Capítulo 1

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—Ah, qué aburrido...

Es el quinto quejido que se escucha antes de que mi cabeza golpee suavemente contra la ventilla, las palabras de mi cantante favorito perdiéndose en la extensión de mis audífonos, mientras muevo uno de mis pies al compás de sus hermosas letras, su expresiva melodía. Ya había olvidado lo que aquel viaje de cuarenta minutos me producía, fastidio.

Odio tener que viajar entre millones de personas al norte de la ciudad, hacia la segunda sucursal de la empresa en la que trabajo, solo para entregar unos informes, que cualquier otra persona podría entregar por mí, esa era básicamente la razón por la que había decidido vivir en el sur, y porque estaba más cerca de la universidad. Aunque de eso, ya hace unos cuantos años. Entre más tiempo paso en este lugar, más me desagrada ver chicos hablando y riendo entre ellos, me recuerda a algo que nunca pude ser en el instituto, o incluso, después de eso.

Internamente agradezco que la segunda sucursal esté frente a una de las estaciones del tren, simplemente tuve que bajar, entregar el sobre a la secretaria, y salir de la empresa, para volver a tomar el tren que me llevaría a casa. Odiaba haber supuesto que no necesitaría de mi auto este día, que me iría mejor si intentaba tomar el tren como la mayoría de mis compañeros de trabajo. Me engañé. Al menos, si hubiese ido en auto no tendría la obligación de atravesar la ciudad por la ineficiencia organizacional de la empresa.

De nuevo suspiro, dejando caer mi cabeza para buscar el nombre de alguna nueva canción, y aunque me hubiese gustado hacerlo, puedo escuchar unos cuantos gritos por sobre la música, guiado por la curiosidad desvío la mirada hacia uno de mis costados, observando a lo lejos la típica luz amarilla que indica las puertas del tren se están cerrando. Dios, solo vámonos, quiero llegar a dormir a mi departamento. Levanto una ceja, entrecerrando mis ojos al notar a lo lejos un pequeño grupo de personas discutiendo, y un impresionado jadeo escapa de mis labios al ver un chico que ha corrido sin pensarlo dos veces dentro del tren, pese a la luz preventiva amarilla.

Mi corazón late un poco más lento al escuchar la agitada respiración del chico, a poco menos de un metro frente a mí, aunque intento ignorar mi alrededor con mi fuerte música, ahogo un suspiro, y siento un leve dolor en mis ojos al expandirse de tal manera mis pupilas al verle reír. Ah, qué bello es. Poco falta para que su pálida piel se torne completamente roja ante los susurros de desagrado de todas las personas, y como puede trata de recuperar algo de dignidad ocultando la vergüenza que se marca en su rostro con su cabello.

Niego varias veces, intentando mantener la cordura, sin poder evitarlo aparto la mirada al notarle levantarse, buscando el primer asiento libre para descansar. Tranquilo, Max, es solo otro de los tantos flechazos que suelen aparecer en algún lugar público.

Muerdo mi labio inferior al querer detallarle un poco más, y por alguna razón, me encuentro a mí mismo intentando seguir sus pasos al último vagón del tren, mucho más solo. No sé por qué, pero hay algo que me atrae de él, quizás es por el hecho de que me alegra notar algo importante, el uniforme es el mismo que había visto en las personas que trabajan en el área de mercadeo, camisa blanca con el logo de la empresa en la parte izquierda, pantalón gris y corbata negra. O tal vez, y no quiero creer que hay otra razón de por medio.

Me sobresalto por lo súbito que se deja caer en uno de los asientos libres, sin siquiera pensarlo me apoyo en una de las puertas del tren, justo frente a él, y como si fuese suficiente disimular con mirar la pantalla de mi celular, trago saliva esperando el que diga que deje de seguirle, pero en lugar de eso, solo levanto mi mirada por el borde, sonriendo al notar que es más bajo que yo, de lindo cuerpo ejercitado, y creo que me he sonrojado al verle apartar algunos mechones de su perfectamente negro cabello, pasándole tras su oreja, el oscuro café de sus ojos pasa de buscar sus audífonos en su mochila, a conectarles a su celular, comienza a tararear, con su suave y linda voz, una canción.

Sin poder dejar de sonreír, y queriendo recordar este momento, busco el reloj en mi pantalla; seis treinta, lo que parece ser el momento perfecto. Levanto mi cabeza para dejarle caer sobre la ventanilla, tratando de recordar la estación en la que le he encontrado, esperando a recordarle mañana, porque no quiero dejar de verle, este chico es como un entretenimiento para los próximos minutos que estaré en el tren.

Este es un buen viaje, me alegra no haber usado mi auto hoy. Me pregunto si, entre las miles de millones de canciones que hay en el mundo, estaremos escuchando la misma.

El chico de las 6:30pmDonde viven las historias. Descúbrelo ahora