Yoongi lo miró. No porque quisiera encontrarle defectos o burlarse, sino porque había algo en él… genuino. No fingía. No se maquillaba con palabras falsas. Cuando era fastidioso, lo era sin vergüenza. Cuando se asustaba, lo decía. Cuando estaba confundido, lo mostraba. Esa honestidad, pensó Yoongi, era tan rara como refrescante.

—¿Te gusta el zoológico? —preguntó de pronto.

Jimin lo miró, sorprendido.

—¿Ahora preguntas eso?

—Sí.

Jimin sonrió, esa clase de sonrisa que no sabías si era por ternura o por sarcasmo.

—Me gusta, pero… creo que no para visitarlo con gente loca, ni para quedar atrapado en un cuarto.

—Tienes estándares altos.

—¿Y tú? ¿Te gusta?

Yoongi se encogió de hombros.

—Me gusta ver a los niños correr emocionados. Me recuerda que no todo en la vida es una agenda llena o redes sociales. A veces solo hay que mirar una jirafa y decir: "Wow, qué cuello tan largo".

Jimin soltó una risa suave. De esas que salían sin permiso.

—¿Y qué cosas te apasionan? Además de producir música, claro.

—Dormir.

Jimin le lanzó una mirada de "hablo en serio", y Yoongi se rió por lo bajo.

—A ver… —añadió Yoongi—. Me gusta la fotografía. Cuando viajo, siempre llevo una cámara antigua. Me gusta captar cosas que la gente no mira. También escribir, pero no canciones, sino cosas que no muestro. Y cocinar, aunque nadie me crea.

—¿Cocinas?

—Muy bien, de hecho.

—Ya. Lo dudo.

—Entonces jamás probarás mis gyeran-jjim.

—¿Tus qué?

—Olvídalo.

— JIMIN —


Yoongi no era como pensaba.

No era solo el tipo molesto, serio y con cara de que todo le da flojera. Había algo debajo. Algo que solo se notaba cuando hablaba en voz baja, cuando miraba al suelo como si recordara cosas que no decía, o cuando le brillaban los ojos hablando de una cámara de fotos vieja.

Jimin lo miraba ahora. Pero de verdad.

No como un famoso. No como un productor. Sino como un hombre. Uno que también se cansaba, que también sufría, que también tenía pasiones que no estaban expuestas en entrevistas.

—Yo también escribo —confesó.

—¿En serio?

—Sí. Aunque no sé si lo hago bien. Me gusta más como escape. Escribo cosas tristes a veces. O cosas que imagino.

Yoongi lo observó con más atención.

—¿Como qué?

Jimin dudó. Bajó la vista.

—Escribí una vez sobre un chico que quería ser famoso, pero en realidad lo que buscaba era ser querido. Y todo lo que hacía era solo para llenar el hueco de sentirse invisible en su casa.

Yoongi no dijo nada. No lo necesitaba. Solo asintió. Y en su gesto, Jimin sintió por primera vez que no lo juzgaban por eso.

—Me gusta bailar —añadió Jimin—. Pero no en público. A veces bailo cuando estoy solo, en mi habitación, con los audífonos puestos y con ropa vieja. Y canto sin que nadie me escuche. Mi abuela dice que tengo talento. Yo solo pienso que me hace feliz.

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