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— Lucifer.

Una pequeña caja negra se acercó a su rostro repentinamente, demasiado para su capacidad de reacción, tuvo que dar un paso atrás por la impresión.

Frente a él, sobre una mano de garras rojizas, había una pequeña cajita de terciopelo negra, adornada con un pequeño cristal blanco en el centro de la tapa.

Parpadeó asimétricamente.

— ¿Qué es-

— Tómalo.

Obedeció y sin mucho preámbulo lo abrió, dentro se encontró con un anillo incrustrado, era liso y plateado. Miró el detalle y luego al demonio que estaba evitando sus ojos, repitió la acción un par de veces más. Lucifer hizo una mueca sonriente.

— ¡Al, esto es tan lindo! — Y no mentía, a pesar de lo básico de la pieza no era mala, era bonita y sencilla. — Pero... ¿Por qué? — Sentía que se estaba perdiendo de algo.

Las orejas peludas se movieron inseguras.

— Me diste un anillo, ese es el tuyo.

— ... — Volvió a parpadear. — ¿Mío...?

— ... Las parejas casadas llevan anillos...

— ¿Sí...?

— Me diste el mío, ese es el tuyo.

Oh.

Oh.

— Oh, mierda, Alastor. — Llevó una mano a su boca, quería ocultar la sonrisa creciente en su rostro y falló estrepitosamente.

— ¿Qué es tan gracioso? — Alzó una ceja, genuinamente confundido, eso sólo lo hizo reír más.

Tuvo que voltear un momento para calmarse, no se estaba burlando, por supuesto que no, pero no sé espero algo así. Sabía que el demonio era despistado y nuevo con todo el tema de las relaciones, pero ese último gesto no fue otra cosa que adorable y cómico. Tomó una bocanada de aire profunda para calmarse, agitó sus manos y se dió un poco de aire.

— Al, no es necesario qué- ESPERA. — La realización llegó a su mente de forma fugaz, tomó las manos del más alto. — ¡¿Por eso no fuiste a dormir dos noches seguidas?!

— ... Tal vez.

— ...

— Lucifer, no llores.

— ¡N-No lo hago!

— Claro que no.

Se solto y pasó su antebrazo por sus aguados ojos, tenía suerte de no estar usando su maquillaje. Tomó aire nuevamente, está vez para centrarse en lo que quería decir, llenaría de besos al demonio después.

— Al, no debes darme un anillo a mi, tu ya tienes el tuyo. — Antes de que pudieran contestarle, continuó con su explicación. — Cuando se pide matrimonio, sólo se utiliza un anillo para dejar en claro que esa persona está comprometida, luego, en la ceremonia de casamiento te lo quitarás y compartiremos un par de anillos totalmente nuevos y específicos para la ocasión. — Tomó las manos ajenas y le devolvió la caja. — No es necesario que tenga uno también.

Alastor parecía estar procesando una nueva información, el rey se dió cuenta que lo entendió cuando se sonrojó.

— Oh... — Frunció el ceño con molestia. ¿Cómo se supone que iba a saber eso?

— Pero. — Aún con la caja en manos ajenas, Lucifer la abrió y se alejó un paso, extendió su mano y con mirada coqueta pronunció. — No me molestaría usarlo.

Vacilante, Alastor tomó el anillo. Con obvia vergüenza en su sonriente rostro tomó la pequeña mano del rey con delicadeza, como si pudiera romperse ante el mínimo toque descuidado, y colocó la pieza lentamente en el dedo hasta llegar a la base. Se tomó unos segundos para apreciar como se veía la pieza en la pálida piel del rey, como siempre, le quedaba bien. Su pecho se infló en orgullo, algo que él había hecho le quedaba bien a Lucifer.

Lo soltó y observó al rubio sonreír ampliamente mientras movía los dedos de su mano izquierda, moviendola para verla desde distintos angulos. Miró al más alto con ojos brillosos

— ¡Acepto!

Alastor se inclinó para besarlo, Lucifer no se lo esperó.

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El novio de papá. [RadioApple]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora