Parte 24

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Hugo se despertó cuando el sol asomó por el horizonte, con mucha energía y de muy buen humor. Salió de la casa para contemplar el amanecer y se encontró con Santi. Le ofreció que fueran a correr juntos. El muchacho le miró como si estuviera loco, pero a los pocos minutos se había puesto unos pantalones cortos y una camiseta vieja de Naruto, para acompañarle.

Villamierda sería un pueblo perdido en medio de la nada, con cortes de electricidad y sin un servicio de grúas decente, pero eso tenía sus ventajas. Lo único que se escuchaba aquella mañana, era a los pájaros cantar y el sonido de los árboles meciéndose con la brisa. De día, el paisaje que tenían alrededor era digno de ser un fondo de pantalla. Un horizonte infinito de tonos pardos, salpicado de verdes y un azul en el cielo que se hacía más intenso por momentos.

El aire estaba tan limpio que Hugo habría seguido corriendo toda la mañana. Desafortunadamente, el pobre Santi no aguantó el ritmo mucho rato y volvieron pronto a la casa.

Hugo salía de la ducha de la casa grande cuando se encontró de bruces con Martín.

—Buenos días —le saludó Hugo sonriendo mientras se secaba el pelo al aire.

—Hola —dijo Martín mirándole con aprensión la cara.

La cara de Hugo era un poema. Lucía una extraña combinación de tonos amarillos, verduzcos y sobre todo morados. Eran distintos en cada ojo.

—Las pibas se derriten con estas cosas —dijo Hugo señalándose la cara, tratando de restarle importancia.

—De verdad que lo siento.

Martín estaba visiblemente abatido y Hugo le dio una palmada en la espalda.

—Por cierto —dijo Martín sonrojándose—. A ver, anoche hablando con Be... —Se llevó las manos a la cara sonriendo avergonzado.

—¿Qué pasa? —interrogó Hugo. De repente estaba impaciente.

—Me di cuenta de una cosa y... me vais a matar. O no. No lo sé.

—¿De qué?

—Pues... —Martín se tapó la cara con las manos de nuevo. Rio. Separó un poco un par de dedos para ver a Hugo a través de ellos —. No miré las entradas cuando me las dieron, porque no sabía que Metallica tocaba dos días seguidos en Bilbao.

—No... — a Hugo se le puso un ojo como un plato. El otro ojo no se podía abrir tanto.

—Sí.

—No.

—Sí. —Martín le cogió por los hombros emocionado.

—No... —Hugo negó con la cabeza, boquiabierto.

—Sí —dijo Martín—. Tenemos entradas para el SEGUNDO día.

—¡Sí! —exclamó Hugo doblando el brazo y apretando el puño.

Se abrazaron, gritaron de alegría y ejecutaron sin demasiada precisión diversas danzas tribales de celebración.

—Si hubiéramos llegado ayer... nos habríamos quedado en la puerta como unos idiotas —dijo Hugo cuando se calmaron.

—Sí. —Martín se rascó la nuca, avergonzado.

—Si no llega a ser por Iker...

—Siempre me está salvando el culo —suspiró Martín con tristeza.

Martín torció el gesto, estaba totalmente hundido. Hugo habría preferido verle enfadado antes de verle tan triste.

—Tío, eres un puto desastre —dijo Hugo agarrándole con fuerza y dando un sonoro beso en la rapada coronilla de Martín.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora