Capítulo III. Centro comercial

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Después de unos diez minutos al fin llegamos, no sin ningún accidente pues nos llevamos a varios zombis por delante y ésta vez no pregunté, pero supuse que también había jugado al Grand Theft Auto por la manera en la que conducía y que cada vez que atropellaba a uno ya incluso me imaginaba que saldría en el cristal delantero: 25 points.

Pero igualmente agradecía que supiera conducir, ya fuera teniendo que atropellar a todos los zombis que se le ponían por delante, que la verdad no era nada agradable, pero era mejor eso que acabar empotrados en algún muro como hubiera pasado si hubiera tenido yo que llevar el coche.

—Esperemos que no hayan zombis dentro—dijo seriamente y fue ahí cuando me dí cuenta que no había pensado en el lado negativo de la situación.

—¿Y si hay bastantes?—le pregunté preocupada.

—Ya veremos que hacer. De momento entremos- y me agarró de la mano para entrar más seguros. Más seguros o más bien más juntitos. 

Empecé a reirme en mi fuero interno.

—¿Por qué sonries?—me preguntó con una sonrisa picarona.

Vale, no solo en mi fuero interno me había estado riendo, algo había traspasado a mis facciones.

—Nada, tal vez a lo mejor hay mas gente dentro, viva me refiero. Me agrada la idea .

—Si, es cierto—me contestó creyéndose mi respuesta.

Ahora entendía porque mi madre de pequeña me decía que valía para hacer teatro.

Estaba todo como me lo imaginaba; completamente desierto. Pero para mi agrado todas las tiendas y lo demás estaba abierto, y es que obviamente en una situación como aquella en que había una infección de tal tamaño, no se iban a detener a cerrar los establecimientos.

—Bueno, ésta es la primera planta. A simple vista no hay nada, vamos primero a la segunda y una vez que la hayamos inspeccionado volvemos a bajar —decía Carlos mientras subíamos por las escaleras mecánicas, que obviamente ahora estaban paradas sin funcionar.

Y así hicimos. 

Primero inspeccionamos la segunda planta entera para asegurarnos que no había ningún zombi. Pasamos por bershka, stradivarius...en fin, todas las tiendas que más me gustaban. Yo ya iba fijándome en la ropa que más me llamaba la atención para después ponérmela sin contemplaciones. Sobre todo la ropa de los maniquís de los escaparates, que era la que más me gustaba.

—Aquí esta despejado. Vayamos a la planta de abajo—volvía a decir Carlos después de haber entrado en los aseos de la segunda planta y haber revisado las tiendas.

En la planta de abajo había alguna tienda más de ropa y se encontraba todo lo más vital; el supermercado, una pequeña farmacia, las tiendas de móviles, la armería e incluso el cine, que obviamente éste último no lo íbamos a necesitar pues para película la que nosotros ya estábamos viviendo en nuestras propias carnes.

—Esa tienda tiene el cristal roto —dijo Carlos señalando la tienda del final.

Y mientras fuimos acercándonos yo me fijaba en el escaparate, el maniquí llamó bastante mi atención.

—A parte del cristal roto tiene un maniquí horrible -le comenté a Carlos pues ese maniquí no era muy normal. Cuando empecé a imaginarme lo que podía ser, Carlos lo corroboró.

—Me temo que eso no es un maniquí corriente —mientras más nos acercábamos menos dudas quedaban—Es un zombi Laura.

Y se dirigió hacía él con toda la decisión del mundo, pero ésta vez fui yo la que le paré.

—Me toca a mí actuar, así para cualquier otra situación de más peligro estaré más segura de mí misma —dije estando totalmente decidida.

—Lleva mucho cuidado y no dejes que se te acerque demasiado.

Pero cuando ya estaba a apenas unos metros tuvo que salir a flote mi lado patoso, tropezándome con la punta de mis pies y cayendo al suelo pero sin llegar a caerme del todo pues pude apoyar los codos al suelo evitando así el golpe en la cara.

—Uy...—dije mientras me levantaba rápido.

Estaba bastante avergonzada por la torpe caída pero ni siquiera pude girarme para ver a Carlos pues la imagen que tenía delante era más importante de ver. El ruido que hice no pasó desapercibido para el zombi, el cual me miraba con ojos de loco y se dirigía rápidamente hacia mí, con esos andares que daban tanto miedo.

Fue todo tan rápido que casi me encontraba cara a cara con el repugnante ser. 

Carlos, al ver que yo no reaccionaba se colocó en apenas unos segundos entre el zombi y yo y sacó uno de los cuchillos que llevaba a mano y se lo traspasó por todo el ojo.

Este chico cada vez me asombraba más, que rápido podía llegar a ser que ni siquiera el zombi le rozó un poquito con alguno de sus brazos estirados.

—Que cerca ha estado, gracias—le dije yo contemplándole embobada, fijándome por primera vez en sus músculos, que tras hacer aquel movimiento para matar al zombi se habían marcado de manera llamativa debajo de la camiseta de manga corta que llevaba puesta.

—Si, el próximo te lo dejare a ti—me dijo para poco después guiñarme el ojo.

—Claro—le contesté apenas reaccionando.

Aunque teniéndole a él casi que no hacía falta que practicara. Pero como dicen, más vale prevenir.

-¿Hola?- preguntó una voz pillándonos desprevenidos.

Nos giramos rápidamente en dirección de la persona que había hablado.

Habían cuatro personas. 

Una mujer de unos cuarenta y tantos años, un hombre de unos cincuenta y 2 niños. Los pequeños parecían ¿Gemelos? 

Sí, eran gemelos, de unos 8 años.

—Hola a todos—saludó Carlos.

—¿Estáis bien?—volvió a preguntar la mujer.

—Sí, de momento se puede decir que sí—contesté esta vez yo.

—Venimos desde cerca de la estación que hay en la avenida, en los  bungalows que hay en esa zona. Pensábamos que no habían muchos "vivos" por aquí, pero parece que hemos tenido suerte—dijo Carlos.

—Pues bienvenidos. Tenemos un chiringuito montado con camas en la tienda de muebles, llevamos desde ayer aquí. Yo soy Carmen. Este es mi marido Francisco. Ellos son Iker y Daniel. Los encontramos aquí cuando vinimos a refugiarnos, estaban escondidos.

—Hola—nos saludaron los dos niños casi a la misma vez y algo serios.

Con solo 8 años y que tengan que vivir todo esto...

—Hola pequeños—les contesté añadiendo una gran sonrisa.

—Pues encantados de conoceros a todos aunque no sean las mejores circunstancias- añadió Carlos.

—Que remedio hijo—empezó a decir Carmen seria, pero pronto añadió una sonrisa y siguió hablando— Seguidnos, os prepararé unas camas para más tarde.

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