Capitulo 5 :"Los motociclistas están de moda".

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-Así que me ha invitado a salir, pero no lo sé, no me agradan los que estudian medicina. De repente se vuelven sangrientos –Amy arrugó la nariz mientras bajábamos las infinitas escaleras del edificio de la Universidad de Arizona. Hacía diez minutos, el timbre de salida había tocado, y ahora Amélie y yo nos dirigíamos hacia su auto para regresar a casa. Yo todavía no tenía un auto. Amanda consideraba un gasto innecesario a los diecinueve, y más cuando tienes amigas que pueden pasearte por Phoenix en sus BMW. 

-¿Por qué no te arriesgas? –sonreí. –Andrew se ve buen chico.

-Porque no lo sé –insistió, mientras nos dirigíamos hacia el estacionamiento. Amy era una testaruda por naturaleza, al igual que yo. Tal vez por eso éramos mejores amigas. 

Ella encendió su auto, y abrí la puerta del copiloto, arrojando allí mi mochila verde militar y quedándome fuera por un momento. Las últimas horas el Sol hacía su trabajo sobre el coche reluciente de Amy, que sus padres sí habían decidido comprarle, sin habérseles pasado por la mente que viajar en el coche de tus padres y de tus amigas no era una humillación.

Amy y yo reímos del trasero de Eric Kahn, el chico que vimos el primer día de clases y automáticamente pensamos que era gay. Lo seguíamos pensando, de todos modos. Pero sí tenía un lindo y pequeño trasero de tenista.

Escuché un ruido familiar relampaguear en mis oídos. Sonaba como… el rugido del motor de alguna motocicleta. Pero aquí nadie tenía una motocicleta, a menos que…

Me giré hacia el umbral que separaba las calles lisas del estacionamiento de la Universidad. Unos ojos color esmeralda me miraban destellantes, como si hubiera miles de diamantes incrustados en ellos, o como si el Sol hiciera eco en ellos. Había una chaqueta de cuero encima de sus hombros, remangada hasta sus antebrazos, pantalones ajustados negros en sus piernas, y unas botas de cuero marrones. Una sonrisa se extendía por su rostro, formando hoyuelos en sus mejillas. Mirando a mi alrededor, nadie se daba cuenta de que un ex presidiario había aparcado su motocicleta fuera del campus, para acechar a una inocente estudiante del primer semestre de periodismo. ¿Qué acaso ninguno de estos imbéciles miraba los noticieros? ¿CNN? ¿Algo?

Me metí de golpe en el auto, sintiendo mi corazón retumbar dentro de mi pecho. Amélie se subió también, aparentemente sin darse cuenta de la situación. Estaba muy ocupada revisando su iPhone con una gran sonrisa extendida en sus labios. A continuación, mientras yo apretaba mi mochila con las uñas, Amy comenzó a conducir, y la moto se fue quedando atrás.

***

-Andrew es un idiota –rodó los ojos, con los puños ligeramente rodeando el volante negro. Miré por la ventana, agobiada, y emití un “hmmm”. 

-No vas a creer que ya invitó a Kate Marshall a bailar –rodó sus ojos grises, y yo asentí.

-Oh –farfullé, y apoyé mi frente en el vidrio. De alguna manera, yo consideraba imposible que Harry buscara encontrarme de nuevo. Era algo tan surreal después de tanto tiempo. Ni siquiera lograba mantener contacto visual con él. 

Deslicé mi dedo en el botón de la ventana, abriéndola, y dejando el aire seco inundar mis pulmones. En la radio sonaba mi canción favorita de Lenny Kravitz. Pero ahora mismo, más bien me parecía un presagio, o algún tipo de “señal”. Casualmente, la canción se llamaba “I’ll be waiting”, y tenía la letra menos reconfortante del Universo. Cerré los ojos y suspiré. Amy tenía razón. Yo me estaba dejando llevar por el abatimiento. Y no podía darme el lujo de caer en ello tras haber estado así por dos largos años, desde los diecisiete. 

Si quería comenzar una nueva vida, yo tenía que dejarlo ir.

-¡Fea! –gritó una voz rasposa desde afuera. Me giré, sintiendo el corazón atascado en mi garganta. Era él, de nuevo. ¡Maldita sea, era él!

Me erguí en el asiento y apreté la mandíbula, nerviosa. Esto no me podía estar ocurriendo.

-¡Sí, tú! –volvió a gritar. Desvié la vista hacia Amy, quien tenía una radiante sonrisa en su rostro y reía incontrolablemente. Harry se igualó a la velocidad del coche, y se apoyó en mi ventana, sonriente.

-¿Qué se supone que estás haciendo? –grité, aterrada. -¡Vas a matarte! 

Él rió.

-¿Qué dijiste? –dijo, fingiendo que no me había escuchado. Su mano descansaba tranquilamente en la ventana, peligrosamente cerca de mí, y la otra apenas sostenía el manubrio de su motocicleta.

-¡Dije que te vas a matar! –le grité de vuelta. Mi corazón retumbaba dentro de mi pecho, y una capa de sudor se estableció en la parte de atrás de mi cuello. Él se volvió a reír, y los hoyuelos aparecieron de nuevo.

-Entonces sálvame la vida –dijo. Su voz ronca había sonado seria, pero en su rostro seguía esa sonrisa burlona. Tragué saliva. ¿Por qué le gustaba tanto jugar conmigo? Su mano cada vez era más precaria en su manubrio, y Amy dio un girón para esquivar un auto rojo. Harry siguió con nosotras.

-¡Para! –grité a Amy, quien me miró con ojos grandes. 

-¡Para! –volví a gritar guturalmente. Amy apretó sus manos en el volante, y se desvió de la carretera, aparcándose a un lado. Hecha una furia, abrí la puerta de sopetón, tropezándome con Harry, y él bajó de su moto. Los autos pasaban como relámpagos frente a nosotros, dando corrientazos de aire que me sacudían los cabellos, golpeándome el rostro.

-¿Cuál es tu problema? ¡Pudieron darnos una infracción! –le grité, pero esa sonrisa seguía en su rostro, encogiéndome la boca del estómago. No sé qué quería este tipo de mí.

-Verás, Skylar, mi problema es que no puedo quitarte los ojos de encima –sonrió, acercándose a mí, y sonrió más ampliamente. El viento sacudía sus cabellos castaños por encima de su rostro y su camisa blanca descubría parte de su pecho.

-Muy chistoso –solté, hecha una furia. Intenté darme la vuelta, pero él me tomó del brazo, impidiéndome moverme de ahí. Nuestros rostros de repente estaban peligrosamente cerca. Su aliento era cálido y húmedo sobre mi rostro.

-¿Qué quieres? –espeté, intentando mirarlo con odio. Pero apostaba a que me veía como tarada.

-Pues, tú me salvaste la vida. Yo debería agradecértelo –susurró, rozando su nariz con la mía. 

-Lo siento. Ya he quedado. Tal vez otro día, ¿vale? –sonreí con sorna, y traté de irme de nuevo, pero él volvió a tomarme del brazo. Sus ojos esmeralda eran brillantes.

-No. Yo no lo creo –sonrió. A continuación, guiñó un ojo hacia el auto, y unos instantes después, el mismo arrancó, alejándose por la carretera. Entonces, él soltó mi brazo, y se subió a la moto.

-¡Amy! –grité, pero ella ya no me estaba escuchando. Me giré hacia Harry, quien se acomodaba la chaqueta burlonamente, y sonreía brillantemente hacia mí. “Bastardo”.

-Bueno, ¿y ahora cómo regreso yo a mi casa? –le reclamé, agitando los brazos. Él dio toques con sus dedos el asiento trasero de la moto.

-¡Ah, no! ¡De ninguna manera! –agité el dedo índice frente a él. –Me niego a ir en esa cosa.

Él hizo rugir el motor, frotando sus manos en el manubrio. Su rostro era tan hermoso que quemaba. 

-Bueno, entonces, me despido –me guiñó un ojo, y subió sus piernas sobre la motocicleta, arrancando el motor.

-¡No! –grité. -¡Espera!

Él se detuvo, y me sonrió de nuevo. Tragué saliva, y pensé en las posibilidades, sopesándolas. Podría pedir el recorrido a alguien, si sacaba mi pulgar en medio de la carretera. Pero nadie iba a detenerse. Estaba en medio de la carretera, y no podría llegar a casa a pie. La moto de Harry era el único medio. Vacilante, me eché hacia delante, obligándome a subirme, y él se acomodó en la moto. Rodeé mis manos por debajo de su chaqueta, palpando sus bíceps en su abdomen, y apretando los puños. Él volteó a mirarme con una sonrisa, y yo recosté mi cabeza sobre su espalda, apretando los párpados.

Seguidamente, la moto se puso en movimiento, y emití un grito ahogado.

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