Parte 35

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—¿Eso es una cita? Te gusta ese chico ¿verdad? —preguntó Valeria emocionada.

—¿El de la toalla? —Bea sonrió pensativa—. No me emociona mucho. Pero es mono y bastante majo... así que perfecto.

—¿Mono? ¡Es guapísimo! ¿Pero qué pasa con Hugo?

—Con Hugo no pasa nada —gruñó Bea.

—¿No te gusta? También está tremendo.

—Estás haciendo muchas preguntas.

—Antes te he contado todo lo de anoche —Valeria suplicó y Bea habría jurado que sus ojos se hacían más grandes. Era como un cachorrito.

Bea resopló.

—Me atrae demasiado.

—Lo sabía. ¿Y no es mejor el que te atrae demasiado que el que no te emociona mucho?

—Qué va. Mucho menos si es alguien como Hugo. A él no le preocupa cómo pueden sentirse las chicas con las que está. Lo mismo el chico de la toalla es igual, nunca sabes qué clase de tío tienes en frente. Así que es mejor protegerse no emocionándote demasiado. Si el chico de la toalla resulta ser un gilipollas, pues bueno, él se lo pierde y yo me quedo con mi rato de diversión. Si Hugo... bueno. Si me emociono demasiado sé que me va a doler.

—La atracción no funciona así. No se puede planear. —Valeria repitió las palabras que le había dicho Bea en la ducha.

—Aprendes demasiado rápido.

Se encontraron con Iker de camino.

—¡Planchabragas! —exclamó Valeria dándole un cariñoso abrazo a Iker.

Iker miró confundido en dirección a Bea mientras recibía el abrazo.

—Es largo de explicar —dijo Bea.

—Ya hemos llevado las cosas a las tiendas. Allí hay césped y no resbala, es mejor que no vuelvas al aparcamiento en chanclas. ¡Ah! Dice Camino que te han comprado unas deportivas en Bilbao por diez euros que te van a encantar —dijo Iker.

—Ya verás estas cabronas... —Bea estaba segura de que le habían comprado las zapatillas más horteras de toda la ciudad.

Hugo estaba comprobando que las piquetas de las tiendas estuvieran seguras. Por lo demás estaban muy bien montadas. Erica le había explicado que había llovido tanto la noche anterior, que tuvieron que acabar el concierto antes y se quedaron sin bises. Otras tiendas se llenaron de barro, pero las suyas aguantaron.

No le gustaba acampar, había tenido experiencias desastrosas en festivales de música. Esta vez era un poco distinto. El bueno de Marcos les había dejado tres tiendas bastante buenas, espaciosas, con colchones hinchables, sillas y luz. Incluso tenían un panel solar enrollable para cargar el móvil. Según Erica no funcionaba muy bien, pero algo hacía.

Ella estaba en una tienda naranja que tenían al lado. La compartía con su amiga Silvia, que también era bastante simpática.

Estaba comprobando la última de las piquetas cuando escuchó la voz de Bea presentándose a las vecinas. Ya estaban de vuelta. La miró de reojo y sintió que perdía la fuerza en las manos mientras recorría con la mirada aquellas piernas. Trató de volver a mirar al suelo, pero sus ojos tenían vida propia. Cuando Bea se dio cuenta de que la estaba mirando, él pudo por fin apartar la vista. Maldijo mentalmente a Martín, maldijo su torpeza y maldijo aquel vestido negro.

—Joder Be —dijo Martín al ver a Bea—. ¿Se te han olvidado los pantalones? Estás super rara.

—Que menso eres. —Valeria estaba indignada—. Querrás decir "estás súper linda".

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora