Parte 22

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—¿Por dónde íbamos, Beatriz?

Esta vez el beso fue apasionado, rápido, sediento. Hugo iba a por todas, la agarró y la atrajo hacia él con ganas. A ella no le costó pillar el ritmo, solo tuvo que permitir que su cuerpo tomara lo que le apetecía. Se perdió en aquel beso. Un beso que solo era un principio, un beso que prometía más. Si la lengua de Hugo antes apenas había rozado sus labios, ahora entraba en su boca sin ninguna contemplación. Bea le siguió, notando como su pulso se aceleraba. Estaba perdiendo el control y sentía cada vez más calor.

Pudo tomar aliento cuando Hugo resopló sonriendo. La enorme camiseta de las fiestas de 1992 le había dado guerra, pero por fin había encontrado la piel desnuda de la espalda de Bea. Mientras seguía besándola vorazmente, sus manos aprisionaron sus caderas, su pecho, su cintura.

Cuanto más las sentía, más las necesitaba.

Las manos de Hugo encontraron con facilidad un hueco entre la piel de Bea y la tela de sus pantalones. Sin dejar de besarla, empezó a bajar.

La tensión fue demasiado para ella y se le escapó una risa nerviosa. No entendió su propia reacción, ni con quince años había sido así.

—Uff —dijo Hugo frunciendo el ceño y cogiendo distancia—. ¿Va todo bien?

—Sí —dijo Bea intentando volver a acercarse a él.

—Vamos a hacer una cosa —Hugo la detuvo, su sonrisa era traviesa—. Extiende el brazo y tócate la nariz con un dedo.

A Bea le costó pillar la referencia.

—Que te jodan.

—No voy a cometer el mismo error dos veces contigo, Beatriz.

—No estoy borracha, Hugo —protestó ella. Le habría mandado a la mierda, pero, aunque aquella interrupción le había permitido recuperar algo de control, necesitaba tenerle cerca.

—Eso mismo decías ayer.

Bea apretó los labios y le enseñó el dedo corazón. Hugo atrapó la mano de Bea en el aire y la volvió a arrinconar contra el muro de la casa.

Sin dejar de mirarla a los ojos empezó a besar el dedo que había capturado, y acabó besando y lamiendo el dorso de su mano.

Siguió por su muñeca y acabó deslizando sus húmedos labios lentamente por la cara interior de su brazo. Ella no sabía que era tan sensible en esa zona, sintió como si hubiera recorrido el interior de sus muslos con la lengua.

—Quiero que recuerdes esto la próxima vez que me enseñes este dedo.

Llevó aquella mano por encima de la cabeza de Bea y la sujetó contra la pared. Bea reaccionó tratando de soltarse sin éxito. La otra mano de Hugo la sujetó por la cintura. Acercó su cara al oído de Bea, inspiró apoyando la nariz en su pelo. Bea notó el aliento de Hugo sobre su cuello, sus labios rozando levemente su piel.

—Y lo uses para otra cosa.

Besó su cuello con avidez, lo lamió, lo mordió, y ella no pudo evitar gemir de placer.

Necesitaba liberarse. Se moría de ganas de tocarle, y notó sobre sus caderas las ganas que él tenía de hacerla suya.

—¿Sabes qué? —susurró Hugo dejando su cuello y pegando su frente a la de ella.

—¿Qué? —dijo Bea jadeando sobre la boca de Hugo.

—Pensaba llevarte al pajar —la miraba con ojos hambrientos—, pero si Val está con Iker... la cama grande se ha quedado libre.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora