Parte 39

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Llegar a primera fila antes de un concierto de ese tamaño era una tarea extremadamente difícil. Hacerlo con el concierto ya empezado era una gesta imposible.

Quizá una chica guapa y pequeña como Bea tenía alguna posibilidad, pero alguien como Hugo no lo tenía fácil.

Tuvo que pelear cada metro. Aguantando pisotones e insultos. Un par de empujones estuvieron a punto de tirarle al suelo, si no cayó fue porque no había espacio para hacerlo.

Se perdió canción tras canción. Estaba tan concentrado en avanzar que apenas prestaba atención a la música. Miró hacia atrás y le asustó lo poco que había avanzado.

Si no fallaban sus cálculos, debía quedar una canción y media. Unos diez minutos.
Si no llegaba antes de que acabara el concierto, era muy probable que ya no les encontrase. Bea estaba sin teléfono.
Si esperaban a los bises les podría encontrar, pero estar en primera fila era cansado y parte del público se iba hacia atrás en ese momento.

—¿Te pasa algo? —le dijo un tipo al que trataba de adelantar.

Hugo le examinó. En su camino se había encontrado con tres o cuatro personas que le habían visto la cara y le habían dejado pasar. No supo si aquel hombre pertenecía a ese grupo, o a la gran mayoría de personas que habían deseado partirle la cara al verle pasar.

Reparó en que tenía al lado a una chica. Ambos tenían enormes ojos negros, orejas de soplillo y la misma nariz. Él tenía una barba frondosa, ella no parecía tener más de dieciocho años.

—Mi hermana pequeña está en primera fila —improvisó Hugo—. Ha perdido de vista a sus amigas y me ha escrito porque hay un cerdo que la está molestando. Estoy tratando de llegar.

La verdadera historia era demasiado compleja para contarla a gritos, pero necesitaba ganarse la solidaridad de ese hombre. Cuando vio cómo miraba a la chica, con expresión de preocupación, Hugo supo que su idea había dado resultado.

—No puedes atajar. No creo que los de seguridad se lo traguen. —El hombre se rascó la cabeza, pensativo—. Deberías ir por arriba... ya sabes.

—¿Por arriba? —Hugo trató de averiguar a qué se refería.

El tipo alzó las manos y Hugo le entendió. Le pareció una idea horrible, eso nunca funcionaba.

Miró el móvil de nuevo, había llegado otro mensaje. Se forzó a leerlo. Era malo, pero cualquier cosa que se pudiera imaginar era aún peor. Le hervía la sangre.

Se giró hacia aquel tipo, no tenía nada que perder.

—¿Me puedes ayudar? —dijo Hugo.

—Podemos ayudarte.

Señaló a su grupo de amigos. Tenía por lo menos a diez conocidos alrededor, la mayoría igual de grandes que él.

No solo le levantaron por encima de sus cabezas para que hiciera crowdsurfing, sino que le dieron tal impulso que fue pasando por distintas manos hasta llegar casi primera fila.

Hugo sobrevoló unos cuantos grupos, guiándose como pudo hacia delante. Cuando estaba a punto de llegar, un grupo trató de impulsarle hacia atrás.

Él se aferró a ellos y gritó diciendo que estaba a punto de vomitar. Ellos le dejaron en el suelo con cuidado.

Se había perdido la mitad del concierto, y de camino también había perdido la dignidad, pero ya estaba allí.

Alzó la cabeza para encontrarla. No hubo suerte. Había casi anochecido y no se veía demasiado bien. En un segundo vistazo sí le pudo ver a él. Estaba en primera fila, pero al otro lado del escenario. No le importó, después de lo que acababa de pasar, aquella distancia no era nada.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora