Capítulo 15: El Recuerdo de Rue

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Una fina y fresca lluvia de verano comenzó a caer mientras avanzábamos por un extenso maizal. Llegamos al Distrito 11 luego de seis días de largas y agotadoras marchas, pero nos detenemos cada vez menos. Johanna está bastante mejor, digo, físicamente. Debo admitir que Finnick y yo también hemos recuperado la resistencia física de la que hacíamos gala en el Vasallaje, la que parece haber retornado a nuestros cuerpos. Ahora bien, nuestras mentes siguen embrolladas y, dormidos o despiertos, nos juegan malas pasadas cada tanto, nos atormentan con pesadillas o nos empantanan en confusiones.

Gale también es fuerte, ha entrenado en el 13 y es resistente al cansancio. Ya era un chico fuerte incluso antes de trabajar en las minas. Supongo que también nos ayudó mucho a todos darnos una buena ducha, dormir en camas blandas y limpias, además de cenar una comida decente: sopa hecha con los huesos y vegetales, más pescado con ensaladas. Un real banquete, la única comida "de casa" en largo tiempo. Después cada uno eligió dónde dormir, yo subí y ocupé el cuarto de Prim por el desorden que había en el mío (y porque siento como si me hubieran vulnerado, siento que mis cosas están contaminadas por las garras del Capitolio); Johanna se adueñó de la cama de mi madre y Finnick durmió en el cuarto de huéspedes mientras Gale hacía el primer turno de vigilancia en el sofá de la sala. Tres horas después, cerca de las dos de la madrugada, me desperté gritando con una maldita pesadilla. El rayo le daba a Peeta, paralizándolo,  Finnick intentaba revivirlo al principio, masajeando y haciendo respiración boca a boca, pero se daba por vencido... muy pronto para el caso."Lo siento, Katniss, ya no hay nada qué hacer", me decía pero su voz era burlesca. Entonces le apretaba el cuello con ambas manos, ahogándolo, los ojos de Peeta se desorbitaban mientras se ponía morado. "¿Qué haces?", le gritaba yo y al mirarme, ya no era Finnick Odair sino el Presidente Snow. Se reía a carcajadas como un demente. Yo me abalanzaba sobre él e intentaba tomar mi arco y flechas pero nuestros aliados se habían convertido en agentes de la paz que me arrastraban a tirones mientras yo forcejeaba por liberarme. Desperté empapada de sudor, remecida por Gale, que ya le había entregado el turno a Johanna, decidí acompañarla un rato ya que me costó volver a dormirme.

Nos trajimos algunas cosas que nos fueran útiles y livianas de transportar en las mochilas y mi viejo bolso de caza. Cubiertos, una sartén, una cacerola pequeña, conservas, algunas medicinas, vendas, jabón, calcetines de repuesto. Gale y yo revisamos la casa de Haymitch y le sacamos una botella de licor blanco, no para beberlo si no como desinfectante de heridas, además de un par de chalecos y un morral. Mis aliados revisaron la casa de Peeta, trayendo más cuchillos. Yo no fui capaz, no pude entrar, era demasiado doloroso, no sé si habría podido manejarlo. Puede que acabara arrodillada en el suelo, llorando aferrada a una prenda de mi amado chico del pan... como le ocurrió a Gale con el vestido de Madge. Finnick ha llorado todas las noches mirando una foto de Annie que lleva consigo. Y yo hago lo mismo, lloro por Peeta al acostarme, haciendo rodar la perla y mirando el anillo fundido entre mis dedos. Gale es menos dramático que Finnick y yo pero también lo he visto derramar lágrimas silenciosas. Johanna es la única que no llora y se enfada con nosotros por hacerlo. 

- ¡Basta de lloriquear! ¡Menudo trío de llorones están hechos! -nos reprocha de mal modo- ¿no ven que Snow les quita sus seres queridos precisamente para hacerlos sufrir? Lo que quiere esa maldita rata es desmoralizarlos y ustedes lo están complaciendo -nos regaña cada vez que nos descubre con los ojos llorosos.

Tiene razón. Durante seis días hemos estado caminando del 12 al 11 siguiendo una línea paralela a la vía férrea pero siempre entremedio de los árboles o la vegetación para no ser descubiertos. Nos seguimos turnando para dormir y vigilar, de día y de noche; sin embargo, nadie parece seguirnos... y eso es lo más inquietante, da para pensar. Si el Capitolio quisiera tomarnos prisioneros, le bastaría con mandar uno o dos aerodeslizadores y dejar caer la garra o una red (como cuando se llevaron a la chica avox pelirroja). Si nos quisieran muertos nos atravesarían con una lanza o nos lanzarían una bomba. O bien podrían habernos esperado con una emboscada en el 12 y habernos ejecutado ahí mismo. El Presidente Snow debe haber supuesto que en algún momento de sentimentalismo yo querría ir al 12, a mi hogar, y me mandó dejar aquella rosa nauseabunda como advertencia. Los agentes de la paz buscaban información sobre el 13 o los líderes rebeldes, que no encontraron en mi habitación ni en casa de Peeta ni de Haymitch. No me buscaban a mí precisamente, buscaban algo que me comprometiera con la causa rebelde, alguna prueba con que inculparme. Pero encontrar a Madge debe haberles parecido un botín igual o más valioso. Algo con que negociar y atraernos todavía más. Tal como dijo Coin, Peeta y Annie, y ahora Madge, son la carnada perfecta para llevarnos directo a una trampa. Snow no nos quiere muertos, no todavía... nos quiere vivos. Tal vez sólo me quiera a mí y no sabe que voy con mis aliados más Gale; aunque debe suponer que Finnick irá por Annie así como yo por Peeta. O quizás sí lo sabe, que no voy sola, tal vez sí nos han vigilado y seguido sin que nos demos cuenta. Si es así, dio en el clavo con llevarse a Madge, el señuelo para mi supuesto primo Gale. 

Sinsajo HeridoWhere stories live. Discover now