Una voz compartida

By MTeresaLTI

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Amaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después d... More

Prólogo
2. A través de tus ojos
3. Yo siempre estoy
4. Al igual que tantas otras cosas
5. Los mismos errores
6. Aprender a amar así
7. Esta pequeña aventura
8. La amenaza invisible
9. Trato hecho
10. En un mundo hostil
11. Suebre Music
12. ¿Nos estábamos equivocando?
13. El "disco de los hermanos"
Extra: ¿Qué es Londres sin ti?
14. No era la primera vez
15. Incógnitas por resolver
Extra: La primera canción de Emma
16. Imposible de prever
17. ¿Dónde estaba?
18. Retos
19. El mismo punto de partida
20. Dio igual
21. Como a un clavo ardiendo
22. Aguantándolo todo
23. Desde tu marcha
24. Hell
25. Los fantasmas
26. La ganadora de la beca
27. El desencadenante
28. Aire y tiempo
29. A través del piano
30. Vértigo
31. Sonrisas
32. Excusas
33. La única forma
34. La distancia
35. El primer paso
36. Adrenalina
36(bis). ¿Sería capaz?
37. La oportunidad
38. La raíz de todos los problemas
39. Búsqueda
40. Una vieja amiga
41. ¿Estás segura?
41(bis). La ciudad de las estrellas
42. Frente a una estrella
43. En qué acaba todo
44. Dispuesto a luchar
45. Sacar la fuerza
46. Contigo
47. El campo de batalla
48. Como tenía que ser
49. Claroscuro
50. No te hace falta nada
51. Obsesión
51(bis). El encontronazo
52. Visitas
53. Los problemas del mundo real
54. De la noche a la mañana
55. Incertidumbres
56. ¿Merecería la pena?
57. Una idea loca
58. Con dos ovarios
59. Déjame
60. La jugada perfecta
61. Las cartas sobre la mesa
62. Orphan
63. Dark Skies
64. Sin barreras
65. Resoluciones
66. Intereses en juego
67. Corazonada
68. Por ella
69. El toro por los cuernos
70. La chispa de miedo
71. La última vez
72. ¿Una mera coincidencia?
72(bis). La electricidad
73. Viral
74. Hacia el abismo
75. Cuesta abajo y sin frenos
76. Sinceridad brutal
76(bis). Increíble
77. Pesadilla
78. El mismo motivo
79. Murallas
79(bis). La mayor bofetada
80. Tsunami
80(bis). Nuestras voces compartidas. Parte 1
80(bis). Nuestras voces compartidas. Parte 2
80(bis). Nuestras voces compartidas. Parte 3
80(bis). Nuestras voces compartidas. Parte 4
80(bis). Nuestra voces compartidas. Parte 5
Epílogo: Una sola voz
Flash 1. Fin de gira
Flash 2. El resto de nuestras vidas
Extra: Por sorpresa. Partes 1 y 2
Extra: Por sorpresa. Partes 3 y 4
Extra: Por sorpresa. Parte 5
Extra: Por sorpresa. Partes 6 y 7
Extra: Por sorpresa. Partes 8 y 9
Extra: Por sorpresa. Parte 10 y Epílogo
Agradecimientos

1. Rompiendo tradiciones

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By MTeresaLTI

—Cariño, hoy me han vuelto a llamar del colegio porque te estabas portando mal...

—Pero, mamá, es que mi profe no me entiende.

—Tienes que aprender que eso no es excusa para que no te portes bien, Helga.

—Ya, claro. Ya sé que no me crees.

—Eso no es verdad. Te prometo que hablaré con el profesor.

—No hace falta. Ya sé que todo lo hago mal. Ni siquiera queríais tenerme.

—Helga, eso no lo vuelvas siquiera a pensar. Y escúchame bien: desde el principio, fuiste la mejor sorpresa que podríamos haber soñado.

_________________________________________________

(Alfred)

Llegué eufórico de la reunión con Universal.

Acababa de entregar las maquetas de EAAA, y me atrevería a decir que se había convertido en mi disco más personal. Pero claro, como me recordaba mi madre, eso era lo que yo siempre decía...

No sé, tenía la impresión de que este era distinto, porque me había inspirado en mi familia para componerlo.

Mi familia... Esa era la temática, y aún me emocionaba cada vez que me refería a ellos: Emma, Alejandro... Y Amaia. Mi musa. Mi todo. A fin de cuentas, ella siempre había sido casa, y ahora habíamos formado casa juntos.

Esa mañana Mario y yo habíamos viajado muy temprano a las oficinas de Universal en Madrid, donde nos habíamos reunido para entregar las maquetas. Incluso había estado presente el Director General. Y respecto al resultado... Solo diré que brindamos con cava.

Por eso estaba deseando volver a casa, para celebrarlo con quien realmente me importaba: ella. Porque Emma y Alejandro ya estarían dormidos, por supuesto.

Crucé el umbral de la puerta y a Amaia le faltó tiempo para abalanzarse sobre mí. Sabía que me estaría esperando. Me abrazó con fuerza, casi diría que con necesidad...

Sentí cómo me acariciaba la nuca, como tanto le gustaba, y hundía su cara en mi cuello. Yo hice lo propio, aspirando el aroma de su melena castaña. Me apretaba con fuerza, y traté de devolvérselo, agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia mí, como si quisiéramos ser uno. Pero antes...

Busqué sus labios. Ella me miró, con ojos brillantes. Ya le había escrito al salir de la reunión, así que yo no tenía nada que añadir, pero ella sí:

—Te lo dije —murmuró, mientras me cubría de besos.

La cogí por la cintura, correspondiéndola, pero llevándola a la cocina al mismo tiempo. Teníamos que celebrarlo brindando: era la tradición.

—¿Qué tal los niños? —le pregunté a Amaia, mientras buscaba las copas.

Me puse a abrir casi todos los armarios, ya que no podía concentrarme de la emoción y miraba a Amaia cada dos por tres. Ella me devolvía la mirada con ojos brillantes. Sin embargo, ahora que me paraba a mirarla con detenimiento, pude notarle que estaba nerviosa, por cómo jugueteaba con las manos.

—Pues muy bien... Emma quería quedarse despierta esperándote, para que le cantaras Mireia, como cada noche... —me respondió. Le noté un cierto temblor en la voz.

Mi princesa. Se me encogió el corazón. ¿Acaso podía ser más bonita? Me gustaba bromear con Amaia, porque con tres años estaba más pendiente de las cosas de su hermano que ella misma a veces.

—Se la habrás cantado tú, ¿no? —le respondí, con una pequeña carcajada.

—Bueno, más bien la he cantado yo con ella —añadió Amaia, también riendo—. Pero ya sabemos que es la niña de tus ojos... —continuó, un poco más seria.

Me sonreí, pensando en que al día siguiente tendría que sentármela un ratito al piano.

—Pues claro... Es la única que tenemos —le respondí, bromeando.

Casi sentí el escalofrío que la acababa de recorrer en ese momento, a pesar de que no estaba a su lado. Oh, oh.

—¿Y Alejandro? —le pregunté, haciendo caso omiso de su silencio por el momento, mientras me dirigía al frigorífico. Por fin había dado con las copas, ahora me faltaba el cava.

—Pues... —tenía la voz vacilante de nuevo, y esta vez ya no podía pasarlo por alto. Todo en Amaia me estaba llamando a gritos, a pesar de que no había abierto la boca.

La miré, y decidí que no me movía de allí hasta que me enterase de qué estaba ocurriendo. Esta no era la Amaia juguetona con la que celebrábamos éxitos juntos.

—¿Todo bien? —le pregunté, cerrando de golpe el frigorífico, dejando las copas en la encimera y acercándome a ella, que estaba apoyada en la mesa de la cocina.

Cogí sus manos entre las mías. Sentí un leve temblor.

—¿Los niños...? ¿Alejandro...? —no me atrevía a acabar ninguna frase.

El corazón me había empezado a latir desenfrenado.

—No, Álex está bien. —Mientras que yo prefería llamar a nuestro niño por su nombre completo, pronunciando bien todas las letras, ella siempre utilizaba la versión acortada. Nunca comprendería por qué lo prefería así—. Hoy ha dormido casi todo el día, como siempre —me respondió. Una sonrisa le asomó a los labios, pero Amaia seguía rehuyendo mi mirada.

—Es un 'bebote', como su madre —le respondí, cogiéndole los mofletes y tratando de tranquilizarla.

Podía notar su corazón latiendo tan rápido como el mío, y sentía la tensión que se había creado entre los dos. La cogí por la barbilla para que me alzara la mirada, y le pregunté sin palabras lo que ocurría. Hacía mucho que habíamos aprendido a comunicarnos sin ellas.

—Yo... Alfred... Pues... Esta mañana... —empezó, vacilante. Tuve que poner toda mi fuerza de voluntad en juego para no interrumpirla. Era algo que había tenido que aprender con los años—. Me levanté con náuseas otra vez —soltó de sopetón.

Hizo fuerza contra mi mano para apartar la barbilla, pero antes de que lo hiciera percibí cómo sus ojos se habían llenado de lágrimas. Los pensamientos empezaron a desfilar frenéticos por mi cerebro, pero antes de dejarlos que calaran, la abracé con fuerza, y noté cómo ella rodeaba mi cintura con sus brazos, apretándome. Le empecé a dar besos en la coronilla.

Cuando pude aclarar un poco mi mente, me di cuenta de que yo también estaba temblando, pero aún no sabía si era de nervios, emoción o incertidumbre. O quizás todo a la vez.

—Pero Amaia... ¿Te has...? —Ahora era a mí al que no le salía la voz—. ¿Te has hecho el test de embarazo?

Fui al grano. Sabía lo que ella había querido decirme con eso. Una de las cosas de las que más se había quejado siempre era de las náuseas que sentía en el primer trimestre de embarazo.

Noté cómo ella negaba levemente, todavía apretando su cara con fuerza contra mi pecho. Volví a buscar su barbilla para verle la cara... Ella se revolvió, porque no quería que la viera llorando, cuando en realidad estaba notando cómo me estaba empapando todo el jersey.

—Cuquita... —le susurré, apretándola de nuevo con fuerza.

Me podía imaginar lo que debía de haber pasado todo aquel día. La dejé que llorara lo que necesitase. Ese era otro de los síntomas. Siempre se ponía extremadamente sensible. Y, ahora que lo pensaba, recordaba haberme extrañado en los días anteriores, porque habíamos tenido algunas discusiones que, en otro momento, habríamos pasado por alto. Pero claro, yo también había estado bastante intenso con las maquetas.

—Jo... Alfred... No pienses que... Jo —dijo por fin, separando la cara para volverla a enterrar en mi pecho.

—No pienses tú, Amaix. Que yo no te he dicho nada. Pero a ver...

En realidad, no me había respondido a mi pregunta.

—Ya, ya... Pero, jo, no te pienses que no estoy contenta. Es solo que... Que... —volvió a hacer pucheros sin pretenderlo. Se me derretía el corazón cada vez que hacía eso—. Ay, Alfred... Apenas volví al trabajo hace unas semanas después de la baja...

Y una vez más, enterró la cabeza en mi pecho. Ahí estaba, ya lo había soltado. Y ya me imaginaba yo que iban por ahí los tiros. Eso, y algunas cosas más, como lo mal que lo había pasado tras el nacimiento de Emma con la depresión posparto, o el hecho de que no le hacía ninguna gracia estar embarazada, a pesar de que acababa disfrutándolo.

—¿Pero el test te ha dado positivo? —le pregunté suavemente, tratando de que no se sintiera presionada.

—Ah... No sé. No me lo he hecho todavía —me respondió, mirándome, esta vez sí, a la cara.

De repente me entró un ataque de risa floja... Y debía de ser contagiosa, porque a los pocos segundos ella también se estaba riendo entre lágrimas.

—Pero, Amaix, a ver... No me digas que te estás preocupando por nada... —bromeé, limpiándole los restos de lágrimas de las mejillas. Su respuesta, acompañada de una mirada brillante, me desarmó por completo.

—Te estaba esperando. Fui a comprar el test esta mañana...

Así que cinco minutos más tarde habíamos trasladado la escena a nuestro baño. Yo me había sentado en el borde de la bañera mientras la veía recoger la muestra de orina para el test de embarazo. Al menos, habíamos mejorado: ya no estábamos en una habitación de hotel ni en Pamplona, como había sido el caso las dos veces anteriores.

Amaia volvía a tener los ojos llorosos mientras esperábamos los resultados.

—Es muy pronto... —susurró.

Y era verdad, Alejandro apenas había cumplido seis meses, y por el momento no nos habíamos planteado tener más hijos. Pero claro... Tampoco es que nos hubiéramos preocupado mucho ninguno de los dos por poner medios para evitarlo. Sabíamos que era algo que podía ocurrir. De repente, sentí muchos remordimientos.

—Perdóname —le susurré, atrayéndola hacia mí.

Ella dejó el test de embarazo sobre el lavabo y se sentó en mis rodillas, volviendo a abrazarme.

—No es culpa tuya... No lo hablamos, y ya está. Pero, jo... —volvió a quejarse, lanzando un suspiro.

Entendía perfectamente los sentimientos encontrados que debía de tener. Empecé a susurrarle al oído la canción que había compuesto especialmente para ella en EAAA, en la que hablaba de su faceta como madre, y de lo mucho que me había enamorado conocer a esta nueva Amaia...

Y cada una de esas palabras era verdad. Si ya era maravillosa, verla levantándose de madrugada para amamantar a Alejandro, o sin ser capaz de dormir porque Emma estaba enferma, me encogía el corazón y hacía que estallara de amor en todas sus formas. Y había querido darle las gracias y transmitirle todo aquello a través de la música. Porque, al final, música es de lo que habla el corazón.

Así se nos pasó el tiempo, y nos olvidamos completamente del test de embarazo, para entregarnos a los besos y caricias del otro... Y a algo más. Del baño pasamos al cuarto casi instintivamente, en un camino que conocíamos bien. A fin de cuentas, teníamos que retomar nuestra celebración donde la habíamos dejado.

Cuando a primera hora de la mañana me despertaron los llantos de Alejandro, me puse algo encima y fui a por él para traérselo a Amaia, que aún seguía profundamente dormida en la cama. De camino al cuarto de Alejandro, me alegré de que ya durmiera casi toda la noche del tirón, a pesar de ser tan pequeño.

Antes de ir a cogerlo, me paré un momento ante la puerta de Emma y la observé sin entrar del todo, para no despertarla. Hasta durmiendo parecía un angelito...

—Alejandro... —pronuncié su nombre, deleitándome en cada una de las letras, y acordándome de la época en la que me había resultado imposible ese simple gesto—. Buenos días, hombretón —le susurré, cogiéndolo con cuidado.

Era un bebé bastante grande. Y, al igual que Emma, había heredado los rasgos de Amaia, así como su carácter tranquilo y risueño. De hecho, nada más cogerlo en mis brazos, me hizo una mueca que ya se parecía a una sonrisa.

—Pero bueno, ¿cuándo has aprendido a hacer eso? —le dije, acariciándole la barbilla.

Negué con la cabeza mientras volvía al pasillo, pensando en que te separas un día y no sabes todo lo que te puedes perder en la vida de tus hijos...

Y entonces, aunque antes medio dormido había pasado de largo... Ahora al cruzar por delante de la puerta del baño, me dio un vuelco al corazón...

El test. Seguía allí, esperando.

Me quedé unos segundos plantado delante de la puerta, sin atreverme a cogerlo. Pero finalmente me dije que no merecía la pena ignorar la realidad. Así que tendí la mano en la oscuridad y lo encontré a tientas.

Cuando llegué al cuarto, puse a Alejandro sobre las sábanas, en el centro de la cama, y me acerqué por detrás a Amaia, que dormía hacia el otro lado. La toqué en el hombro, ya que con el niño en medio no podía acercarme más. Siempre le había sugerido que le diéramos el biberón, pero eso ella prefería dejarlo para cuando no estuviera. Le gustaban mucho esos ratitos de contacto con el niño y antes, con Emma.

Poco a poco se fue desperezando, también por las pataditas que, en la cama, no dejaba de pegar Alejandro. Empecé a jugar con él, a lo que respondía con balbuceos y más sonrisas. Tan embobado estaba, que no me di cuenta de que Amaia ya se había dado la vuelta y nos observaba.

Cuando la vi, me acerqué a darle un beso de buenos días. Después ella se aupó y cogió a Alejandro, para empezar a darle el pecho. Me senté a su altura, mientras seguía acariciando al niño y aprovechaba para darle besitos a ella en el cuello y en el hombro que me quedaba más cerca.

—Ay, Alfred... —se quejó Amaia, cuando la recorrió un escalofrío.

La miré. Estaba salvajemente hermosa con la melena despeinada.

—Amaia... Aún no sabemos el resultado... —le susurré, con la voz más suave que pude.

Pero ella se sobresaltó de igual manera cuando lo comprendió. Hasta el punto de que Alejandro perdió el pecho y emitió un pequeño quejido. Amaia me miró con los ojos muy abiertos. Casi podía oír los latidos de su corazón retumbando en mis oídos.

Le cogí la mano que tenía libre y, con la otra, le mostré el test de embarazo que no había soltado en ningún momento...

Y allí estaba nuestra confirmación.

En los momentos siguientes el tiempo pareció congelarse a nuestro alrededor, hasta el punto de que solo se oían los ruiditos que Alejandro realizaba al mamar.

Nos miramos el uno al otro, en una de esas veces en las que nos lo decíamos todo sin abrir la boca. Los ojos de Amaia estaban iluminados, seguramente igual que los míos. Me acerqué y la besé en los labios, con suavidad, pero tratando de transmitirle toda la fuerza que estaba seguro que necesitaba sentir en aquellos momentos.

—¿Papi? —gimió una vocecilla somnolienta.

Desde la puerta, Emma nos miraba, frotándose un ojo mientras sostenía su peluche favorito, un gatito que le había regalado Agoney nada más nacer.

—¡Princesa! Ya estás despierta...

Le abrí los brazos y ella vino corriendo hacia la cama.

—¡Ya has vueltooooo! —gritó, mientras yo la ayudaba a subir, y se sentaba entre Amaia y yo.

La abracé y le di muchos besos, y le hice cosquillas, como tanto le gustaba (igual que a su madre, aunque ella se empeñara en negarlo). Luego, con una dulzura infinita, Emma le dio un beso en el brazo que tenía más cerca a Amaia, y otro besito a Alejandro, en la piernecita. Se llevó un dedo a los labios como para pedir silencio: su hermano estaba quedándose dormido.

Amaia y yo nos miramos en ese momento, derretidos de ternura. Y, al conectar nuestros ojos, supimos que aquella nueva criatura que iba a llegar, rompiendo tradiciones y poniéndolo todo del revés, ya se había ganado su hueco en nuestros corazones y en nuestra familia.

Estábamos en casa.

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