XXIV

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El rugido de un automóvil captó la atención de los tres jóvenes, quienes dirigieron sus miradas hacia el vehículo. Un destello de reconocimiento iluminó el rostro de Carlos, desatando una amplia sonrisa.

— ¡Eh! — exclamó con alegría al aproximarse —. ¿Cómo va, tío? —.


— ¿Cómo se comportan las máquinas? — apoyó una mano en el asiento del acompañante —. ¿Se están portando bien o están a punto de hacer una cagadita? — sonrió con amplitud —.

Carlos asomó la cabeza dentro del auto, explorándolo con deleite.

— ¿Y esta nave, Kiru? — inquirió —. ¿De quién es? —.

— Me la prestó un amigo — informó —. Está linda, ¿no? —.

— ¡Re! — elogió el vehículo —. ¡Terrible! —.

— La puerta tiene un rasguño ahí — añadió con cierta molestia —. ¡Estos wachos de mierda! —.

Negó mientras suspiraba, luego volvió su mirada hacia Carlos.

— Che, ¿van al colegio? — preguntó —. ¿Quieren que los lleve y entran como unos campeones? —.

Danilo se colocó a un lado de Carlos y miró al joven de gorra.

— ¿Nos llevás al Liniers? — indagó —. Vamos al club a probar suerte —.

— ¡Apa! — exclamó con emoción —. Me gusta, ¿eh? pero ojo que, si después quedan me van a tener que girar un “diego” — Danilo asintió —. Va, suban, dale, dale, va, va, va —.

Carlos sonrió al ver cómo el castaño ingresaba al auto, volteó hacia la pelirroja y el arrepentimiento lo embargó.

— ¿Qué onda? — preguntó Kiru —. ¡Subí! —.

— No sé — suspiró.

— ¿Me estás diciendo que no tenés ganas de ajustar cuentas con alguno de esos rubios que van al club todo el tiempo? —.

Carlos sonrió antes de dirigirse a la pelirroja y resopló.

— Dale, subí — insistió —. Dale, dale, Carlitos, dale —.

— ¿Podemos llevar a Martu al colegio? — preguntó, y el mayor asintió —. Subí, dale —.

Martina entró al auto, pasando por detrás del asiento del acompañante. Con cuidado, se alejó lo más posible del castaño y agradeció. Entonces, Carlos se acomodó en el asiento delantero, al lado de Kiru.

— ¡Bien ahí! — celebró Kiru, chocando las manos con Carlos —. ¿No te venís vos con ellos, Marti? — preguntó a la pelirroja —. Yo pensé que eran re amigos ustedes —.

— No sé — respondió la joven —. Me da miedo faltar al colegio y que después hagan algo importante, qué sé yo —.

— Igual Sofía te pasa las tareas — insistió el uruguayo —. Esa tiene todas las tareas —.

— ¿No querés ir a vernos jugar? — preguntó el morocho —. Mira que capaz te dedicamos un gol —.

— Ojo — advirtió al morocho —. ¿Ella era tu novia? —.

— No — negó —. Mariela es mi novia, muy linda ella —.

— Esa Marina es una pesada — comenzó Danilo inclinándose al frente —. La otra vez le hizo una escena de celos a Martu —.

RESCATATE | Danilo Sánchez | Matías RecaltDonde viven las historias. Descúbrelo ahora