que aquel hombre disfrutaba de comidas calientes todos los días, duchas tibias en las noches, y no tenían que envolverse con lo poco que tenían para soportar el frío.

Tenían familia, algo que él anhelaba. Danilo sabía que no tenía nada, pero el hecho de que otras personas no se conformaran con lo que tenían hacía que su propia miseria no pareciera tan grande, porque al menos no era una mala persona.

— Che, che, che — cortó el técnico —. Bueno, para — enfrentó al mayor mirando con preocupación a Danilo —. ¿Que te pasa? —.

Entonces su mente repasó su vida en lo que se alejaba, recordando lo miserable que parecía. Su hermano estaba en la venta y consumo de drogas, la comida no era algo garantizado todos los días y, en ocasiones, se encontraba envuelto en las gélidas noches con lo poco que tenía para soportar el frío. Se sentía insignificante en comparación.

— Vos necesitas refuerzos — continúo, él entrenador negó —. Está bien... hacelo jugar a Martín — continúo, Sánchez no dejaba de prestarles atención en ningún momento —. Deja de meter gente de afuera y hace jugar a los pibes que tenés —.

El de camiseta blanca corto, mirándolo fijamente.
—Mira, Raúl — comenzó —. Yo te entiendo, pero las decisiones futbolísticas las tomo yo —.

El contrario negó para pasar una de sus manos sobre su frente e intentar calmarse, eso estaba colmando su paciencia.

— Entonces, estoy hablando con la persona equivocada — volteó a observar a su hijo y ladeó la cabeza —. Vamo’ nene —.

RESCATATE | Danilo Sánchez | Matías RecaltDonde viven las historias. Descúbrelo ahora