Capítulo 24: a las chicas malas les pasan cosas malas

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Incómoda, me subí a la motocicleta sintiendo que mis pies iban a salir corriendo. Me acomodé el vestido rojo cereza debajo de mí para que no se levantara; no quería ir enseñando las bragas por la carretera y sentirme como Marilyn Monroe, cuando en realidad me veía como una puta. 

Me quité los tacones de diez centímetros negros que había tomado del armario vintage de mi madre, y comencé a acostumbrarme a la idea de que la moto no iba a comernos vivos. Pero, por si acaso, y por pura comodidad, introduje los brazos enteros dentro de la camisa blanca de Harry, apretándome contra su espalda y cerrando los ojos. Automáticamente, sentí el viento ondear suavemente sobre mi rostro y el calor del pecho de Harry bajo mis manos rígidas. Suspirando, abrí los ojos, y me di cuenta de que todo era más bonito sobre dos ruedas de lo que yo pensaba. 

Los colores abstractos de la ciudad encendida por faroles de colores modelaban preciosamente frente a mis ojos bien abiertos. El viento azotaba contra mis cabellos salvajemente, echándolos hacia todas las direcciones. El viento inundaba mis pulmones como si fueran litros de agua que entraban por mis fosas nasales. Me recordaba a Tres Metros sobre el Cielo. Yo era la chica inocente que se liaba con el chico malo. Pero mi chico malo era un asesino, y yo no era ni la mitad de hermosa como lo era Babi. Y aún así, esperaba que esta historia terminara bien, y que aunque él se comprara un auto, no dejáramos de escaparnos a todos lados. 

-¿A dónde me llevas? –pregunté, con mi barbilla apoyada delicadamente sobre su hombro.
-Quiero que conozcas a alguien –ronroneó, e hizo sonar estruendosamente el motor de la motocicleta negra. Emití un grito ahogado, a lo cual ambos nos carcajeamos luego de unos momentos interrogantes. Acaricié sus abdominales con mis dedos, dejando que revolotearan libremente bajo su camisa.
-Mira que me haces cosquillas y luego nos estrellamos –murmuró alegremente.
-¡Lo siento! –salté, y aparté mis manos, posicionándolas en su chaqueta de vestir negra, apretándola bajo mis puños. De repente, sentí nuestros cuerpos inclinarse de sopetón hacia adelante. Grité. Luego hacia la derecha, dando una curva violenta hacia la izquierda. Grité más fuerte.
-Harry, ¿qué pasa? –chillé, sintiendo mis mejillas arder del pánico. Sentí su risita angelical retumbar en mis oídos, y mis pulmones se desinflaron. Mis ojos poniéndose en blanco. Le di una palmada fuerte en el hombro con los dedos, y él continuó riéndose.
-¡Idiota! –gruñí, pero sólo rompí en risas yo también.


Nos bajamos en Nust Street, la típica calle desolada en la que te imaginas bolas de paja corriendo por encima del asfalto roído y sucio. El humo de los autos flotaba en el aire, podías ver algunos ojos mirándote por ahí mientras se empinaban sus monstruosas latas de cerveza rancia. Me estremecí mientras me bajaba de la motocicleta, y sentí una suave tela que desprendía un olor embriagador rodear mis hombros y cubrir la totalidad de mis brazos. Riendo, introduje mis brazos por las enormes mangas y me aparté el cabello.

-¿Se puede saber por qué me has traído aquí? –dije, mirando a todos los lados como una loca maniática. Él tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos mientras caminábamos hacia una acera desolada que albergaba una gran y deteriorada cárcel de mujeres. Arrugué la nariz. Los chicos normalmente llevan a sus novias a parques, cines, o a sus departamentos a estas horas de la noche. Pero, ¿una cárcel?
-¿Por qué? ¿Tienes miedo? –me retó, juguetón. Apreté las piernas cuando nos detuvimos.
-Um, no… -mentí descaradamente, saliendo de mi boca tan sólo un hilo de voz. Él soltó una risita angelical y me acunó contra su pecho, clavando un suave beso en mi cabeza.
-Te protegeré de los fantasmas –susurró y sonreí contra su pecho. Por supuesto que me protegería. 

Enrollé con mi mano derecha un trozo de su camisa blanca, y él posicionó sus suaves labios en forma de corazón sobre los míos, apretándome más contra él. Sus risos que el viento ondeaba suavemente chocaban contra mi frente, haciéndome cosquillas. Sus pestañas rozando sutilmente mis párpados. 
Abrí los ojos al sentir un brillo espeluznante titilar sobre mis párpados fuertemente cerrados, y subí la mirada. Había un trozo roto de espejo desde la segunda celda pegada a la pared de concreto, retratando nuestro reflejo desde arriba. Una delgada mano morena la sostenía, y sentí que mi corazón se achicaba. Torpemente, me tambaleé hacia atrás sobre mis pies descalzos, sintiendo la grava ardiendo bajo mis pies delgados, que se retorcieron debajo de mí.

-Vámonos –dije, con la voz temblorosa. Harry apretó más mi mano, y se mantuvo mirando hacia arriba. Lo miré y fruncí el entrecejo. -¡Harry! –lo insté, jalando su mano. 
-Hey, está bien, niña –gritó una fina voz desde arriba. Resoplando, miré hacia arriba, aterrorizada. Mi boca entreabierta mientras mis ojos se cristalizaban contra el duro viento gélido que nos golpeaba el rostro. –No puedo hacerte nada desde aquí.
Miré a Harry, confundida, que se mantenía de pie tranquilamente, con una sonrisa serena en su rostro, sin dejar de mirar hacia arriba. Aparté mi mirada de él, y miré hacia arriba, también. Cuando logré poner en funcionamiento mis cuerdas vocales, me aclaré la garganta en secreto y dije:
-Me han dicho que en ese lugar hay ratas, enfermedades y lesbianas –arqueé una ceja, y continué -: ¿cómo puedo confiar en ti?
El espejo seguía apuntándonos.
-No es muy diferente que en tu escuela, ¿no es así? –contestó. Abrí la boca para replicar, pero la cerré de inmediato. Ella tenía un punto.
-Tú debes ser Skylar –continuó desde arriba -, Hazza me ha hablado mucho de ti.
Miré a Harry, y luego volví a mirar hacia arriba.
-¿Ha estado hablando con Harry? –pregunté, un poco más calmada. Era cierto que ella no podía aventarme un piano desde allí arriba. Apenas podía sacar uno de sus delgados brazos por entre los barrotes oxidados. Mi estómago se achicó ante la idea de estar encerrada ahí.
-Tenemos nuestras discusiones –respondió. Decidí relajar todos mis músculos ahora. Me di cuenta de que estaba apretando fuertemente los dedos de Harry, y me crucé de brazos, ladeando la cabeza hacia un lado, mientras intentaba asimilar que ahora estaba hablando con una presidiaria. Iba a preguntarle su nombre, pero ella continuó. -¡Veo que la llevaste al baile, Harry!
-Creo que sí –respondió él, apretando mi mano, reconfortándome. 
-¿Todo esto fue idea suya? –inquirí, con molestia.
-Oh, no –me atajó ella. –Él sólo vino aquí con otro problema.
-¿Cuál?
-Yo lo enseñé a bailar, Skylar –respondió amablemente, y yo miré a Harry, arqueando una ceja. 
-¿Qué? –musité, arrugando la nariz. –Quiero decir, ¿cómo?
-¿Ves ese poste de allá? –inquirió, y en su tono intuí que quizás estuviese a punto de reír. Ladeó el trozo de espejo hacia la derecha, y vislumbré un inmenso poste de luz descompuesto. 

Mientras bailábamos en la fiesta de esta noche, él me había dicho que había aprendido a bailar con un poste. Y hasta ahora yo pensaba que había sido algo hipotético. Y debería serlo, ¿no?

-¡No inventes! –reí, abriendo la boca en una “o” gigante. Harry frunció sus labios, pero la señora y yo continuamos riendo. 
-No es divertido –bufó él, y yo sólo comencé a balancear su brazo de un lado a otro, dando saltos alrededor de él. La señorita reía desde arriba, midiendo todos mis movimientos con el espejo. 

Sus pies calzando sus fieles botas de cuero marrón se despegaron del suelo, y comenzó a seguir mis alocados pasos a través de la acera vacía y fría. Sus manos se posicionaron en mis caderas, y sus fuertes brazos me levantaron en el aire, ignorando los ciegos pataleos que daban mis pies descalzos de atrás hacia delante. Mi estómago cosquilleaba a causa del enjambre de dinosaurios voladores que golpeteaban dentro de mí. Pronto mi abdomen comenzó a doler debido a mis risas agudas, que pronto se convirtieron en chillidos histéricos. Rodeé mis brazos en el cuello de Harry y mis piernas alrededor de sus costillas, y posicioné mi barbilla encima de su cabeza, riendo, mientras él me daba vueltas por todos lados. Ahora sabía cómo podía verse todo desde ahí arriba; nunca llegaría a ser tan alta como él.

-Te amo –murmuré, mirándolo a sus tiernos ojos verdes.
-Dilo más fuerte –sonrió. –No te creo.
-Te amo –dije, riendo.
-¡Más fuerte!
-¡Te amo! –grité, riéndome a largas carcajadas.
-¡Más fuerte, debilucha! –rió.
-¡Te amo, te amo, te amo! –chillé más fuerte, inundando las calles con nuestras risas y declaraciones cursis.
-Pero sabes que yo te amo más –respondió, revelando los hoyuelos adorables en sus mejillas.
-No mientas –sonreí.
-Tú empezaste –rió.
-¡Oye! –golpeé su hombro. 

Esta era la mejor noche que había tenido en toda mi puta vida.


********

Seis de la mañana. El viejo parque de juegos abandonado yacía frente nuestros pies descalzos mientras bebíamos Jack Daniels encima de una roca. Mi maquillaje y mi cabello se habían vuelto mierda, y mi vestido se había ensuciado a causa del humo y la grava en la que estuve rodando casi toda la madrugada. El alcohol y el insomnio se estaban apoderando de mí, cerrando mis párpados poco a poco, a la fuerza. 

Por una vez en mucho tiempo, me había al fin olvidado del anónimo y toda esa mierda. Y, curiosamente, no me daba miedo recibir otra nota. Quizás el condenado estuviera riéndose por entre los árboles, planeando su próximo mortífero movimiento. Mi teléfono repiqueteó estruendosamente dentro de mi bolso de mano, y lo saqué a tirones, somnolienta.

-¡Mamá, ya voy a casa! –dije bruscamente. Había recibido más de diez llamadas. No me atrevía a decirle que estaba con Harry, a pesar de que ella me había dado su plena confianza.
-Estoy llamándote desde hace más de tres horas y me has dicho lo mismo. ¿Y sabes qué más? No estás viniendo a casa –espetó ella, del otro lado de la línea. Rodé los ojos. 
-Bien –mascullé, de mala gana. –No tenías que decírmelo.

Silencio.

-¿Mamá? –suspiré. De nuevo su silencio de “me-decepcionas-tanto”. -¿Mamá? –repetí. Coloqué el iPhone frente a mí. La llamada estaba caída. 

La señal iba y venía. Las rayas que indicaban la intensidad de la misma variaban cada segundo. Mi entrecejo cada vez estaba más apretado. Harry encendía la motocicleta frente a la roca tranquilamente, tras escuchar mi pequeña pelea con Amanda. 
Un conjunto de mensajes de texto comenzaron a llenar mi bandeja de entrada repentinamente, el remitente era una mezcla de letras y números, todos los mensajes eran un extraño conjunto de risas esquizofrénicas y números sin ninguna lógica aparente.
¿Qué diablos estaba pasando?
Un último mensaje titiló en la pantalla. Con el dedo tembloroso, presioné “abrir”.

“Vuelve a casa, Skylarkins. A las chicas malas siempre les pasan cosas malas… en especial a sus mamás. –Tu amigo”.

-¡Mamá! –grité guturalmente.

Lost- segunda temporada-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora