Capítulo 21

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Viernes por la tarde. Me encontraba en mi nueva habitación intentando leer una página en Internet escrita en mandarín. No entendía una mierda. Ni siquiera estaba segura de por qué había tomado esa clase extra. Al principio me había parecido una buena idea para deshacerme por un rato de toda la mierda que me rodeaba, pero ahora no estaba muy segura de que fuera una buena idea. Ni siquiera funcionaba.

La pelea con Harry de hacía dos días seguía revoloteando en mi mente. Me había pasado el día entero cabreada. Luego me había ido a la cama cabreada y me había levantado el sábado anterior cabreada. La verdad era que parecía que me iba a pasar el resto de mi vida cabreada. Harry no había intentado verme desde el viernes por la tarde anterior, cuando peleamos. Ni siquiera me había llamado. Y eso que revisaba mi iPhone una y otra vez. Y no estaba averiado; podía recibir todas las llamadas del Universo. No es que lo hubiera llevado a la tienda a que lo revisaran ni nada. 
Decididamente, la vida era una mierda.
De hecho, me sentía bastante culpable ahora. Aunque no pudiera aceptarlo, yo también había contribuido con pelearnos. Quiero decir, quizás si yo no hubiese estado tan cerca de Nathan, quizás si yo no hubiera sido una gilipollas y lo hubiera cortado por lo sano antes de que eso pasara, quizás si yo no hubiera dicho todas esas cosas… quizás todo fuera diferente. Joder. Qué ganas de retroceder el tiempo.
Me di la vuelta sobre el colchón, pensando. Me sentía como en una ruleta de la suerte. Cuando todo comienza, puedes sentirte como si tocas el cielo. Pero luego, que es cuando el juego te envicia, comienzas a perder y a caer y a caer… Y entonces comienzas a perder más de lo que diste. O tal vez… Tal vez cuando te enamoras de alguien, puedes perder el control y volverte totalmente vulnerable. O tal vez no es nada de eso. Tal vez todo eso me pasó porque soy idiota.

Sí, debe ser eso.

Suspiré. Era sorprendente que había pasado una semana. Todavía era raro sentir que él había cambiado. Ahora ejercía ese… poder sobre mí. Quería controlarme. Qué extraña esa sensación de que puedes saberlo realmente todo, sin saber absolutamente nada.
Él ya no confiaba en mí. Mordisqueé la uña de mi pulgar, mirando el techo. Y no es literal. Enserio que estaba tirada en mi cama mirando el techo mientras me comía las uñas, apoyada sobre el teclado de la laptop mientras pensaba en cada estúpida decisión que había hecho en mi vida, mientras la lista de reproducción con mis canciones más tristes sonaba.
Quizás él tenía razón. Quizás todo esto era mi culpa por ser una dramática de mierda. Es esa sensación de mierda cuando piensas que todo es tu culpa. Y más mierda es cuando estás a punto de creértelo.

El teléfono inalámbrico chilló a un costado. No es que lo tuviera ahí por esperar su llamada durante los últimos seis días ni nada. 
Lo tomé y lo llevé apresuradamente a mi oreja, esperando escuchar una voz ronca en la otra línea. 

-¿Skylar? –una vocecilla chilló. Gemí, rodando hasta quedar boca abajo. Sólo era Naiara. 
-Hola –grazné, mirando la pantalla de la laptop. ¿Por qué mierda llaman ahora y no cuando estoy de buen humor? Quiero decir, ¿por qué arruinar mi tarde depresiva? Ugh.
-No creí que atenderías, cariño –dijo, con voz plástica. O al menos eso me parecía. -¿Qué estás haciendo un viernes por la noche en tu casa?
-Cuelga ya –rodé los ojos con amargura. –Sólo quiero quedarme tirada aquí escuchando canciones tristes, ¿vale?
-Oh, ¿todavía el tema con Harry? –dijo con voz compasiva. Lo había soltado todo en el almuerzo tres días después de que ocurriera. Digamos que mucha gente sabía de Harry, y eso no era bueno. Ante mi silencio, ella sólo suspiró. –Creo que te has estado juntando mucho con Amy.
-¡Oye! –chilló una vocecilla del otro lado de la línea. Bufé y me arrojé un almohadín al rostro, gruñendo. 
-Sabes que es cierto –respondió ella. –Bueno, Sky. Precisamente, esperaba que siguieras así hasta ahora. Mañana habrá una súper fiesta.
Gemí. -¿Otra fiesta?
-¡Sí! ¿No es divertido? –rió. Sólo deseé poder arrojarle la laptop a través del teléfono. –Dejé el volante dentro de tu guía de Mandarín. ¿Podrías revisarla, al menos?

Gruñendo, alargué la mano hacia mi mochila, que se hallaba tirada a un lado. Tanteando a ciegas, encontré un montón de hojas impresas encuadernadas, y la sacudí hasta que sentí una fina hoja de papel rugoso caer sobre una oreja. Con el almohadín en la cara, giré una mejilla y la miré a través de la ranura que me quedaba de vista.

“¡ANTWERPKEST!” decía sobre el papel en grandes letras garabateadas. No creo que significase nada, pero sonaba como un lugar en donde todos se ponían hornys y tiraban con el perro en sofás de cuero. Más abajo, habían tres sombras de personas bailando como en los comerciales de iPods. “¡TRAE A TU PERSONA ESPECIAL!”, decía más abajo, y eso hizo que se mi corazón se arrugara. Naiara no podía estar haciéndome esto.

-¿Sigues ahí? –preguntó la rubia platinada al notar mi silencio. Asentí, y luego de unos estúpidos segundos entendí que ella no podía verme.
-Eh, sí.
-¿Y bien? ¿A qué hora voy a recogerte? –dijo. Arrugué la nariz, bajando el volante.
-¿No me lo consultas, al menos?
-Nadie se niega a ir a una fiesta, ¿no es así? –se echó a reír. -¿Estarías lista a medianoche?
-¿Tan tarde? –jadeé.
-¡Ya te dije que ésa es la hora de moda! ¡Nada de pataleos y consigue un vestido! –continuó con voz divertida. Cuando dije “adiós”, la línea ya estaba en blanco. Volví a mirar el volante, cavilando. No quería convertirme en ese personaje que odio en las telenovelas: la damisela en apuros que se aleja de la vida social sólo porque peleó con su novio. 

Quizás ir sí fuese una buena idea, después de todo.

Lost- segunda temporada-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora