Epílogo

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Birretes rojos y amarillos

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Birretes rojos y amarillos.

A pesar de llevar unos tacones de infarto, únicamente veía los birretes de graduación pululando a mi alrededor. Jugué con el dobladillo de la túnica roja mientras observaba a los alumnos subir al estrado para recoger su respectivo diploma y realizar la fotografía con el director de la universidad. Mordí mis labios en un intento de calmar los nervios y suspiré.

Efectivamente, lo había logrado. Tras cuatro años, terminé mi carrera de Historia y conseguí mi titulación. Busqué una vez más el rostro de mi prometido y mi hija entre los presentes, pero no los encontré. Probablemente, él comenzaría a aplaudir y gritar cuando subiera a la plataforma. Restaban dos meses para mi próximo cumpleaños, aquel en el que alcanzaría los 23 años. Caray, el tiempo pasa mucho más rápido de lo que había imaginado.

La boda no se había celebrado todavía. Dimitri cumplió las palabras que dijo en el aeropuerto: esperaría lo que fuese necesario para contraer matrimonio. Además, estos últimos cuatro años habían sido tan maravillosos que creía que me encontraba en un sueño. Eso solo probaba que nuestro amor no había sido fruto del embarazo y que era verdadero. Cuatro años, amigos. Días y semanas repletas de risas, amor, alguno que otro llanto y felicidad.

—Catherine Marie Miller —dijo el director, aproximando su boca al micrófono.

Recé interiormente para no caerme al subir las empinadas escaleras y, una vez que mis pies estuvieron de nuevo sobre un terreno firme y equilibrado, sonreí. Me aproximé al director y estreché su mano, como el resto de los alumnos. Me entregó el diploma y miré al fotógrafo que nos esperaba. Había conseguido la nota más alta de toda mi promoción: un trece con dos sobre catorce. Había sido capaz de estudiar y sacarme una carrera al mismo tiempo que cuidaba de mi familia. Eso sin contar los sin fines de ánimos que mi prometido repartía.

Tal y como había supuesto, Dimitri se incorporó de una de las sillas junto a mis padres y aplaudió como si la vida le fuese en ello. Natalie también saltó en una de las sillas. Su cabellera rubia se balanceó con la suave brisa de verano y aguanté las ganas de echarme a llorar. Odiaba cuando me ponía tan sensiblera sin motivo aparente.

Mi hija era la viva imagen de Dimitri. A excepción de la forma de sus labios y nariz; el color de cabello, la forma en la que su mandíbula se curvaba y esos ojos caramelo, lo había heredado todo de su padre. Bajé por el otro extremo del escenario para encontrarme con mi prometido. Antes de ser capaz de bajar los tres últimos escalones, sus brazos ya me estaban atrapando por la cintura y me apretó contra su cuerpo.

—Enhorabuena, Cathy —susurró sobre mis labios—. Ya eres toda una historiadora.

—Gracias, mi amor —respondí y besé con lentitud y ternura aquellos labios.

Cerré los ojos mientras dejaba que la intensidad del beso me llevara lejos. Percibí que Dimitri sonreía cuando se apartó para darle la bienvenida a Natalie, la cual iba de la mano de mi madre. Se liberó al instante y me arrodillé para ser capaz de abrazarla. Suspiré su aroma y la tomé en brazos, haciendo equilibrios con el tacón.

Cuarenta semanas [Los Ivanov 1] [COMPLETA]Where stories live. Discover now