Parte 30

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La voz de Delicia sonaba de fondo, ahora estaba explicándole a la madre de Valeria la reforma que pensaba hacer en la cocina. La había llamado para tranquilizarla y explicarle dónde había dormido Valeria, pero se habían caído bien y ya llevaban casi una hora hablando por teléfono.

Iker ahogó otro enorme bostezo.

—¿No dormiste bien, monito? —le preguntó Valeria sin mirarle.

Estaba concentrada investigando el portátil de Santi. El muchacho se quejaba de que iba muy lento y Valeria se ofreció a echarle un vistazo. No tenía tiempo para formatearlo así que se entretenía borrando aplicaciones basura y limpiando virus.

—Estuve unas horas mirando al techo. —Iker se limpió las lágrimas que se le habían escapado con el bostezo.

—¿Por qué? —preguntó Valeria.

Iker la miró de reojo. Le costaba creer que ella aun no pareciera enterarse del efecto que tenía en él.

—Estaba preocupado, supongo.

—¿Por qué?

—Eh... —no sabía qué decir—, ¿el calentamiento global? —Iker se alegró de que ni Martín ni Hugo estuvieran cerca.

Germán, que estaba muy concentrado echando una partida de FIFA con Santi, soltó una risita tonta y murmuró: "el calentamiento global".

***

En la gasolinera, Martín, Hugo y Virgilio contuvieron la respiración cuando Bea metió la llave en el contacto y arrancó la furgoneta. No oyeron ningún ruido extraño. Bea dio un par de vueltas alrededor de la gasolinera sin problemas.

—Voy a probarlo un poco más, por si acaso —dijo Bea a través de la ventanilla.

—Deberías probarlo un poco más. —Virgilio no parecía haberla escuchado. Se volvió hacia Hugo—. Acompáñala, a ver si va a tener algún problema.

Bea apoyó la cabeza contra el volante, intentando que se le pasara el cabreo.

Martín se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta.

—Me ha dicho Hugo que me prefieres de copiloto.

—¿A qué coño juega? —murmuró Bea sobre el volante sin que Martín pudiera oírla.

—¿Qué?

—Que te prefiero, claro. La verdad es que ahora mismo preferiría tener al lado a Charles Manson antes que a él —resopló viendo como Hugo y Virgilio bromeaban—. Como vuelva a oír una sola frase más jugando con el doble sentido de "manguera", "gasolina" o "bombear", te juro que les atropello.

Martín rio. El marido de Delicia había tardado muy poco en sacar la gasolina del depósito de la furgo, pero él y Hugo se habían pasado todo el tiempo haciendo bromas de mal gusto.

Virgilio empezó a dar indicaciones obvias a Bea para que saliera a la carretera. Bea apretaba los labios para que no se le notara el enfado. Se dio cuenta de que Hugo disfrutaba de aquella escena y sonreía de forma burlona.

Sus miradas se cruzaron. Sin dejar de mirar a Hugo, Bea revolucionó el coche sin dejarlo avanzar, quemando rueda. El motor se quejaba, pero hasta que no vio desaparecer la sonrisa de la cara de Hugo no dejó de hacerlo. Las ruedas chirriaron cuando salió de la gasolinera. Ella también sabía jugar.

—Joder, Be. —Martín se reía a carcajadas mientras se recuperaba del acelerón—. No sabía que fueras tan chunga.

—Tu amigo saca lo peor de mí —dijo ella mirando por el retrovisor y dando gracias de que la furgo no se hubiera calado.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora