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— Antes de entrar, Charlie.

Ella detuvo sus pasos, a punto de ingresar a la cocina donde su padre los esperaba a todos. Volteó hacia a Alastor con curiosidad.

— ¿Sí?

— Tu padre quería que esto fuera una sorpresa para tí, evidentemente eso no fue posible. — Ignoró como el resto del personal volteó la mirada. — Pero si no es mucha molestia, agradecería si pudieras, ya sabes, ¿"seguirle el juego"?

— ¿Sorpresa... Para mí?

Asintió, sospechando que la chica tenía un problema de audición. — Quería tener un detalle contigo, algo que recuerdes.

Esa simple oración logró darle una calidez gigante al corazón de Charlie. Sonrió conmovida, feliz de ser tomada en cuenta como para obsequiarle algo así, tiempo y dedicación, un regalo. Sabía que su padre amaba hornear, desde pequeña había sido así, y que se haya tomado las molestias por ella definitivamente hizo explotar su buen animo ya presente.

Su papá lo estaba haciendo por ella. Quizás era algo tonto o simple, quizás algo común por lo cual no tendria por qué exaltarse, pero para Charlie era un caricia al alma. Un consuelo, una alegría.

— ¡SÍ! ¡Por supuesto, Alastor! No te preocupes, haré mi mejor esfuerzo y... Yo... Lo siento mucho. — Curvo sus cejas. — Lamento haber arruinado la sorpresa, ustedes incluso se despertaron tan temprano por esto y nosotros- ¡Yo! No lo valore...

Ahí iba, otra vez asumiendo culpas que no le correspondían. Volvían las similitudes luego de no haber pensando en ellas por un tiempo, pero a fin de cuentas era inevitable.

— No te preocupes, querida. — Palmeó su cabeza con un elegante y breve movimiento. — Sólo disfruta tu regalo, nuestro rey estará más que satisfecho sólo con eso. — Y con pequeño abrazo de hombros finalmente se alejó hacia la puerta.

Charlie sintió una gran ternura por ese gesto, también por haber percibido el tono de voz tan suave y paciente.

Alastor había estado actuando muy amable últimamente, no sólo con ella, con todos en el hotel. Desde la simple mención de la llegada de su padre en el día anterior, el demonio no había hecho otra cosa que brillar en sonrisas y alegría, oh bueno, quizas sólo ella lo notaba, pero era algo que jamás había visto desde que llegó al hotel.

¿Quizás así era en el palacio? ¿Quizás todos los días eran así cuando estaba junto a su padre?

Oh, eso era adorable. Saber que se amaban tanto de una forma tan mutua, buscando la presencia del otro para sentirse completos, preocupándose uno por el otro y conociéndose tan bien. A la princesa le hacía sentirse arrepentida de sus actitudes pasadas.

No podía culparse a ella misma, las situaciones que ocurrieron y el cómo ocurrieron, el contexto y muchos factores la llevaron a actuar como lo hizo, no había sido fácil y no sentía que autocriticarse severamente llevara a nada bueno. Pero, definitivamente, luego de haberse ido de su hogar se centró mucho en si misma y olvidó por completo lo que significa aquella relación para su padre.

El novio de papá. [RadioApple]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora