Parte 5

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La cabeza de Bea palpitaba. Tenía sed, la boca pastosa y el aliento le olía a podredumbre. Se envolvió aún más en las sábanas. Los recuerdos de la noche anterior trataban de hacerse presentes. Ella se encargó de mantenerlos bien bloqueados. No estaba dispuesta a pensar, no con ese dolor de cabeza. Tenía muchas ganas de mear, pero no estaba preparada para enfrentarse al mundo. Se preguntó si sería físicamente posible reabsorber su propia orina y no tener que salir de la cama.

Al final aguantó demasiado y tuvo que esprintar hacia el baño. Pensó que si era lo suficientemente rápida podría volver a la cama y seguir escondiéndose, pero tenía demasiada carga que soltar y finalmente se acabó de despertar.

Se miró en el espejo que había sobre el lavabo. Su pelo tenía un involuntario cardado por un lado y estaba aplastado por el otro, churretones de rímel y lápiz de ojos le dibujaban una expresión lastimera, a juego con sus ojos hinchados. Se sintió como un deshecho humano, pero al menos su aspecto iba a juego con su dolor de cabeza. Se acarició los labios para apartarse un pelo que tenía pegado y un recuerdo atravesó fugaz su cabeza. Lo desechó antes de saber lo que era.

No pudo sortear el siguiente recuerdo y le vino a la cabeza su propia mano palpando el bíceps de Hugo como si fuera una colegiala en celo.

—Joder —dijo hundiendo la cara entre las manos.

—Eso digo yo... joder —imitó Cecilia al otro lado de la puerta.

Bea no respondió. Abrió el agua de la ducha para fingir que no la había escuchado. Recordó que Cecilia la había llevado casi a rastras a casa la noche anterior y no quería que le regañara. Aún no.

—Abre la puerta, petarda —ordenó Cecilia.

Bea guardó silencio.

—Vas a llegar tarde a Metallica.

La cara de Bea se iluminó, ahora lo recordaba: le habían invitado a ir a ver a Metallica. Después de tantos años, de tantas oportunidades perdidas por un problema u otro, por fin podría ver a uno de los grupos que más había marcado su adolescencia. Abrió la puerta de golpe con media sonrisa en el rostro.

Cecilia la esperaba con una pastilla y un vaso del remedio batido de Cecilia para la resaca.

—Tienes una hora para prepararte.

—No quiero el batido. —Bea puso voz de niña mimada.

—Tómatelo. —La mirada de Cecilia intimidó a Bea lo suficiente como para que se metiera la pastilla en la boca, cogiera el vaso y lo apurara hasta el final.

—Puaj —dijo Bea al terminar, arrugando la cara.

Se dio una ducha rápida y desayunó una tostada y un delicioso, cargado y potente café que le devolvió la vida.

—Desbloqueé de tu WhatsApp a tu "amigo". —Cecilia rompió el respetuoso silencio del desayuno.

—¿Amigo? —preguntó Bea extrañada.

—Hugo.

Oír ese nombre le cortó la respiración. Sintió tal vergüenza que se quedó paralizada durante un minuto. Ni siquiera masticaba el trozo de tostada que tenía en la boca.

Finalmente decidió afrontarlo y rememoró la noche anterior; recordó las cervezas en la terraza con las chicas, lo que Martín le dijo sobre Hugo, tontear con Hugo como una quinceañera. Cada gesto que recordaba haber hecho le sentaba como una patada en el estómago, quería que la tierra se la tragara. Recordó la mano de Hugo sobre su cara, su brazo agarrándola fuerte por la cintura, sus labios sobre su boca, y sintió ganas de salir corriendo.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora