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Lucifer requirió unos momentos para prepararse mentalmente para lo que sería uno de los mayores desafíos de su vida.

Frente a la puerta de la cocina, mientras escuchaba el sonido de utensilios y demás objetos moverse dentro, con la mano en la picaporte sintiendo como la ansiedad lo consumía desde sus cabellos hasta las puntas de sus pezuñas, con mil escenarios ficticios catastróficos donde su hija lo culpaba por hechar a perder algo, fuera mínimo o grande; el temido Soberano Infernal sufría del miedo a la paternidad.

A pesar de la conversación que había tenido, o mejor dicho, las palabras que le había dicho Alastor, ya que él no dijo nada, solo se quedó paralizado como el cobarde que era; aún no se sentía listo. Carajo, nunca se sentía listo para nada, era patético que el causante de pesadillas en millones de humanos fuera un tonto inseguro incapaz de cualquier cosa mínimamente demandante sin su noviecito al lado, ya había aprendido a vivir consigo mismo y su inutilidad, no se sorprendía. Pero eso no quería decir que se había rendido a qué ocurriera un milagro y que con la búsqueda suficiente encontrase fuerzas en algún rincón inospito de su ser que le diera la señal de "hey, estás listo para esto, adelante".

Pero no estaba listo.

Quería golpear su cabeza contra la puerta, con suerte su resistencia angelical fallaria y se desmayaría ahí mismo, así al menos tendría una buena excusa para dejar a su hija plantada sin verse como un cobarde.

¿Era muy tarde para huir?

Sí, lo era porque Alastor lo estaba observando desde el bar en silencio, tomando un trago que él mismo se sirvió. Él no lo dejaría escapar, lo estaba vigilando como un alcón sin quitarle los ojos de encima. Lucifer no sabía si maldecirlo por quitarle la posibilidad de desaparecer sin dejar rastro o agradecerle por, una vez más, soportar sus crisis nerviosas.

Lucifer lo sabía, no valía la pena quedarse en la línea de salida, no comenzar la carrera nunca y por qué no, abandonarla. Era una salida "cómoda" y fácil a los problemas.

Lo había hecho muchas veces en los últimos siete años, pero las consecuencias se reflejaban en la pobre, o mejor dicho, nula relación con su hija. Todo porque no se sentía listo para dar el paso y hacer aquello que le aterraba: enfrentarse a sus miedos.

"¿Estoy listo para esto?".

Se había hecho esa pregunta más veces de que recordaba, más veces de las que le gustaría admitir.

Se la había hecho cuando decidió darle fin a su desastroso y antiguo matrimonio y se la había hecho cuando tuvo la oportunidad de estar junto a Alastor como más que un simple y cercano amigo.

En ese momento decisivo esa pregunta se pasó por su caótica mente, como una luz que alumbra la oscuridad una valentía que Lucifer pensó ya no existía en él le dió el empujón necesario para tomar su mano y no volver a soltarla nunca más sin importar lo que estuviera pasando con ellos o el mundo, así sería y así era.

El novio de papá. [RadioApple]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora