DÍA 4 - Capítulo 2

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Para el mediodía, la mayor parte de los objetos ya había sido colocada en la habitación correspondiente. Todo estaba aún en su paquete original —cajas y bolsas—, pero al menos habían logrado ordenar un poco El Refugio.

Este era ya el cuarto día desde la llegada de Anahí al purgatorio. Cada segundo la acercaba al momento que tanto ansiaba, la visita al mundo de los vivos. La pelirroja todavía tenía incontables preguntas y sabía que la única persona que podría responderlas era Irina, ya que no vería a don Lucio hasta su regreso.

Delfina estaba más atareada que de costumbre; ella se encargaría de sortear los juguetes y la ropa para los niños. También debería racionar las golosinas y chocolates que ocupaban casi un tercio del depósito. Por ello, los habitantes de El Refugio tuvieron que conformarse con un almuerzo a las apuradas, arroz con un poco de puré de tomate, de esos que vienen en lata; pero sabían que por la noche cenarían como si se tratase de un tenedor libre. La hermana menor había prometido cocinar de todo.

Anahí había probado un poco de la ciudad, saboreando el poder ir de compras. Quería más, quería recorrer, conocer, visitar y explorar el purgatorio, Argentina. Sabía que no podría darse aquel lujo tan a menudo como deseaba y que, si renacía, olvidaría todo al respecto. Pero no le importaba, prefería no pensar en el futuro ni en los problemas; siempre se concentraba en el ahora, lo contemporáneo, cada instante que pasaba. Y en ese preciso momento, quería ir a recorrer la ciudad y no le importaba si se le ponía todo El Refugio en contra o si tenía que ir sola, destinada a perderse.

—Voy a salir —anunció, poniéndose de pie y arrimando la silla a la mesa.

—¿Tenés una cita con el príncipe encantador? —preguntó Irina con cierto sarcasmo.

—¿Eh? —Anahí tardó unos cuantos segundos en comprender que su amiga se estaba burlando por lo sucedido el día anterior—. Solo quiero ir a dar una vuelta, recorrer por mi cuenta, caminando. Ya sabés, mirar vidrieras, ver qué está de moda. Esas cosas.

—Te acompaño —sentenció Irina. Se puso de pie de un salto—. Dame diez minutos para ponerme ropa nueva y nos encontramos en la calesita.

—Yo también quiero ponerme algo de lo que compré —concordó Anahí—, pero preferiría que me vengás a buscar a mi pieza porque todavía me marea este lugar.

—Dale.

Las chicas abandonaron el comedor entre sonrisas y expectativas. Delfina no dijo nada, sabía que no podría haberse sumado a la movida porque alguien debía poner orden al lugar, cocinar y cuidar a los chicos; pero le hubiese gustado que al menos le preguntasen si estaba interesada en acompañarlas. Suspiró y dibujó una sonrisa en su rostro. Se prometió que la próxima vez se animaría a alzar su voz y tomar la decisión menos responsable.

Ya había pasado más de una hora cuando Irina golpeó la puerta de la habitación de Anahí. La pelirroja abrió casi instantáneamente, llena de emoción. Llevaba puestas calzas y un vestido negro con un cinturón plateado; las botas blancas de taco alto le llegaban casi hasta la rodilla. Además, tenía un sombrero cloché negro y los ojos verdes con un grueso marco de delineador. Se veía increíble, como una modelo un tanto petisa. Irina, en cambio, se había colocado un pantalón gris ajustado con una musculosa blanca holgada que le quedaba bastante más corta de lo que debería. En los pies tenía sandalias chatas negras y ni se le había cruzado por la cabeza maquillarse. Por un instante, tuvo ganas de salir corriendo y elegir otro atuendo, pero ese era su estilo, ella no era un maniquí, prefería la comodidad. No solo eso, sino que se había tomado más de una hora para decidirse. La curiosidad había hecho que Irina se probara absolutamente toda la ropa nueva y varias posibles combinaciones antes de escoger lo que llevaba puesto en ese instante.

—Te ves realmente diferente —admitió la morocha, analizando a su amiga de pies a cabeza—. No pensé que ese fuese tu estilo.

—Vos también te ves genial, más adulta y definitivamente no parecés un hombre con ese pantalón —elogió Anahí—. Me alegra que te guste lo que elegí. A decir verdad, cuando lo vi en la vidriera pensé que era un tanto anticuado, pero otras mujeres estaban vestidas así, y me encantó. Es tan... no encuentro la palabra.

—De otra época —agregó Irina, sonriendo—. En serio, te queda muy bien.

Ambas elogiaron varias veces la decisión de la otra mientras caminaban por los pasillos, cosa de chicas.

Afuera las esperaba un día gris y melancólico. Las veredas se adornaban con alfombras de hojas doradas, marrones y carmesí, que aún no se habían secado. Este detalle le daba bastante color a una ciudad que se caracterizaba por su monocromía.

Se encontraban a un par de kilómetros del centro, y los taxis rara vez pasaban por esa zona de la ciudad. Tendrían que caminar.


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