capitulo 57 ''tu eres la siguiente''

4.4K 171 0

-¿Qué ha sido eso? –preguntó Matt sobre mi hombro. Me hice a un lado, enseñándole el cuerpo sin vida de Fitz y él se congeló. John guardó el arma en su bolsillo y se paró junto a mí, deslizando sus ojos a través del cadáver.
-Oh-mierda –dijo Matt.
-¿Quién fue? –me preguntó John.
-No tengo ni puta idea –dije, guardándome el arma y agarrándome los cabellos. –Mira esto –le dije, dándole la fotografía del bebé y la nota que había encontrado en la mano de Fitz. Él las recorrió con los ojos rápidamente y frunció el ceño. Sé que él es la persona menos indicada como para haberle entregado la fotografía, pero en parte necesitaba de su ayuda. Él sabía más de Sheena que yo, que Skylar, Matt, o cualquier persona en el mundo. Sacudió su cabeza, de repente volviéndose tenso. Pero ¿quién podía culparlo?
-¿Dónde has encontrado esto? –preguntó.
-Arriba. En uno de los cuartos –le dije. Él bajó la mirada, apretando la fotografía en su mano y frunciendo el ceño. Me acerqué a él, y toqué su hombro.
-Viejo, ¿estás bien? –le pregunté. Aunque decididamente era una pregunta estúpida. Evidentemente que no estaba bien. Le acababan de volver a abrir una herida que no sanaría jamás. Bajé la mirada y vi a Matt, quien nos miraba con los labios fruncidos. Suspiré, y le di palmaditas amistosas en el hombro. –Conserva la foto, ¿vale?
Él asintió lentamente, mirando ciegamente a Fitz. –Gracias.
-Vale, vámonos de aquí, muchachos –les dije. –La policía va a llegar pronto.

***

Me tiré sobre el sofá de cuero de la sala, imaginando que Skylar estaba dormida en la habitación, así que les hice señas para que entraran en silencio a la casa. John se dirigió directo al sofá, pero Matt vino de la cocina con una cerveza helada atrapada en su mano repleta de anillos de plata. Me ofreció la botella, pero yo negué con la cabeza. Necesitaba resolver esto sobrio.

Me quité los zapatos, cerrando los ojos y recostándome en el sofá, mientras intentaba organizar el remolino de ideas que comenzaban a formarse en mi mente. 

-Y ahora, ¿qué? –murmuró Matt. Abrí los ojos de golpe y sacudí la cabeza.
-No lo sé. No tiene sentido.
Miré a John, quien observaba la fotografía mientras la recorría con su dedo pulgar. Un nudo se formó en mi garganta y preferí desviar la vista.
-Tal vez ella no era el anónimo –Matt se encogió de hombros, contorneando la boquilla de la cerveza con el dedo. –Tal vez ella era la madre de Sheena.
-¿Entonces quién era la señora que todos vimos en el funeral? –fruncí el ceño. Nada en esta vida tiene sentido, por lo que veo.
-Eran sus padres adoptivos –habló John, y ambos dirigimos nuestra mirada hacia él, quien continuaba mirando la fotografía. –Fitz tuvo a Sheena a los cuarenta y tres, y su enfermedad le imposibilitaba cuidarla. Así que la entregó a esa familia… Sheena no me contaba mucho al respecto.

Bajé la mirada, de repente sintiendo ganas de vomitar. Debía ser realmente duro para él todo esto. Si yo no podía soportar más de veinticuatro horas sin ver a Skylar, ¿qué sería de John, que ya no volvería a ver a Sheena nunca? Suspiré.

-¿Por qué no nos dijiste nada? –le pregunté. Él se encogió de hombros.
-No sabía que el asesino iba a matarla también a ella. No lo consideré importante –respondió secamente. Bajé la mirada una vez más, y Matt se aclaró la garganta.
-Creo que debemos irnos. Se está haciendo tarde por aquí –me dijo, levantándose del otro sillón y señalando a John con la cabeza, antes de darle unas palmaditas en el brazo y sostenerlo por el hombro cuando se levantó. Intercambié una mirada cómplice con Matt, y entonces cerraron la puerta.

Suspiré, y me levanté del sillón. Qué vida la que llevas, Styles.

***

Entré a la habitación sosteniendo el papel arrugado en la mano, y al ver a Skylar tendida sobre la cama, no pude evitar volver a mirar la tierna fotografía que el anónimo había dejado en la mano de la Fitz una vez muerta. No sé de dónde la había sacado, y prefería pensar que no se había colado en la casa de Skylar a revisar en los cajones en busca de algún álbum de vida enterrado bajo el colchón. ¿Es eso lo que los acosadores hacen? 

Me senté sobre la cama, mirando la mano pálida y delicada de Skylar yacer sobre el descolorido edredón blanco que apenas cubría sus pies descalzos. Observé su rostro, detallando las facciones hechas como con un pincel. Sus ojos verdosos se hallaban cerrados, sus labios entreabiertos, y sus perfectas y gruesas cejas estaban fruncidas, como si ella estuviese teniendo una pesadilla.

Arrastré el edredón por encima de ella a lo largo de todo su cuerpo, hasta llegar a sus hombros, donde lo dejé caer suavemente. Me tumbé a su lado con cuidado de no despertarla, y dejé caer mi mano sobre sus cabellos, acariciándolos e inmediatamente sintiendo la textura satinada de los mechones castaños pelirrojos que se escapaban de mis dedos.

La cadena con el dije de avión de papel que le había dado hacía tiempo, cuando ella casi se había muerto ahogada y yacía en la cama de un hospital inconsciente, todavía colgaba de su cuello. No es que me sorprendiera. Es sólo que en realidad no creí que tuviera tanto significado para ella como para mí. Y, de todos modos, ¿por qué vas a conservar una jodida cadena cuando meten a tu novio a la cárcel y probablemente no vuelvas a verlo nunca más? Me reconfortaba saber que había alguien que de verdad me quería.

Cerré mis ojos, sintiendo la textura suave de su cabello entre mis dedos, y tragué saliva, intentando olvidarme de todo lo que había visto hoy. Principalmente la fotografía de Sheena de bebé y lo abatido que había estado John al respecto. No quería ni imaginarme el dolor que se debe sentir cuando pierdes a alguien que amas, aún siendo tan joven. Es como la ley de Murphy. Amas a alguien, y de pronto ese alguien se va. No era justo. Yo no podía imaginar que alguien le hiciera daño a Skylar y luego tener que quedarme cruzado de brazos al respecto.

Instintivamente, la acuné entre mis brazos, y luego sentí movimientos por parte de ella, removiéndose. Abrí los ojos, y ella parpadeó hacia mí. Se veía exhausta.

-¿Qué pasó? –murmuró. Tragué saliva. Sabía que aún no podía decirle nada. No podía. A veces yo sólo quería… quería resolver todo por ella. Pero, una vez más, sabía que no podía.
-Día duro. Es todo –respondí, haciendo círculos en su cabello.
-¿Estás seguro de que no tienes nada que decirme? –preguntó, rebuscando entre los bolsillos de sus jeans. Volví a tragar saliva. Me sentía como si fueran a darme un electrochoque si no le decía nada de lo que sabía, y lo que ella también debía saber.
Bajó la mirada hacia un papel de periódico. –Recibí esto hoy –me dijo, sin dejar de mirarlo con el ceño fruncido. A continuación, me lo extendió, y lo leí apresuradamente.

“Traficante de drogas ilícitas de mediana edad hace estragos en Arizona. Las autoridades continúan intentando encontrar su identidad y su posible paradero.


¿No te mueres de ganas por saber quién es?”

Joder. De nuevo esto. Arrugué el papel de periódico y lo tiré lejos, exhalando el aire en un soplido.

-Tú lo sabías, ¿no es así? –preguntó, con voz suave. Me humedecí los labios. No iba a mentirle.
-No supe cómo decírtelo. 
-Él sí lo supo –dijo irónicamente, pero no se apartó de mi agarre. Sin embargo, pude sentir su rechazo. –Alguien que ni siquiera me conoce.
Fruncí el ceño. -¿Qué es lo que quieres decir?
Se encogió de hombros. –Que, tal vez, tú pudieras tener más ventaja sobre él ya que, bueno, digamos que hablas conmigo todos los días.
-Oye, no utilices el sarcasmo conmigo, ¿vale? –le dije, y ella se levantó, sentándose sobre la cama, mientras sacudía sus cabellos para colocarlo todo tras sus orejas y me miraba, agarrándose el tobillo.
-No estoy siendo sarcástica –dijo sarcásticamente. Me senté también, resoplando. ¿Existirá un momento donde no tenga que hablar de lo mismo?
-Sólo no puedo creer que no me lo hayas dicho –se encogió de hombros, mordisqueándose un padrastro. -¡Dios! Es del futuro de mi madre de lo que estamos hablando. No es gracioso mentir sobre eso.
-Hey, alto ahí, yo no te he mentido –contraataqué, levantando mis manos en señal de autodefensa.
-Sí lo hiciste, y lo sigues haciendo –me dijo, levantándose de la cama. Me levanté también, en cualquier intento de tener que detenerla.
-Si el problema es acerca de que no te dije lo de Byron, entonces yo también puedo reclamar que nunca se te pasó por la mente contarme sobre mi, digamos, “amnesia temporal a causa de un accidente de tránsito” –le dije.
-¡Fue diferente! Había muchas cosas en riesgo –espetó.
Resoplé. –Es exactamente igual, Skylar –repliqué fríamente. Sabía que éste era el momento en el cual le pasaba de largo, abría la puerta y cerraba de un portazo. Pero estaba bien si me saltaba el guión por un rato. Quería solucionar esto con ella, aunque ella terminara lanzándome todos sus botes de perfume. Además, yo tampoco entendía por qué ella se había callado al respecto.
Se puso las manos en las caderas. -¿Yo soy la mentirosa? No quise decirte nada porque sabía lo confundido que estás y no quería añadir un peso más a tus hombros. ¡Dios, Harry! ¿Por qué no puedes pensar en ello por un segundo?
-¿Y por qué tú no puedes detenerte a pensar por una milésima de segundo en que lo que hice, lo hice exactamente por la misma razón que tú? –le grité, dejándola callada. Rebobiné, hundiendo mis párpados con los dedos. Vale, Harry, no estás aquí para pelear con tu chica. Haz el amor, no la guerra, viejo. Paz. 

Abrí los ojos y resoplé, poniendo los puños sobre mis caderas. –Mira, se supone que estamos aquí para estar unidos, ¿no? Pero me doy cuenta de que todo lo que hacemos en vez de eso, es pelear. ¿Y de qué sirve? Si el mundo está cayéndose frente a nuestros ojos y los problemas se están viniendo sobre nosotros. Sheena está muerta. El anónimo ha matado hoy a tu profesora. Y si no te cuido, tú serás la siguiente. Por favor, entiéndeme, nena. Tengo todo este… este jodido asunto metido por los ojos y todo lo que puedo hacer es observar mi vida cayéndose a pedazos. Jesús, necesito a alguien que pueda sólo guardar silencio y abrazarme –le dije, chocando los brazos contra las piernas, frustrado. Definitivamente, aquí no sirve pelear. Y, de todos modos, hacía rato que me había cansado de hacerlo. –Sólo… abrázame, joder, abrázame.

Vaciló. Arrastró sus pies hacia mí, hasta envolver sus pequeños brazos en mí, al tiempo que yo chocaba mis brazos sobre ella, apretándola y cerrando los ojos, mientras ella hundía su cabeza en el hueco de mi cuello y yo enterraba mi nariz en sus cabellos. 

Nos tambaleamos hacia atrás, cayendo juntos sobre la cama sin dejar de abrazarnos. Ella se posicionó sobre mí, sentándose a horcajadas sobre la cama y apoyando sus talones en el edredón, separando su rostro lloroso del mío y acomodando un mechón de cabello con el otro montón en la parte superior de mi cabeza. 

Suspiró hondo. –Debí haberte dicho lo del accidente –se lamentó. –Imagino lo que debes haber sentido al enterarte. Soy una mierda.
-Bueno, no me enteré de la manera más bonita… Pero, bueno, supongo que puedo perdonarte esta vez –le dije, y ambos reímos estúpidamente. –Y, uh… Supongo que también tengo que pedirte perdón, nena. No imaginé que de pronto sería tan… tarde para hacerlo.
Suspiró. –Pero cada vez estamos más cerca de la cumbre, ¿no? –me dijo, esbozando el fantasma de una sonrisa. Sonreí torcidamente sin siquiera ganas de hacerlo.
-Sí, nena –le dije, devolviendo un mechón de su cabello a donde estaba. –Pero nada de miedo, ¿vale?
-El miedo es para cobardes –repitió, sonriendo, y luego me envolvió en sus brazos otra vez.

Lost- segunda temporada-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora