Parte 48

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La siguiente parada fue cerca de una boca de metro que les venía bien a Germán y a Iker. Llovía mucho y cuando Iker estaba en la acera pasó otro coche que al pisar un charco le empapó.

-¡Así no me tengo que duchar! -bromeó Iker despidiéndose de sus amigos.

Bea se montó en el asiento del conductor y minutos más tarde habían llegado a casa de Hugo. Encontraron un sitio para aparcar frente a la puerta.

-Bueno -suspiró Martín cuando el coche se detuvo-, es hora de enfrentarse a la realidad. La realidad de estar sin Paula.

-¿Estarás bien? -Bea sacó las llaves del contacto y le acarició el hombro.

-No, no lo estaré -Martín sonrió con amargura mirando por la ventanilla-. Me queda mucha mierda por delante. Aun tengo que aprender a hacer todo sin ella. Aun tengo que aceptarlo. Aceptarlo de verdad y dejar de maquinar planes absurdos para recuperarla. Tengo por delante semanas muy duras. Golpes que encajar -puso la mano en la puerta de la furgoneta, pero no la abrió-. Algún día decidirá estar con otro y me tendré que comer esa mierda... Pero entonces-miró a Bea y le sonrió-, a partir de entonces empezaré a estar mejor.

Hugo, que iba sentado detrás, le puso la mano en el hombro y Bea le abrazó con tristeza, sin saber qué decir. Terminó apretándole fuerte, recordándole con ese gesto que quizá tendría que pasar por todo aquello, pero que no lo haría solo.

Bajaron de la furgoneta deprisa, como si eso fuera a salvarles de acabar calados hasta los huesos. Bea sacó su mochila apresuradamente y cerró el maletero. Se acercó al portal, donde estaba Hugo resguardado bajo los soportales, para darle las llaves. Este aprovechó para sujetarla por el brazo.

-¿Vienes? -gritó Martín a Bea para que se le oyera debajo de la lluvia. Tenían que coger el mismo metro.

-No -dijo Hugo despidiéndose con la mano-. Ve yendo tú.

-¿Be? -Martín esperó la aprobación de su amiga.

Bea le dedicó una mirada de protesta a Hugo, quien no la soltaba, y finalmente cedió.

-Hasta luego -se despidió de Martín.

Él no tardó en desaparecer tras la esquina de la calle.

-¿Qué haces Hugo? -gruñó Bea-. Es tarde, mañana curro. Me tengo que ir.

-¿Me vas a decir qué te pasa? -Hugo la soltó-. Por favor.

-Tío -Bea miraba hacia los coches que pasaban-. Me tengo que ir.

-Me gustaría que habláramos -Hugo trató de que buscar su mirada-. Estás empapada, sube a casa, te secas, te tomas algo caliente...

-Tengo prisa. -Bea apenas aguantó mirarle unos segundos-. Gracias, pero me voy a casa.

-¿Qué te pasa? -Hugo empezaba a sonar desesperado- ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Es porque te dejé tirada anoche? ¿Es eso?

Bea guardó silencio mirando al suelo. Cuando Hugo alargó la mano para acariciarle la cara, ella echó a andar bajo la lluvia.

-¿Qué quieres de mi Hugo? -Bea habló por fin, deteniéndose bajo la lluvia- ¿Qué más quieres de mí?

-¿Que qué quiero? -Hugo fue hacia ella-. Que subas a casa.

-No ¿qué más quieres de mí? -dijo Bea rompiéndose-. No tengo nada más que ofrecerte. Lo que ves es lo que hay.

-Be, de verdad, no sé de qué estás hablando -Hugo le enseñó las palmas de las manos-. ¿Es por lo de anoche?

-Lo de anoche fue feo, pero no cambiaría nada que te hubieras quedado. Solo me hizo verlo antes.

-No entiendo nada.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora