Parte 7

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—Le ofrecí la entrada a Sami cuando salió de currar del Ariel, pero no podía —les explicó Martín—

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—Le ofrecí la entrada a Sami cuando salió de currar del Ariel, pero no podía —les explicó Martín—. Este finde le toca cuidar al crío.

—¿Al crío? —Hugo se sorprendió.

—A su hijo. —Bea les juzgó con el gesto—. Tiene un niño de diez años.

—Yo tampoco sabía que tenía un hijo. —Martín se llevó la mano al pecho.

—Ya, pero tú no te has acostado con ella dos veces —dijo Bea.

—¿Me estás llevando la agenda, Beatriz? —La sonrisa de Hugo era pura maldad.

—A lo mejor se la estoy llevando a Sami. —Bea le guiñó un ojo.

—Ah, no. Tú no puedes darle a Sami lo que le gusta —dijo Hugo con malicia.

—Por lo visto tú tampoco —dijo Bea mirando a Hugo de arriba abajo, arrugando la nariz e imitando a Eric—, siete con dos.

—Siete con seis —corrigió Hugo.

Hugo y Bea se desafiaron con la mirada. Él entrecerraba los ojos y ella levantaba la barbilla mientras ponía los brazos en jarra. Martín les miró algo confundido.

—Bueno —dijo Martín, algo temeroso de romper el momento—, que al final se viene Germán, el amigo de Iker.

—No puede ser. Él no. —Hugo puso los ojos en blanco y echó la cabeza para atrás.

—¿Qué Germán? —dijo Bea en voz baja a oír la puerta abrirse.

Taaaaake my haaand —cantó alguien en la entrada de la casa—, we're off to never never laaaand!

—Ese Germán —dijo Martín, refiriéndose a la voz que acababa de sonar.

Germán hizo una entrada triunfal en el salón, con los brazos abiertos y cantando a pleno pulmón, como si estuviera en su propia casa. Parecía tener su edad, vestía ropa negra, vaqueros desgastados y lucía una larga y sedosa cabellera castaña.

—Menuda kelly de blanditos —dijo Germán entrando en el salón—. ¿Esto es una casa o la consulta de un dentista? ¿Dónde está el poster reglamentario de Maiden? ¿Se acaba de mudar el Hugo o qué?  

—No, llevamos aquí ya unos años —Eric le respondió desde el pasillo.

—A ver qué vas a decir, guarro. —Hugo se acercó a saludar a Germán—. Habrás venido duchado, ¿no?

—¡Hombre! —Germán le ofreció la mano para chocar—. Si es el Judas Priest sin el Priest.

—¿A qué vienes tú? —preguntó Hugo— ¿No decías que Metallica eran unos vendidos?

—Son unos vendidos —dijo Germán—. Renegaron del metal para facturar más dollars. Pero tú eres un vendido y te quiero igual, Judas.

Bea conocía a Germán de vista; le había visto en bares y conciertos, pero nunca había hablado con él. Era fácil reconocerle: llevaba vaqueros, una chupa de cuero negra con tachas, camisetas vistosas de grupos jevis, pero su característica más impactante era su castaño y cuidado pelo liso, largo hasta la cintura. Tenía las puntas perfectas. Bea ya lo había admirado alguna vez de lejos, pero ahora veía a pocos metros cómo mientras chocaba con Hugo el pelo de Germán se movía y brillaba como en un anuncio de champú.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora