Parte 33

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—¿Quién ha dicho que quiera deshacerme de ti, Beatriz? —ronroneó Hugo rozando la boca de Bea con sus labios— Me vas a tener que compensar por ponerme así.

—¿Yo a ti? ¿Compensarte yo a ti? —Bea habría subido las cejas indignada, pero le dio miedo que le entrara barro en los ojos—. Tú estás flipando, Benedicto.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—No, esto sería un golpe bajo.

Bea trató sin éxito de meter una de sus piernas entre las de Hugo. Hugo no sólo no dejó que las moviera, sino que hizo que ella las separara aún más.

—No tienes ni una idea buena, Beatriz.

—Me da igual —dijo Bea relajando los músculos—. Ya te aburrirás.

—Con lo bien que estarías ahora dándote una larga ducha. Sintiendo el agua limpia caer sobre ti. Sintiendo cómo todo ese lodo se va cayendo, como el peso desaparece dejando tu piel libre y fresca —Hugo lo describía como si se tratara de un anuncio—. Imagina sentir de nuevo la agradable sensación de estar limpia.

Bea se derretía por dentro pensando en la ducha. Ahora que la había visualizado la ansiaba. Se revolvió de nuevo entre los brazos de Hugo.

—Hugo, por favor —suplicó.

—Está bien —Hugo aflojo un poco—, pero tienes que hacer algo por mí.

—¿El qué? —dijo rendida.

—Verás. Necesito que tus labios pronuncien las palabras que me harán el hombre más feliz de la Tierra.

—¿Qué tengo que decir? —Bea estaba cansada de aquel juego. Diría lo que hiciera falta para quitarse de encima a aquel crío.

—"Hugo, eres el mejor y tienes razón en todo." —Hugo pestañeó, haciendo una lamentable imitación de Bea.

—En la puta vida —sentenció Bea. Su orgullo volvía a atacar.

—"Hugo, gracias por enseñarme a conducir".

—Ni de coña —gruñó ella.

—"Hugo, no sabes cuánto te deseo".

—Hugo —Bea suspiró derrotada—, no sabes cuánto deseo una ducha.

—Una ducha estaría bien. Yo lo tengo fácil. Pero tú —resopló apartándose un poco para dejar que se moviera, pero ella no lo hizo—, vas a necesitar que sea muy larga para quitarte todo eso de encima.

—Ya ves. Tengo barro en todas partes... —Bea fingió sollozar. Deshacerse de Hugo era la parte fácil, deshacerse de todo aquel lodo iba a ser una pesadilla.

—Necesitarás ayuda —Hugo trató de encontrar la piel de la cintura de Bea bajo todo aquel barro. Bea no pudo evitar estremecerse cuando sintió sus manos—. Yo puedo limpiarte bien —susurró en su oído—. Dúchate conmigo y te garantizo que no quedará ni un centímetro de tu piel por frotar.

A pesar de lo incómoda que estaba, de sentir la ropa pegada a su piel, del desagradable tacto del barro, Bea no pudo evitar que sus labios se entreabrieran al escuchar esas palabras. Necesitaba que las manos de Hugo siguieran recorriéndola. La imagen de los dos en la ducha apareció como un flash en su mente. Empezó a sentir calor entre sus piernas.

—Te dejaría limpia —dijo haciendo que su voz sonara ronca— y luego te haría cosas muy muy sucias.

Un gemido estuvo a punto de salir de la boca de Bea. Pero como el superhéroe que aparece en el último minuto, un recuerdo acudió a su memoria para ayudarla a salir del trance. Su expresión se endureció.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora