DÍA 1 - Capítulo 8

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—Estoy tan llena que voy a reventar —comentó Irina; la chica de cabello corto alejó su silla de la mesa y se levantó la remera levemente, posando ambas manos sobre su estómago—, mi pancita está tan llena que creo que estoy embarazada de pollo —bromeó.

Delfina rio, pero no dijo nada. Su risa era suave y armónica. Se cubría la boca con una mano para que no resonara con fuerza, a diferencia de su hermana que aparentemente reía a carcajadas sin problemas.

—Gracias por la cena —agregó Anahí, sin saber realmente qué decir.

—Me alegra que te haya gustado.

Irina bostezó. Se puso de pie y dio vuelta la silla, con el respaldo frente a la mesa. Se sentó nuevamente apoyando sus brazos sobre el respaldo y sus piernas a los lados. Un gesto poco femenino que sorprendió a Anahí.

—Ahora, yendo a lo importante —comenzó a decir—. ¿Qué es lo último que te acordás?

—Era tarde. Me quedé en la casa de mi novio mirando películas, una maratón de Star Wars. Cuando la última peli terminó, ya eran como las dos de la madrugada. Pero como hoy tenía que ir trabajar, decidí volver a casa de todas formas. —Anahí cerró los ojos, dibujando lo ocurrido en su mente—. Él vive cerca de San Telmo y yo, en Flores. Así que agarré Rivadavia apenas pude y me mandé derecho por la avenida. No había casi nadie en la calle —hizo una pausa para bostezar—. Ya había pasado lo peor, Plaza Miserere, así que estaba tranquila. Me relajé y disminuí la velocidad. Paré en un semáforo cerca de Avenida La Plata y otras dos motos se me acercaron, una de cada lado. Había dos personas en cada una, creo. No, la de la derecha tenía solo al conductor y la de la izquierda iba con acompañante —se corrigió—. Y me dijeron que bajara de la moto o me mataban. Tenían un arma, la vi. Hice ademán de bajarme, pero entonces arranqué a todo lo que da. Me puse a doblar como frenética en todas las esquinas. Una de las motos me seguía, la que tenía una sola persona. Me alcanzó, dijo que me bajara o me mataba y que esta vez iba a disparar si trataba de escaparme. Así que me bajé. Estaba asustadísima. Salí corriendo y... —Anahí notó que no se acordaba del resto—. Creo que me desmayé en algún momento. Y me desperté en una plaza. Pero no era Parque Rivadavia, no sé dónde era.

—El Parque de los Perdones, posiblemente. Es el que está más cerca de donde te encontré —sugirió Irina.

—Puede ser.

—¿Querés que te cuente qué pasó? —una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de la chica de cabello corto.

Anahí asintió en silencio.

—Estás muerta. Bien muerta, tan muerta como alguien podría estarlo. Sos un alma sin cuerpo y no podés volver a tu casa, ¡Buu!  —canturreó.

La pelirroja la observó, asumiendo que se trataba de un chiste.

—No, en serio —agregó Irina en su tono normal—; estás muerta y no hay vuelta atrás.

Anahí desvió la mirada, pero Delfina se limitó a asentir con un movimiento de su cabeza.

—Ese hijo de puta seguramente te disparó. Habrá pensado que ibas a hacer algo raro. O capaz quería vengarse porque no le hiciste caso a la primera advertencia. No sé. La cuestión es que estás muerta. Es más, si no me creés, decime cómo explicás toda la sangre que tenés pegoteada en el pelo.

Todo se volvió negro alrededor de Anahí. Las voces se convirtieron en susurros inentendibles mientras las figuras se desvanecían en un mar de oscuridad. Se desmayó.


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