Parte 47

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Recoger las tiendas no fue tarea fácil. No las habían montado, así que no sabían cómo encajaban y por tanto desencajaban las piezas. Tras mucho esfuerzo y con la ayuda de Internet, entre los cinco lo consiguieron. Organizaron la recogida de tal forma que Bea pudiera dormir el mayor tiempo posible. Cuando sólo faltaba por desmontar la tienda grande, Hugo llevó en brazos a Bea a la furgoneta, para que siguiera durmiendo.

El encargado le recordó entonces que tenían que dejar libre la plaza de aparcamiento al mediodía, solo la tenían reservada hasta esa hora. Bea no daba señales de despertar.

Hugo se reunió con los demás, que estaban terminando los últimos bocadillos de Delicia.

—Voy a sacar yo la furgo del camping —les explicó—. Podemos parar en un área de descanso que hay a cuatro kilómetros, y allí podemos esperar a que Bea se recupere. Ya sería mala suerte que me pararan en un tramo tan corto.

—¿Qué problema hay con que te paren, Judas? —dijo Germán mientras hacía girar el bocata que se estaba terminando.

—Estoy sin puntos.

—Pues la saco yo. —Germán se sacudió las migas.

—¿Tienes carnet?

—Claro.

—Joder —Hugo le miró con los ojos muy abiertos—. ¿Y lo dices ahora?

—Nadie preguntó. Eh —Germán frunció el ceño— ¿Por eso no salimos? ¿Pensabais que la única que podía conducir era la Bella Durmiente?

Hugo asintió cansado. Se buscó las llaves de la furgo en el bolsillo y se las lanzó a Germán.

Recogieron la comida y se subieron al vehículo. Germán conducía, con Martín de copiloto. Hugo se sentó al lado de Bea, haciendo que apoyara la cabeza en su regazo para que pudiera seguir durmiendo. Ella ni siquiera abrió los ojos.

Estaban tan cansados que algunos aprovecharon para dormir un rato. Hicieron casi todo el camino en silencio.
Después del accidentado viaje que habían tenido a Bilbao, la vuelta a Madrid fue sorprendentemente tranquila.

Inconscientemente, la mano de Hugo se iba a la cara de Bea y la acariciaba con delicadeza. No dejaba de darle vueltas a lo que había pasado la noche anterior. Era difícil no hacerlo cuando tenía a aquella chica tan cerca, acurrucada a su lado. Lo que tenía tan claro por la noche, ahora estaba muy borroso. La idea de que Bea le perdonara, de poder prolongar aquello, le tentaba.

No tenía claro qué debía hacer, tampoco tenía claro qué quería hacer. Seguía sin entender qué sentía.

Habían pasado casi tres horas de viaje cuando ella se despertó, terriblemente confusa. Tenía lagunas de la noche anterior y no se explicaba qué hacía en la furgoneta, durmiendo al lado de Hugo. Con su mano acariciando distraídamente su mejilla. Él miraba por la ventanilla, aún no se había dado cuenta de que ella se había despertado.

El nítido recuerdo de la espalda desnuda de Hugo volvió a ella. Él vistiéndose, abriendo la tienda, marchándose sin despedirse.

Se incorporó de golpe, como si le quemara tenerle cerca. Sintió una punzada en la sien al hacerlo, tan inesperada que soltó un quejido.

—Buenos días. —Martín, que iba en el asiento de copiloto, se dio la vuelta para saludarla—. ¿Cómo estás?

—Bueno, bien. —La cabeza le palpitaba, le dolían los ojos, la espalda y estaba mareada. Pero no quería mostrar ningún tipo de debilidad.

—¿Quieres un poco de agua? —preguntó Hugo.

Bea fingió no oírle.

—¿Qué te pasó anoche? —preguntó Valeria detrás de ella. Iba agarrada de la mano de Iker.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora