Extra 3: Después

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Cuatro meses después del concierto

—No la conocéis. —Hugo se encogió de hombros y terminó su bebida de un trago.

Bea suspiró aliviada y apoyó la espalda en la silla. Por un momento, había temido que Hugo se fuera de la lengua y confesara que ella era la chica con la que estaba saliendo.

Levantó la mano y llamó al camarero para que los atendiera. Los cuatro estaban sentados alrededor de una pequeña mesa en la terraza de un bar. Acababa de anochecer y la luz amarillenta de las farolas de aquella calle peatonal los iluminaba. Septiembre estaba a punto de terminar y la temperatura era especialmente agradable.

Frente a Bea estaba sentado Hugo, el chico al que tanto había detestado y con el que llevaba semanas liándose en secreto. Ni Iker ni Martín, dos de sus mejores amigos, sentados en la mesa con ellos, sabían que estaban juntos. Eso sí, el cambio en Hugo, quien parecía más feliz y había abandonado sus costumbres de mujeriego depredador, les hizo sospechar que estaba quedando con una chica. Así que se habían dedicado a interrogarle sobre el tema desde que pidieron la primera ronda.

Hugo no les contaría nada, o al menos eso era lo que le había prometido aquella tarde, mientras recuperaban el aliento y se vestían. Bea le hizo jurar que no abriría la boca, que mantendría su relación en secreto. Incluso aparecieron en el bar por separado. Él no le veía ningún sentido a esperar, pero ella consideraba que aún era demasiado pronto. Hugo le siguió la corriente porque, aunque no estaba de acuerdo, era incapaz de decirle que no.

El camarero se acercó y todos le pidieron una caña, salvo Hugo, que pidió un Aquarius.

—Tengo que reponer líquidos después de la sesión de esta tarde. He hecho mucho ejercicio —resopló, teatralizando su cansancio.

—¿Has ido al gimnasio un viernes por la tarde? —preguntó Iker incrédulo.

Hugo sonrió con malicia.

—No. Quedé con esta chica y me ha hecho polvo. Es insaciable.

Bea apretó los labios y le dio una discreta pero certera patada por debajo de la mesa.

—Joder, sí que os va bien. Aprovecha —dijo Martín sin molestarse en ocultar su envidia.

—¿La conoces del curro? ¿De Tinder? —Iker reanudó el interrogatorio.

—Es amiga de unos colegas.

La «amiga de unos colegas» puso los ojos en blanco. Hugo arriesgaba demasiado con esas pistas, les iban a acabar pillando.

—¿Y cómo es? —preguntó Iker.

—Probablemente sorda —se burló Bea.

—¿Sorda? —Iker la miró confundido.

—Solo una chica incapaz de escuchar sus bobadas quedaría más de un día con Hugo —explicó Bea.

—Una chica sorda podría leerme los labios. Soy muy bueno con ellos, Beatriz. —Le guiñó el ojo y ella gruñó.

—¿De qué curra? —Iker trató de reencauzar la conversación.

—Es modelo de lencería —afirmó Hugo con una amplia sonrisa.

Afortunadamente, el camarero llegó con las bebidas porque Bea necesitaba refrescarse la garganta. Se le había quedado seca al recordar la reacción de Hugo cuando la vio por primera vez en lencería y todo lo que habían hecho después. A pesar de que una suave brisa soplaba en aquella pequeña calle, le estaba entrando calor.

—Eres un cliché, tío. Con una modelo.

—Oye, que sea modelo no significa que sea tonta. —Hugo se defendió.

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