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Sonó el despertador.

Se removió entre las sábanas, dió vueltas repetidas veces en busca de volver a encontrar una posición cómoda y rindiendose inmediatamente al darse cuenta que ya no podría hacerlo. Abrazó sus piernas y luego se estiro perezosamente, sus huesos tronaron en su espalda. Con un pequeño quejido cansado hizo el esfuerzo de estirar la mano hasta la mesa de noche a su lado y tantear con sus dedos para encontrar el aparato que no había dejado de hacer ruido en todo ese tiempo, de alguna manera luego de toquetearlo un buen rato a ciegas finalmente apretó el botón y se detuvo. Se dejó caer nuevamente en la cama como peso muerto.

Las mañanas siempre eran las peores, levantarse de la cama era una tortura auto impuesta que quería abandonar cada día, pero no podía.

Se sentó sobre el colchón y descansó su peso encima de sus piernas mientras se rodeaba de las sábanas que antes le daban la calidez y comodidad con la que durmió. Aún estaban tibias dándole una gustosa sensación de comodidad, pero no la suficiente para quitarle la pesadez mental. Se quedó allí un rato, con la sábana sobre sus hombros desnudos y el cabello hecho un desastre, tendría que usar alguna de sus cremas para desenredarlo, como siempre.

O podría bañarse, ese también podía ser una buena opción, un baño caliente podría despertarlo y finalmente despejar su cabeza, la cual ya había empezado a taladrarlo con las tareas del día. Era un mal hábito que no podía controlar, siempre era lo mismo, despertar y pensar automáticamente en todo lo que fuera potencialmente estresante y así empezar el día con el pie izquierdo. Ni los besos de su ciervo podían aliviarlo en esos momentos.

Ah, Alastor.

Se arrastró hasta el borde de la cama y se levantó de esta misma, con lentitud propia de un caracol se acercó a su escritorio arrastrando los pies. Su lugar de "trabajo" si es que se le podía llamar así, estaba justo en frente, lleno de papeles, bolígrafos, sellos, patito Alastor, un par de carpetas, su radio y quién sabe qué más, tampoco le importaba, no en ese momento dónde lo único que había en su cabeza era escuchar la voz de su prometido.

Desnudo y con solamente una sábana fina sobre su cuerpo, ojeras y un nudo gigante en vez de pelo, apretó el botón de encendido de la radio y las luces del panel de control de señal se iluminaron, resaltando entre el resto del oscuro lugar. Lucifer se quedó allí, parado en mitad de su fría y silenciosa habitación, esperando pacientemente. Sus ojos se cerraban de a ratos, su cuerpo exigiendo volver a la cama, pero él mismo negándose y despertando a los pocos segundos.

Escuchó estática.

Buenos días, querido.

— Buenos días...

Acabas de despertar. — No fue pregunta, sino afirmación.

— Sí, el despertador sonó y sorprendeme no lo aplaste está vez.

El novio de papá. [RadioApple]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora