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2 semanas atrás (otra ve)

Danilo Sánchez subió con cuidado las escaleras que llevaban al lugar que consideraba su hogar. Con sigilo, abrió la puerta y entró en la penumbra de la vivienda. Al ver a su hermano descansando, soltó un suspiro de alivio y se encaminó hacia su habitación.

Una vez dentro, lanzó su mochila a un rincón con cierto desgano. La jornada había sido intensa, y la necesidad de descanso se manifestaba en cada paso que daba. Se dejó caer sobre el colchón que reposaba en el suelo, quitando la bolsa que le molestaba. Con una sonrisa, comenzó a desenrollar la tela que envolvía el taper.

Al liberar por completo la bolsa, reveló el contenido: una deliciosa comida casera preparada con el calor de un amor maternal que nunca podría estrenarse por completo.

Preparada con el dolor y amor de una persona que jamás podría ser madre. A pesar de su corazón tan grande. La vida para algunas personas a veces solía ser cruel, pero era algo que todos compartían en aquel barrio... todos estaban igual de mal ahí.

Danilo, con el estómago rugiendo de hambre después de tanto tiempo, se dispuso a disfrutar de aquel festín improvisado. La textura y el aroma de la comida llenaron la habitación mientras él saboreaba cada bocado con gusto, agradeciendo la generosidad que había encontrado en esa cocina ajena. Era un respiro necesario, un momento de calma en medio de la agitación de su vida.

Después de tanto tiempo, Danilo se sentía completo con tan poco. Cada bocado de aquella comida casera parecía alejar todos sus problemas, al menos por un momento. La calidez de la comida recorría su cuerpo, reconfortándolo de una manera que no había experimentado en mucho tiempo.

Era como si, al saborear aquel caldo de pollo reconfortante, se hubiera olvidado de todo lo malo, al menos por un rato. La sensación de tener el estómago lleno después de tanto tiempo de escasez le resultaba casi surrealista. Las preocupaciones y la tensión que cargaba durante sus días parecían disiparse con cada cucharada.

Al recostarse en el colchón después de haber disfrutado de la comida, se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que se dormiría estando completamente lleno. Una sensación de satisfacción y paz invadió sus pensamientos mientras cerraba los ojos.

Danilo recordaría ese día por el resto de su vida, no solo por la generosidad de la tía de Martina, sino también por la calidez y la esperanza que le brindó una simple comida casera. Era un pequeño respiro en medio de las dificultades, un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, aún podía encontrar gente de buen corazón.

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Martina se encontraba inmersa en su mundo creativo, trazando líneas y colores en su cuaderno mientras descansaba en su cama. La puerta se abrió lentamente, y su tía Raquel la observó en silencio desde el marco antes de sonreír y sentarse a su lado.

— ¿Lo llevaste a la casa? — preguntó Martina, deteniendo su lápiz y mirando a su tía. La respuesta fue un simple asentimiento —. Yo pensé que iba a venir otra vez con vo’, mira que te veías re contenta con él —.

Raquel soltó una risa al notar los celos de su sobrina y, de manera juguetona, despeinó su cabello. Martina dejó escapar un suspiro exagerado antes de dejar de lado su cuaderno.

— Che, ¿y vos y este pibe? — preguntó la pelinegra, usando un tono cómplice —. Sentí una re tensión entre ustedes yo —.

— Ay, no te hagás la boluda — respondió la de ojos cafés, riendo con ganas —. Ese es un re turro, ni en pedo ando con él... Ni siquiera es mi amigo —.

RESCATATE | Danilo Sánchez | Matías RecaltDonde viven las historias. Descúbrelo ahora