Parte 46

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Hugo se restregó la cara con las manos y se cruzó de brazos.

Quedarse con la sudadera había sido un gesto feo. Pero lo había hecho de forma inconsciente, no había habido mala intención en ello y no podía hacer nada para solucionarlo ahora. Además, Bea no le había dicho nada.

También era más que posible que ella estuviese enfadada con él por haber desaparecido. Había pasado más de una hora.

¿Qué esperaba? ¿Que él volviera? ¿Que se quedara a abrazarla? No tenían esa clase de relación y Hugo no era esa clase de persona.

Aquel enfado era problema exclusivo de Bea. Si ella había asumido cosas era su problema. Él no tenía que responder ante nadie.

Si esperaba que fuese a buscarla, que intentara localizarla o que se disculpara, estaba muy equivocada.

Se apoyó en un poste y se metió las manos en los bolsillos. Se sintió como un imbécil cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Ni siquiera la había visto aún. Ni siquiera sabía si estaba enfadada o no, y ya estaba justificándose.

—¿Qué haces aquí tan solito, Judas? —Germán le dio con la palma de la mano en la espalda.

—Esperando a tu madre —le ladró Hugo.

—Te pillo en mal momento, ¿eh? —Le agarró por la nuca. Le acompañaban dos amigos melenudos como él—. Anda, vente a tomar unas birras.

Levantó la otra mano, llevaba un pack de ocho cervezas.

Hugo accedió y les siguió hasta donde estaban acampados. No estaba de humor, pero necesitaba una cerveza.

Antes, entró en la tienda para buscar algo para el dolor de cabeza que empezaba a molestarle. Era la que compartiría con Germán, la tienda donde había estado con Bea.

Aún olía a lo que había pasado allí, aún olía a ella. Le asaltó el recuerdo de la suavidad de su piel, de sus suaves gemidos. Sintió una punzada en el pecho. Resopló enfadado.

Encontró el paquete de tabaco de Bea y se lo quedó antes de salir de la tienda.

Se sentó con los demás y abrió una cerveza. Estaban hablando de videojuegos. Agradeció la generosidad de Germán, no solo por la bebida, sino por estar atento e intentar distraerle a pesar de lo que le había hecho años atrás. Trató de prestar atención a la conversación, pero tenía la cabeza en otra parte.

No sabía qué pensar sobre lo que había pasado con Bea. No sabía lo que le esperaba cuando por fin la viera. No sabía por qué aquella situación le ponía tan nervioso.

Que se hubiera ido sin avisar, sin buscarle y sin montar una escena le desconcertaba.

Encendió uno de los cigarros de Bea.

Que se terminara su paquete de tabaco la cabrearía, la cabrearía mucho.

La necesitaba furiosa. Necesitaba que le gritara, que le chillara, que se volviera loca y le dijera de todo. Necesitaba echar gasolina a lo que fuera que estaba pasando y que todo saliera ardiendo.

Cuando todos se fueron a dormir, decidió meterse en la tienda de Martín, ocupando el lugar de Bea. Si ella aparecía, le despertaría y podrían hablar, discutir. Podría acabar con aquella espera.

Le despertó a las pocas horas el tono del móvil de Martín. La tienda estaba iluminada. Ya había amanecido.

—¿Sí? —Martín contestó con voz somnolienta—. Hola. —Hugo notó cómo su amigo se incorporaba a su lado—. No pasa nada. Vale. ¿No puede venir ella? —El sonido que emitió estaba entre un resoplido y una leve risa—. Está en racha, ¿eh? Vale, voy. ¿En la entrada? Os veo en un minuto.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora