Parte 34

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—¡Eh! ¡Preciosa! —gritó aquel chico mirando a Valeria con descaro—. ¿Qué haces con el monstruo del pantano? Vente con nosotros.

Bea se giró hacia el chico, tenía el pelo largo y llevaba una camiseta de Ramones. Estaba sentado frente a unas tiendas de campaña junto con otros cinco chicos, todos con camisetas de grupos. Bea le enseñó el dedo corazón.

Normalmente no respondía tan rápido a las provocaciones. En cierto modo estaba pagando con ese desconocido la frustración que sentía con Hugo.

—Pero si es otra piba —gritó el mismo chico—. Eh, perdona. Podéis venir las dos.

—No hace falta que te duches —dijo su amigo pelirrojo que llevaba una camiseta de Linkin Park—, yo puedo limpiarte el barro con la lengua.

De inmediato uno de sus amigos, que llevaba una camiseta de Metallica, le dio una colleja.

—Eso me gustaría verlo —contestó Bea—. Empieza por este pie.

Valeria miró a Bea mortificada, se estaba muriendo de vergüenza. Bea levantó el pie. Se podía intuir que ahí había un pie porque estaba al final de la pierna, pero aquella masa informe de barro podía esconder cualquier cosa.

—Mejor hablamos cuando salgas —dijo el pelirrojo.

—¿Tenéis toalla? —preguntó el chico que había dado la colleja al pelirrojo.

Bea se dio la vuelta y no le contestó. Si le contestaba probablemente recibiría una respuesta basada en un juego de palabras obsceno. Pero era cierto que no tenía toalla.

Por muchas paredes y puertas que tuvieran las duchas de aquel camping, no iban a proporcionar toallas. Tendría que secarse al aire, lo cual en unas duchas públicas no es especialmente agradable.

—Toma. —El chico que había dado la colleja había ido a donde estaban y le estaba ofreciendo una toalla amarilla.

—Gracias —dijo Valeria dedicándole una sonrisa tímida y cogiendo la toalla antes de que Bea pudiera protestar.

De cerca, el chico era bastante atractivo, a pesar de que el moño que se había hecho no le favorecía. Tenía la mandíbula marcada y los labios carnosos, pero lo que más destacaba en su rostro eran unos impresionantes ojos azules, muy claros, enmarcados bajo unas perfectas cejas negras.

—Siento lo de mi amigo —dijo y alzó la voz para que el pelirrojo le oyera—, vive en el pasado.

—¡Planchabragas! —gritó el pelirrojo de lejos.

—Siento que las mujeres tengáis que aguantar comentarios así. —El chico suspiró resignado—. Trato de que lo entiendan, pero no empatizan con vuestra lucha. No son capaces de ponerse en vuestra piel.

—Suele pasar. Oye, gracias por la toalla —dijo Bea tratando de sonreír.

—De nada, espero que si algún día me veo en tu situación también me presten una toalla.

—Ya, bueno. —Bea rio en voz baja—. Espero que no te veas nunca en esta situación.

—Yo también. —El chico sonrió y se le formaron hoyuelos en la cara—. Oye, eres de Madrid, ¿verdad?

—Sí ¿Tú también? —contestó Bea.

—Sí, me suena haberte visto por ahí alguna vez.

—¿Estás seguro? —Bea le miraba frunciendo el ceño—. A mí no me suenas, y de ti me acordaría.

Una chica salió de las duchas con el pelo mojado. Era el turno de Bea.

—Espero que eso fuera un piropo —dijo el chico con timidez llevándose la mano a la nuca.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora