Parte 38

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A Valeria le dolía la tripa de tanto reírse.

Le habían caído muy bien las amigas de Bea. Se sintió tentada a acompañarlas durante el concierto, pero cuando supo que Bea no iba con ellas se echó atrás. Prefería estar con ella y con Iker. Además, Germán se había ofrecido a explicarle las canciones.

Se despidieron de ellas y fueron a la entrada del camping a encontrarse con los chicos.

—Vamos, que van a empezar los teloneros. —Germán hizo gestos para que fueran más rápido.

—Yo no los conozco —dijo Martín.

—¿A Angelus Apatrida? —preguntó Bea.

—Nunca les he oído. —Martín se encogió de hombros.

—Son brutales, el mejor metal de este país —dijo Germán—. No me los quiero perder.

Salieron del camping y fueron andando hasta el recinto donde se celebraba el concierto. Se pusieron al final de la cola que había para entrar. No tenían a mucha gente delante.

—Mierda... —dijo Martín palpándose los bolsillos—. Joder, no puede ser.

Todos le miraron con preocupación.

—No me jodas —Hugo estaba atónito—. ¿Las entradas...?

Martín asintió. Ninguno de los cinco supo cómo reaccionar. Se quedaron en silencio paralizados, mirándose entre sí.

—Tíos, de verdad —Martín rompió el silencio, cabizbajo. Se apoyó en el hombro de Iker—. Después de pasar por lo que hemos pasado estos días. Después de lo que me habéis aguantado. Joder, lo siento de verdad —sonrió y sacó las entradas de un bolsillo—. Siento gastaros esta broma.

Todos volvieron a respirar aliviados. Le dedicaron diversos insultos mientras él repartía las entradas.

—Eres lo peor. —Bea le acercó la mano a la cara como si le fuera a abofetear, y luego le abrazó.

Validaron las entradas y pasaron por el estricto control de seguridad. Tenían delante una explanada cubierta de césped, muy verde, y al fondo un escenario enorme, rodeado de un despliegue impresionante de andamios llenos de focos y amplificadores. Había ya bastantes personas rodeando el escenario, otras estaban paseando o sentadas en el suelo formando pequeños grupos.

—No me creo que por fin hayamos llegado —dijo Martín.

—Hasta que no empiecen a tocar yo no cantaría victoria. —Iker torció el gesto.

—Iker, no seas gafe, por favor —suplicó Bea.

—¿Vamos? —dijo Hugo mirando a los demás.

Tras un par de minutos, eligieron una zona no muy alejada del escenario. Estaba lo suficientemente lejos como para poder moverse tranquilos, y lo suficientemente cerca para poder ver la actuación. Según vaticinó Hugo, a esa altura se iba a llenar bastante. Iker prefería estar un poco más atrás, pero decidieron estar relativamente cerca para que Bea no sintiera la necesidad de escaparse a primera fila. Una vez eligieron el sitio, se sentaron en el césped a esperar.

Valeria observó aquel ambiente tratando de absorberlo todo. El porcentaje de chicas era muy pequeño, y la mayoría de los chicos iban vestidos con camisetas de grupos de metal. Se fijaba más en la ropa y los accesorios que llevaban las chicas, pero lo que le llamó especialmente la atención fueron un par de chicos que llevaban la cabeza peinada con algunas trenzas.

—Germanito, ¿nunca has pensado en hacerte trenzas? —dijo Valeria mientras contemplaba con deseo aquel cabello tan largo, tan sedoso, tan lleno de posibilidades.

Si me dices que noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora